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ANTROPOLOGÍA E HISTORIA > LA BIBLIOTECA DE ALEJANDRÍA

2012
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La Biblioteca de Alejandría

La Biblioteca Real de Alejandría fue en su época la más grande del mundo. Se cree que fue creada a comienzos del siglo III adC por Ptolomeo I Sóter y que llegó a albergar hasta 700.000 volúmenes.

La historia de la Biblioteca de Alejandría, de cómo debió ser, de cómo trabajaron sus sabios, incluso del número exacto de volúmenes y el nombre de sus obras no tiene rigor científico, tal y como los eruditos entienden el rigor. El conocimiento de esta gran institución se tiene a través de muy pocos testimonios, y aun estos son esporádicos y desperdigados. Los investigadores y los historiadores de los siglos XX y XXI insisten en aclarar que se trata en cierto modo de una utopía retrospectiva. La biblioteca existió, de eso no hay ninguna duda, pero todo lo escrito sobre ella es a veces contradictorio, dudoso, enigmático, lleno de suposiciones y se ha ido desarrollando a partir de muy pocos datos que, la mayoría de las veces, son sólo aproximaciones. Apenas hay certezas. Se trata de un concepto mítico, de aquello que debió ser, de lo que pudo ser su encanto.

La biblioteca en la Antigüedad
Ptolomeo I Sóter (362 adC-283 adC) mandó construir en Alejandría el gran palacio que serviría de alojamiento a toda la dinastía Ptolemaica. Al otro lado del jardín y conocido desde el principio con el nombre de Museo, se erigió otra gran edificación. Lo llamaron así por respeto a la sabiduría, porque lo consideraron como un santuario consagrado a las Musas, que eran las diosas de la memoria, de las artes y de las ciencias. El edificio constaba de varias estancias dedicadas al saber, que con el tiempo fueron ampliándose y tomando más importancia, pero también acogía un pequño zoo, jardines, una gran sala para reuniones e incluso un laboratorio.

La Gran Biblioteca de Alejandría, llamada así para distinguirla de la pequeña o hermana biblioteca en el Serapeo, fue fundada por los primeros Ptolomeos con el propósito de ayudar al mantenimiento de la civilización griega en el seno de la muy conservadora civilización egipcia que rodeaba a la ciudad alejandrina. Si bien es cierto que el traslado de Demetrio Falereo a Alejandría en el año 296-295 adC, está relacionado con la organización de la biblioteca, también lo es que por lo menos el plan de esta institución fue elaborado bajo Ptolomeo Sóter (muerto alrededor de 284 adC), y que la finalización de la obra y su conexión con el Museo fue la obra máxima de su sucesor, Ptolomeo II Filadelfo. Como Estrabón no hace mención de la biblioteca en su descripción de los edificios del puerto, parece claro que no estaba en esta parte de la ciudad, además, su conexión con el Museo, permite ubicarla en el Brucheion, el distrito real en el noreste de la ciudad.

Las salas del Museo que se dedicaron a biblioteca acabaron siendo las más importantes de toda la institución, que fue conocida en el mundo intelectual de la antigüedad al ser único. El origen griego de los Ptolomeos está en su gusto por el saber y el conocimiento; durante siglos apoyaron y conservaron la biblioteca que, desde sus comienzos, mantuvo un ambiente de estudio y de trabajo. Dedicaron grandes sumas a la adquisición de libros, con obras de Grecia, Persia, India, Israel, África y otras culturas, aunque predominaba la literatura griega.

La biblioteca del Museo constaba de diez estancias edicadas a la investigación, cada una de ellas dedicada a una disciplina diferente. Un gran número de poetas y filósofos, que llegaron a ser más de cien en sus mejores años, se ocupaban de su mantenimiento, con una dedicación total. En realidad se consideraba el edificio del Museo como un verdadero templo dedicado al saber.

Se sabe que desde el principio la biblioteca fue un apartado al servicio del Museo. Pero más tarde, cuando esta entidad adquirió gran importancia y gran volumen, hubo necesidad de crear un anexo cercano. Se cree que esta segunda biblioteca (la biblioteca hija) fue creada por Ptolomeo III Evergetes (246 adC-221 adC), y se estableció en la colina del barrio de Racotis (hoy se llama Karmuz), en un lugar de Alejandría más alejado del mar, en el antiguo templo erigido por los primeros ptolomeos al dios Serapis, llamado el Serapeo, considerado como uno de los edificios más bellos de la Antigüedad. En la época del Imperio Romano, los emperadores la protegieron en gran manera: incluso la modernizaron incorporando calefacción central mediante tuberías con el fin de mantener los libros bien secos en los depósitos subterráneos.

Organización
Ptolomeo II encargó al poeta y filósofo Calímaco la tarea de catalogación de todos los volúmenes y libros. Fue el primer bibliotecario de Alejandría y en estos años las obras catalogadas llegaron al medio millón. Unas se presentaban en rollos de papiro o pergamino, que es lo que se llamaba "volúmenes", otras en hojas cortadas, que formaban lo que se denominaba "tomos". Cada una de estas obras podía dividirse en "partes" o "libros". Se hacían copias a mano de las obras originales, es decir "ediciones", que eran muy estimadas, incluso más que las originales, por las correcciones llevadas a cabo. Las personas encargadas de la organización de la biblioteca y que ayudaban a Calímaco rebuscaban por todas las culturas y en todas las lenguas conocidas del mundo antiguo y enviaban negociadores que pudieran hacerse con bibliotecas enteras, unas veces para comprarlas tal cual, otras como préstamo para hacer copias.

Los grandes buques que llegaban al famoso puerto de Alejandría cargados de mercancías diversas eran inspeccionados por la policía, tanto en busca de contrabando como de textos. Cuando encontraban algún rollo, lo confiscaban y lo llevaban en depósito a la biblioteca, donde los amanuenses se encargaban de copiarlo. Una vez hecha esa labor el rollo era devuelto a sus dueños, generalmente. El valor de estas copias era altísimo y muy estimado. La biblioteca de Alejandría llegó a ser la depositaria de las copias de todos los libros del mundo antiguo. Allí fue donde realmente se llevó a cabo por primera vez el arte de la edición crítica.

Los libros
Se sabe que en la biblioteca se llegaron a depositar el siguiente número de libros:

200.000 volúmenes en la época de Ptolomeo I
400.000 en la época de Ptolomeo II
700.000 en el año 48 adC, con Julio César
900.000 cuando Marco Antonio ofreció 200.000 volúmenes a Cleopatra, traídos de la Biblioteca de Pérgamo.
Cada uno de estos volúmenes era un manuscrito con cantidad de temas diferentes. Se cree que allí estaban depositados tres volúmenes con el título de Historia del mundo, cuyo autor era un sacerdote babilónico llamado Beroso y que el primer volumen narraba desde la Creación hasta el Diluvio, periodo que según él había durado 432.000 años, es decir, cien veces más que en la cronología que se cita en el Antiguo Testamento. Ese número permitió identificar el origen del saber de Beroso: la India. También se sabe, que allí estaban depositadas más de cien obras del dramturgo griego Sófocles, de las que sólo nos han llegado siete.


Los sabios
Los sabios que estudiaban, criticaban, corregían obras, etc. se clasificaron a sí mismos en dos grupos: filólogos y filósofos.

Los filólogos estudiaban a fondo los textos y la gramática. La Filología llegó a ser una ciencia en aquella época, y comprendía otras disciplinas, como la historiografía y la mitografía.
Los filósofos eran todos los demás, la filosofía abarcaba las ramas del pensamiento y la ciencia: física, ingeniería, biología, medicina, astronomía, geografía, matemáticas, ingeniería, literatura, y lo que nosotros llamamos filosofía.
Entre ellos se encontraban personajes tan conocidos como Arquímedes, el más notable científico y matemático de la antigüedad, Euclides que desarrolló allí su Geometría, Hiparco de Nicea, que explicó a todos la Trigonometría, y defendió la visión geocéntrica del Universo; Aristarco, que defendió todo lo contrario, es decir, el sistema heliocéntrico siglos antes de Copérnico, Eratóstenes, que escribió una Geografía y compuso un mapa bastante exacto del mundo conocido, Herófilo de Calcedonia, un fisiólogo que llegó a la conclusión de que la inteligencia no está en el corazón sino en el cerebro, los astrónomos Timócaris y Aristilo, Apolonio de Pérgamo, gran matemático, Herón de Alejandría, un inventor de cajas de engranajes y también de unos aparatos movidos por vapor: es el autor de la obra Autómata, la primera obra conocida sobre robots, el astrónomo y geógrafo Claudio Ptolomeo, Galeno, quien escribió bastantes obras sobre el arte de la curación y sobre anatomía; La última persona insigne del Museo fue una mujer: Hipatia de Alejandría, gran matemática y astrónoma, que tuvo una muerte atroz a manos de monjes fanáticos cristianos.


Destrucción
Suele afirmarse, equivocadamente, que el primero de todos los ataques contra la Biblioteca de Alejandría fue el perpetrado por los romanos: Julio César, en persecución de Pompeyo, derrotado en Farsalia, arribó a Egipto para encontrarse con que su antiguo compañero y yerno había sido asesinado por orden de Potino, el visir del rey Ptolomeo XIII Filópator, para congraciarse con su persona. Egipto padecía una guerra civil por la sucesión del trono, y pronto César se inclinó a favor de la hermana del rey, Cleopatra VII. Consciente de que no podría derrotar a Roma, pero sí a César, y ganarse la gratitud de sus rivales en el Senado, Potino le declaró la guerra. El 9 de noviembre del 48 adC, las tropas egipcias, comandadas por un general mercenario de nombre Aquila, asediaron a César en el palacio real de la ciudad e intentaron capturar las naves romanas en el puerto. En medio de los combates, teas incendiarias fueron lanzadas por orden de César contra la flota egipcia, reduciéndola a las llamas en pocas horas. Por algunas fuentes, como Séneca o Plutarco, puede parecer que este incendio se habría extendido hasta los depósitos de libros de la Gran Biblioteca, cercanos al puerto. Sin embargo, se pueda afirmar sin duda alguna que la Gran Biblioteca alejandrina y sus tesoros no resultaron destruidos. Los famosos 400.000 tomos que habrían ardido fueron en realidad 40.000, depositados en almacenes del puerto, probablemente para su exportación a Roma, tal como indica el Bellum Alexadrinum.

Después del desastroso incendio, la muerte de César y del ascenso de Augusto, Cleopatra VII se refugió en la ciudad de Tarso (en la actual Turquía) junto con Marco Antonio. Fue entonces cuando le ofrecieron los 200.000 manuscritos traídos desde la biblioteca de Pérgamo (en Asia Menor) pertenecientes a la Biblioteca del rey Attalo, que Cleopatra depositó en la biblioteca. Fue una especie de recompensa por las pérdidas ocasionadas en el incendio.

En el siglo III después de Cristo, el emperador Diocleciano quien —según cuentan los historiadores— era muy supersticioso, ordenó la destrucción de todos los libros relacionados con la alquimia.

Más tarde, la emperatriz Eudoxia, en respuesta a una petición del patriarca de Alejandría, envió una sentencia de destrucción contra el paganismo en Egipto: en el año 391, el patriarca Teófilo de Alejandría expolió la biblioteca al frente de una muchedumbre fanática. El Serapeo fue entonces demolido piedra a piedra y sobre sus restos se edificó un templo cristiano. El sucesor de Teófilo, su sobrino Cirilo, se dedicó a eliminar a los filósofos, entre los que se encontraba la última directora de la Academia, Hipatia; su asesinato en el 412 marca el fin de la filosofía y la enseñanza platónica en todo el Imperio romano.

Seguramente se salvarían buena parte de los libros de la biblioteca y se pusiera también a buen recaudo el sepulcro de Alejandro Magno, toda vez que la destrucción era previsible. Los arqueólogos no pierden la esperanza de encontrar ambas cosas enterradas quizás en el desierto de Libia. Pero en la colina donde estaba el templo de Serapis nunca se volvió a reconstruir la biblioteca. En el año 416, Orosio (teólogo e historiador hispanorromano) vio con mucha tristeza las ruinas de aquella ciudad que había sido magnífica y los restos de la biblioteca en la colina. Los arqueólogos que emprendieron su trabajo en el siglo XIX dan fe de la violencia que debió desatarse en aquel lugar, aunque sus testimonios científicos no han sido divulgados.

En el siglo VI hubo en Alejandría luchas violentas entre los cristianos monofisitas y los melquitas y más tarde aún, en el 616 los persas de Cosores II tomaron la ciudad. Alejandría seguía siendo, no obstante, una de las mayores metrópolis mediterráneas. Dice la leyenda que, en 641 cuando el comandante musulmán Amr ibn al-Ass entró en la ciudad tras un asedio de 14 meses, comunicó a su jefe el califa Omar I todo lo que había encontrado en la mítica ciudad (4.000 palacios, 4.000 baños, 12.000 mercaderes de aceite, 12.000 jardineros, 40.000 judíos sometidos a tributo y 400 teatros y lugares de esparcimiento) y le habló de la biblioteca para pedirle las instrucciones sobre qué hacer con esa cantidad de libros. A lo que el califa, según cuentan, respondió: Si los libros contienen la misma doctrina del Corán, no sirven para nada porque repiten; si los libros no están de acuerdo a la doctrina del Corán, no tiene caso conservarlos. Por entonces, sin embargo, la Gran Biblioteca propiamente dicha no debía ya existir. En cualquier caso, ninguno de los restantes reductos de la cultura helénica que aún atesoraba la antigua ciudad de los lágidas sobrevivió a la brutal ocupación árabe. En 645 la ciudad abrió sus puertas a una flota imperial, pero al año siguiente cayó nuevamente en manos musulmanas. A partir de entonces Alejandría cayó en picado, en beneficio de la nueva capital de los conquistadores Fustat (El Cairo).

 

 
 
 
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