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Los imperios fantasmas de Mesopotamia

por Ilya U. Topper
de ilya.it

Nota preliminar

El presente artículo no es más que un resumen - necesariamente breve - de un libro sorprendente: "Die Sumerer gab es nicht" [Los sumerios nunca existieron] (Eichborn Verlag. Frankfurt/Main, 1988), del profesor y economista alemán Gunnar Heinsohn. Sorprendente por sencillo: escrito en un lenguaje sin tecnicismos abre un insospechado horizonte de que puede hacernos comprender por primera vez el pasado de nuestras civilizaciones.

Gunnar Heinsohn, nacido en 1943 en Gdynia, cursó estudios de filosofía, economía y sociología en Berlín y obtuvo el doctorado en 1973. Desde 1984 trabaja en la Universidad de Bremen en Alemania. Sus investigaciones sobre la historia de economía monetaria y el origen de las religiones le condujeron al modelo histórico que expone en el citado libro y otras publicaciones posteriores.

Heinsohn, científico estricto, basa sus teorías sobre datos extraidos de las obras de arqueólogos y filólogos de reconocido prestigio y competencia indudable: todos los hechos que expone en su libro son de dominio común; lo novedoso es la interpretación que aporta este autor.

En el presente resumen se han debido suprimir, obviamente, las abundantes referencias y fuentes que cita Heinsohn; de todas formas el interesado lector no tendrá dificultad en comprobar los datos en enciclopedias especializadas o compendios que resuman la historia de Mesopotamia y Egipto, tal y como se enseña hasta hoy en las universidades.


I.- Imperios fantasmas

El estudio quiere demostrar que las épocas históricas de Oriente Próximo han sido duplicadas por los arqueólogos. Una misma civilización - la de los sumerios, por ejemplo - se ubica dos veces en la Historia, una vez en el lugar que le corresponde, a mitades del primer milenio a.C., y una segunda vez a principios del III milenio, sin base alguna. En otras palabras: existen unos imperios fantasmas unos 1.500 años antes del comienzo del desarrollo cultural que tanto admiramos en las civilizaciones mesopotámicas.

Nos ocuparemos aquí del período de tiempo transcurrido entre el fin de la Edad de Piedra y la época helenística, es decir de los tres milenios entre 3.000 a.C. y 300 a.C., según las fechas aceptados por los modernos historiadores.

En este lapso de tiempo solemos ubicar ocho épocas históricas:

1. Antiguos Sumerios
2. Acadios
3. Neosumerios
4. Amorritas
5. Casitas
6. Asirios
7. Neobabilónicos o Caldeos
8. Persas

Los historiadores clásicos y la Biblia, sin embargo, sólo mencionan cuatro épocas. Son las siguientes:

1. Antiguos caldeos
2. Asirios
3. Neocaldeos
4. Persas

Este libro quiere demostrar que el imperio amorrita no es otro que el persa trasladado al II milenio, que los neobabilónicos y los neosumerios forman una misma civilización, que los acadios son en realidad los integrantes de la cultura asiria, fechados erróneamente en el III milenio y que los Casitas y los Antiguos Sumerios forman juntos el pueblo que tradicionalmente se conoce bajo el nombre de Antiguos Caldeos. El esquema de duplicación sería el siguiente:

Antiguos sumerios 3000 a.C.

2350 a.C
Antiguos Caldeos
1100 - 705 a.C.
Acadios 2200 a.C
Neosumerios 2000 a.C. Asirios
705 - 625 a.C.
Amorritas 1600 a.C.
Casitas 700 a.C. Neocaldeos
625 - 540 a.C.
Asirios 625 a.C.
Neobabilonios 539 a.C. Persas
540 - 331 a.C
Persas 331 a.C

 

¿Cómo se explica esta duplicación que nos viene confundiendo desde hace un siglo? Tiene su origen en que llevamos siglos entregados a una historiografía cuyo fin esencial no era otro al principio que el de corrobar la validez de la Biblia. La fecha clave es la de Abrahán, nacido según el texto bíblico alrededor de 2.100 antes de Jesucristo en la "ciudad Ur de los caldeos", que en aquel entonces ya debió de constituir un importante núcleo civilizatorio y cultural, al igual que Egipto, país que Abrahán visitó poco después. Era evidente, pues, para quien se fiara de la Biblia, que las culturas caldea y egipcia ya estaban en pleno auge durante el tercer milenio ante Cristo.

Cuando comenzaron las primeras excavaciones sistemáticas en Próximo Oriente, se descubrió que la estratigrafía de los yacimientos arqueológicos no permitía suponer que una civilización como la caldea o la asiria hubiese existido durante medio milenio. Como a nadie se le ocurrió discutir la datación bíblica de Abrahán, era preciso postular que éste vivía en un contexto cultural extremamente antiguo, diferente al de los caldeos o asirios, y tan remoto que los historiadores griegos no conservaban su memoria. Este postulado se cimentó con un error: se separaron los documentos cuneiformes según el idioma en el que fueron escritos y se asignaba a cada idioma una época correspondiente. Lo correcto hubiera sido aceptar la existencia simultánea de varias lenguas y dialectos...

Es un hecho que no conocemos ninguna excavación en la que se encuentren los ocho estratos correspondientes a las ocho épocas mencionadas arriba. Los pocos ejemplos de estratigrafía completa que figuran en los libros de Historia presentan capas tan finas que, según admiten los propios arqueólogos, no se pueden considerar válidos desde un punto de vista objetivo.

Nos encontramos con estratos que representan 25 o 50 años y que se interpretan como sedimentos de un lapso de tiempo que alcanza 100, 200 y hasta 500 años, todo ello porque la cultura hallada en el estrato inmediatamente inferior se fecha 'sin lugar a dudas' en el III milenio a.C.

Otro hecho es que todos los historiadores clásicos, como Estrabón por ejemplo, hacen mención de los famosos caldeos y de su alto nivel cultural. A pesar de estar tan bien documentados, los arqueólogos no han encontrado ni rastro de ellos. Se ignora hasta su lengua y de las 88 ciudades fortificadas, cuya existencia señala el rey asirio Sanherib, no se ha encontrado un sólo ladrillo.


II.- ¿La Biblia tiene razón?

Hemos visto que la impresionante edad de los imperios de Sumer y de Egipto se postuló tomando como base la Biblia, aceptado como el documento historiográfico más antiguo que poseemos. Contado las generaciones señaladas en la Biblia, se suele fechar a Moisés y el éxodo de los israelitas de Egipto aproximadamente a mitades del II milenio a.C. y a Abrahán unos 500 años antes. Como dijimos, la mención de Ur y de Egipto - ambos ya muy desarrollados - en 1. Moisés 11:26 y 12:10-19 es el punto clave para la datación de todas las culturas de Próximo Oriente y Egipto.

Sin embargo, los historiadores del siglo pasado también han consultado fuentes griegas o escritos en lengua griega. Para Egipto es fundamental la obra de Manetón, llamado Aegyptiaca, escrita para Tolomeo II (285 - 246 a.C.). Lamentablemente no existe ninguna copia del manuscrito original. Conocemos algunos fragmentos citados por el escritor judío Josefo Flavio (37 - 100 d.C.) en su libro "Contra Apión". Sabemos, sin embargo, que Josefo utilizaba un texto ya manipulado por copistas pro-judíos y anti-judíos. Uno de los problemas principales era la estancia de José en la corte del faraón y el éxodo; además se manipulaban sobre todo las dinastías antiguas para poder identificar al rey Mendes con Adán. Había una doble tendencia: los autores antijudíos querían aumentar la edad de su propio pueblo para superar la de colectivo judío, mientras que los judíos sentían la necesidad de crear un ambiente cultural para todas las generaciones entre Adán y Abrahán, dado que la Tierra no podía estar sin poblar.

No obstante, también nos han llegado datos que no coinciden con la cronología establecida por la Biblia. Herodoto (484 - 425 a.C.), que escribe antes de que se canonizara la Biblia, asigna al faraón Keops, constructor de la famosa pirámide homónima, una época posterior a Rampsinitos (Historias III, 124). Rampsinitos se identifica hoy día con Ramsés III y se fecha entre 1.200 y 1.100 a.C. mientras que a Keops se le reserva el siglo entre 2.600 y 2.500 a.C. Es muy probable que Herodoto tenía razón, ya que menciona expresamente que la pirámide se construyó con ayuda de útiles de hierro. Efectivamente es inexplicable cómo los egipcios lograron trabajar los bloques de granito, basalto, diorita y cuarzo - todos ellos minerales extremamente duros - sin la ayuda de este metal, supuestamente desconocido en el III milenio.

Otros fragmentos de Manetón se citaban en la obra de Julio Africano, el primer historiador cristiano, localizado en el siglo III, que está perdida hoy prácticamente en su totalidad. La tercera fuente la constituye el libro de Eusebio (269 - 340), obispo de Cesarea en Palestina. Tampoco se ha conservado el original, pero sí una traducción latina redactada por Jerónimo (345 - 419). La ambición historiográfica de estos autores, sin embargo, se reduce a la elaboración de una historia mundial que debía incluir la historia particular de los israelitas, canonizada ya desde hace medio milenio en forma de la Biblia. Como vemos, no se puede decir que Eusebio o Josefo Flavio nos transmitan las dinastías que figuraban en la obra original de Manetón, sino que utilizaban estas dinastías para corroborar la historia dictada por la tradición judía y enriquecerla.

No es distinto el caso del historiador Beroso, nuestra fuente principal para la historia de Mesopotamia. Escribe su obra para el rey seleúcida Antioquio I Soter (281 - 261 a.C.) y aunque no menciona ningún imperio 'sumerio', sí establece una lista de reyes y dinastías bastante antiguas. Por desgracia, tampoco se conoce esta obra, que sólo se ha conservado en fragmentos citados por Josefo, Eusebio y otros autores judíos o cristianos.

De todo ello resulta que la personalidad de Abrahán determina toda nuestra historiografía. Si pudiéramos estar seguros de que la fecha dada por la Biblia coincide más o menos con la realidad, no nos preocuparía tanto la dudosa transmisión de los textos de Manetón y Beroso. Ahora bien, desde que Julius Wellhausen publicó en 1878 su "Historia de Israel", ha quedado claro que la redacción de los textos más antiguos de la Biblia - los de la llamada tradición yahvista - no se remontan más allá del siglo IX a.C. En el mismo libro, Wellhausen no sólo demuestra que la tradición israelita utiliza el ambiente contemporáneo para describir un paisaje mil años más antiguo, sino también que los personajes de Abrahán y sus hijos no se pueden considerar personas reales. Mientras que ésta última idea tardó en calar, sí se aceptó muy pronto la tardía elaboración de la Biblia, que fue acercaca aún más a nuestros días, de tal forma de que hoy nadie duda de que la materia bíblica es un producto del siglo VI a.C. Los historiadores actuales ya tampoco defienden la autenticidad histórica de Abrahán. Algunos científicos modernos sostienen incluso que las figuras de Abrahán, Isaac, Jacobo etc. representan a antiguos dioses que posiblemente se veneraban en forma de árboles santos, rocas y pozos, siendo el más antiguo el concepto de Isaac, que sólo mucho más tarde se hizo preceder por su 'padre' Abrahán... En conjunto, hoy día se acepta generalmente que la historicidad de estos Patriarcas no se puede verificar.

Ahora bien ¿cómo y por qué inventa la tradición judía un antepasado lejano al que ubicar en un tiempo tan remoto? Weidmann (1968) explica que durante el exilio, el colectivo judío sentía la necesidad de crear un pacto más antiguo con Yahvé, ya que la Alianza de Moisés, a quien le fue anunciada la Tierra Prometida, se había roto por culpa de los pecados del pueblo... al menos así lo hizo pensar el hecho de haber sido exiliados. Para mantener la fe en que existía un derecho sobre esta tierra era necesario inventar otra Alianza, mucho más antigua, mediante la cual Yahvé habría prometido a 'su' pueblo la tierra de Palestina sin exigir nada a cambio. Por este motivo político se creó la figura de Abrahán, precesor de Moisés. Sabemos incluso que la fecha bíblica de éste último no es histórica, aparte de que originalmente la leyenda de Moisés y la del éxodo no estaban relacionadas entre sí. Después de haber sido combinadas, se fecharon recurriendo por motivos religiosos a un período de 480 años. Éste fue el lapso de tiempo transcurrido entre la construcción de un Templo atribuido a Salomón y la restauración del mismo templo en el año 512 a.C. Ahora se ubicó el éxodo - y con ello Moisés - otros 480 años antes de la famosa construcción del Templo (1 Reyes, 6:1). Para fechar Abrahán, se utiliza de nuevo un período de tiempo similar, situándo al patriarca 430 años del éxodo.

A nuestro juicio, la creación de la leyenda del éxodo de debería fechar en el siglo 7 a.C., época en la que los asirios - y junto con ellos, los israelitas, súbditos y colonos del imperio asirio - fueron expulsados de Egipto. Una parte del pueblo que permaneció en el país fue esclavizada y trató de huir después, hecho que refleja la leyenda del éxodo. En todo caso, esta tradición no se puede aceptar como eje de una cronología segura.


III.- Una cronología sin base

Cuando se difundió la noticia de que las fecha bíblicas de los patriarcas no son válidas para establecer una historiografía seria, los egiptólogos y asiriólogos hubieran debido comunicarse que ya no existía ninguna base para suponer la existencia de un pueblo altamente civilizado a principios del III milenio. Una revisión total de todas las fechas debería haber sido la lógica consecuencia inmediata. No ocurrió: una vez demostrada por Wellhausen la escasa fiabilidad de la Biblia en asuntos históricos, los asiriólogos tardaron otros cien años en tachar de sus libros al mítico Abrahán. Al hacerlo no cayeron en la cuenta de que deberían haber tachado a la vez toda la cronología derivada de esta figura. Se dio la paradoja de que los judíos habían hecho remontar su religión hasta el tercer milenio para competir con otras religiones de igual antigüedad, mientras que ahora los arqueólogos, sin considerarse fundamentalistas, demostraron que la cultura mesopotámica era aún más antigua, y todo ello basándose precisamente en la Biblia.

En 1 Moisés 14:1 se menciona un cierto rey Amrafel de Senaar, que más tarde fue identificado con Hamurabi (cuya famosa estela con el código de leyes no se encontró en un estrato que pudiera justificar la antigüedad que se le atribuye). Y desde entonces, Hamurabi sirve de base y eje para toda la cronología de Oriente Próximo. Actualmente se vuelve a rechazar su identificación con Amrafel... sin embargo, la fecha obtenida por la ecuación se sigue aceptando como punto clave de la Historia.

Para mantener esta validez se comete un grave error metódico: Por una parte se asignan determinadas dinastías, cuya existencia es referida por antiguos documentos, a estratos en los que no se han hallado vestigios que pudieran corroborarlas. Peor aún, se ubican algunas dinastías en tiempos que aparentemente no han dejado estrato alguno. Es decir, los arqueólogos tensan la cinta del tiempo transcurrido mucho más allá de lo que permite el grosor de las capas de la estratigrafía.

Vemos que los arqueólogos modernos repiten los mismos trucos que los historiadores judíos y cristianos cuando utilizaron las listas de Manetón y Beroso. Para cubrir más tiempo forman una secuencia cronológica de varias dinastías que en realidad eran contemporáneas. Es un hecho conocido que en las listas atribuidas a Manetón se encuentran manipulaciones de este tipo. El resultado equivale a una hipotética enumeración en orden cronológico de los soberanos de León, Asturias, Castilla y Aragón, todos ellos reyes hispanos... pero que vivían simultáneamente.

Para Egipto se ha desarrollado otro método de datación, independiente de la tradición israelita. Debemos poner a prueba su validez. Se trata del llamado Período de Sotis.


IV.- El Año de Sotis (Egipto)

Los científicos parten de la base siguiente: En Egipto había dos calendarios; uno que contaba unos años de 365 días y otro que se atenía a los fenómenos de la naturaleza. Es evidente que los dos calendarios debían diferir cada vez más, ya que la falta de años bisiestos hizo avanzar las fechas sobre el tiempo real. Si en un momento dado el día de Año Nuevo - que se celebraba el primer día del mes de Thot - coincidía con un fenómeno astronómico determinado, evidentemente debía caer un día antes de tal fenómeno al cabo de cuatro años (el año solar real dura 365¼ días). Al cabo de diez años, la diferencia era de dos días y medio, un siglo más tarde ya alcanzaba un mes, y después de 1.460 años, las fechas volverían a coincidir, después de que el Primero de Thot hubiese recorrido todas las estaciones del año. Los arqueólogos afirman que este período de diferencia entre los dos (hipotéticos) calendarios se aprendía a calcular fijando como fenómeno astronómico de referencia el día en el que la estrella Sirio aparece por primera vez sobre el horizonte, después de haber estado invisible durante parte del año. El momento en el que Sirio sale de esta manera, casi simultáneo con el sol, y coincidiendo además con el Año Nuevo del calendario civil, se habría fijado como fin de un Período de Sotis, e inicio de uno nuevo. Conocemos una de estas fechas clave, ocurrida en el año 138 d.C. De ahí que es posible calcular la antigüedad de cualquier documento que ofrece a la vez la fecha del calendario civil y una referencia al año de Sotis.

Los egiptólogos creen poseer seis documentos que justifican esta hipótesis y permiten tal cálculo. Son los siguientes:

1. El escritor Teón (379 - 395) dice que en el año 26 d.C. se terminó un período de Menofres.
2. El escritor Censorinos - en 239 d.C. - afirma que 100 años antes se había terminado un Gran Año.
3. El decreto de Canopo es una orden que pretende reformar el calendario y fijar la fecha de Año Nuevo. Se elige para ello el momento de la aparición de la estrella Sotis.
4. La información de Elefantina dice que el día 28 del mes Epifi del año civil se celebró la fiesta de la aparición de Sopdet.
5. El papiro de Ebers ofrece una fecha de un calendario que tiene 365 días.
6. El papiro de Ilahun señala que la aparición de Sopdet (Sotis) cae en el día 16 del cuarto mes.

¿Tienen estos documentos el valor que se les suele atribuir?

En primer lugar hay que dejar claro que no existe ninguna razón en concreto para pensar que los egipcios conociesen un tal período de Sotis o que calcularan las fechas de sus fiestas por este calendario meramente hipotético. Se trata de una teoría elaborada por los arqueólogos para hallar un sistema que apoyara la cronología aceptada, basada - como hemos visto - en la Biblia. Veamos los seis documentos que prometen ser la única prueba de un Egipto de gran antigüedad:

1.- Teón no dice nada más que el año 26 d.C. finalizó un período de Menofres. Hay una marginalia de mano desconocida que añade: "Desde Menofres y el fin de la era de Augusto [corresponde a 284 d.C.] son 1605 años". Dado que no sabemos qué significa Menofres, un término que no se encuentra en otros documentos, no tenemos base alguna para relacionar este período con una supuesta observación del Sirio
.
2.- Censorino habla del Gran Año que se habría terminado en 138/139 d.C. No obstante, ya en el siglo pasado se calculó que una apocatástasis - así se llama el orto helíaco de Sirio, o sea su salida simultánea con el sol, en el momento de su primera aparición en el año - no puede haber tenido lugar en estas fechas. Además, si se hubiese dado, probablemente nos habría sido transmitido por el gran astrónomo Claudio Tolomeo de Alexandria (100 - 170 d.C.) que debería haberla observado.

3.- El decreto de Canopo es un documento trilingüe del siglo III a.C. que nos habla de un tiempo en el que se le añadieron 5 días al año de 360 días. Expone que ahora Isis - el planeta Venus y la diosa cuyo día se celebraba como principio del año civil - cambia su posición un día cada cuatro años, por lo cual se considera oportuno intercalar en el calendario un día cada cuatro días (con ello se introducen los días bisiestos y se forma una calendario 'juliano' dos siglos antes de Julio César). Para tener un punto de referencia, el decreto propone la fecha de reaparición anual de la estrella Sotis. En los textos egipcios (jeroglífico y demótico, redactados ambos a partir del original griego) se traduce Sotis con Sopdet, mientras que se omite el nombre del planeta Venus, al que sólo se hace referencia como "el luminoso". Esto les parecía suficiente razón a los egiptólogos para olvidarse dela fecha de Isis y postular un período de Sotis que no aparece de forma alguna en el documento original. Es más, el texto habla de un calendario primitivo de 360 días. Si este se empleaba realmente, ya no tenemos base alguna para calcular concordancias exactas entre el año civil y fenómenos astronómicos o naturales como la aparición de Sirio o la crecida anual del Nilo, dado que en este caso todas las fechas no se movían un mes por siglo sino... ¡dieciseis meses!

El científico Immanuel Velikovsky - cuyas obras han sido rechazadas por los arqueólogos de orientación tradicional - demostró que en las traducciones egipcias del decreto de Canopo, el nombre de Sopdet también designa al astro que en otra ocasión es llamado "el luminoso". Lo más lógico es pensar que la estrella en cuestión es simplemente Venus, identificada con la diosa Isis. El decreto determinaría en este caso que la fiesta de Año Nuevo se celebrara el día de la reaparición de Venus, fenómeno que gracias a los años bisiestos caería a partir de ahora siempre en primer día de Thot. Es más, recientemente se ha puesto seriamente en duda la identificación de Sotis con Sirio. Posiblemente el nombre de Sotis no es más que una variante de Hator, diosa identificada con Isis, o sea Venus.

4.- El documento de Elefantine hace mención al faraón Tutmose III, pero no debemos olvidar que este monarca fue acomodado en el año 1464 a.C. a raíz de esta información: estamos ante una pescadilla que se muerde la cola y no ofrece un referencia fiable.

5.- El papiro de Ebers describe un año de 360 días que además no comienza con el primero de Thot. Evidentemente no ha existido ningún calendario formal que se haya utilizado sin cambios durante más de 1460 años y que nos pudiera servir de regla inamovible.

6.- El papiro de Iluhan sí señala la fecha de la aparición de Sopdet, pero no revela el nombre del faraón que reinaba en este momento. Se suele fechar en el año 1872 a.C. bajo el reinado de Sesostris III, a base de la comparación de grafismos, pero esta conjetura es todo menos convincente. Como base para la cronología de Egipto, este documento no nos puede servir.

Como conclusión, todo el sistema de datación basado en el período de Sotis se debe rechazar, postura que hoy día ya es adoptada por varios egiptólogos de renombre.

Conviene dejar claro que toda la cronología de la Grecia Antigua - anterior a la época clásica - y por extensión la de la Europa prehistórica está basada en comparaciones con la cultura egipcia y en hallazgos de objetos y mercancías de indudable origen egipcio y mesopotámico. Es decir, también nuestra propia cronología europea se tambalea.


V.- Los enigmas de Mesopotamia

Los problemas de la estratigrafía de la antigua Mesopotamia son múltiples. Faltan, sin ir más lejos, los sedimentos en los que deberíamos buscar los vestigios de los medos y los persas. No se hallan apenas documentos escritos que arrojen luz sobre los caldeos - hoy llamados neobabilonios - aunque los historiadores griegos describen este pueblo como altamente civilizado y muy dado al comercio. El suelo carece asimismo de estratos que se puedan atribuir a los acadios, y en los lugares donde sí los ofrece, no se puede detectar capas que puedan corresponder a los asirios. Lo más curioso de todo es que los hallazgos mejor conservados se atribuyen a la época entre 2100 y 1700 a.C., aunque no hace falta excavar mucho para dar con los yacimientos: se encuentran casi a ras del suelo.

También llama la atención el hecho de que la Historia de China y de América Latina se suele iniciar aproximadamente a mitades del II milenio como muy temprano. No es éste el lugar para tratar de regiones cuya cronología no depende de la Biblia. Un estudio comparativo, sin embargo, podría ayudar a aclarar más la historia de Próximo Oriente.

Señalaremos algunos enigmas o curiosas coincidencias en cada una de las ocho épocas convencionales:

1. - Hasta 3000 a.C. : Neolítico

No se conoce la identidad de los pobladores neolíticos de Mesopotamia y se ignora si persisten luego bajo el dominio de la civilización que pronto se impondrá en la región o si incluso ellos mismos la generan. Todavía no hay templos ni sacerdotes. No se sabe por qué se comenzó a fraguar una sociedad en la que el oficio más destacado era el de sacerdote.

2.- Alrededor de 3000 a.C. : Catástrofe

Los sedimentos atestiguan que una catástrofe tiene lugar. Análisis de polen han demostrado que el clima sufre un cambio. Las causas se ignoran. Las tradiciones conservadas por los documentos cuneiformes hablan de una inundación catastrófica causas por la diosa Inanna, identificada con Venus.

3.- A partir de 3000 a.C. aprox.: Antiguos Sumerios

Aquí comienza la primera civilización propiamente dicha. Se encuentran templos y estatuillas de Inanna-Venus y se relaciona esta época con el rey Gilgamesh que fortificó la ciudad de Uruk. Sin embargo, los historiógrafos griegos no conservan memoria alguna de esta época: ellos conocen al pueblo habitante de Mesopotamia como Kasdim, Caldu o Caldeos.

En las excavaciones realizadas en Uruk - la plaza más importante de toda Mesopotamia - , los estratos sumerios del III milenio se hallan a menudo directamente debajo de los sedimentos de la época neobabilónica o caldea, perteneneciente al I milenio.

Las suntuosas tumbas reales de Ur, que probablemente forman parte de esta época - aunque su estratigrafía es dudosa - sólo se pueden comparar con las sepulturas de los reyes escitas, que aparecen 2.000 años más tarde. Es curioso que en la siguiente época, la de los acadios, se manifiesta un pueblo intruso, llamado Quti o Guteos, cuyos rasgos más característicos evocan a los escitas.

En la ultima fase de los sumerios, alrededor de 2400 a.C. se encuentra un puñal con mango de bronce, cuya hoja de hierro - hierra de minas, no de meteoritas - no encaja en absoluto en su tiempo, dado que la Edad de Hierro no comienza hasta 1200 a.C. aproximadamente.

Sorprende también la alta tecnología de los carros de combate, tanto de dos como de cuatro ruedas. Porque en la época siguiente, la de los acadios, este vehículo desaparecerá por completo y sólo se conservará ocasionalmente en representaciones de algunas deidades. Sin embargo, no tiene lugar una decadencia general porque en otros aspectos de la vida habrá un gran avance tecnológico. Pero el carro de combate no se vuelve a utilizar hasta la época de los amorritas alrededor de 2000 a.C.

Respecto a la cerámica hay dataciones muy arbitrarias. Para citar un ejemplo: la así llamada cerámica de Halaf, encontrada en los fundamentos de un palacio de la Edad de Hierro, se debería haber fechado como muy temprano a finales del II milenio. Sin embargo, se fechó gracias a comparaciones con otra cerámica similar hallada en Arpachiya que, a su vez, se pudo relacionar con otra, obviamente más reciente que fue encontrada en estratos sumerios y fechada 'sin duda' en el III milenio. Con ello, la cerámica de Halaf se acomoda entre el IV y el V milenio, mientras que su estratigrafía no deja lugar a dudas de que se trata de un producto de finales del II milenio.

4.- A partir de 2350 a.C.: Los Acadios

Alrededor de 2350, el rey Sargón de Acad conquista el sur de Mesopotamia y funda el primer gran imperio de la humanidad. Es extraño que en ningún yacimiento se haya conseguido detectar una estratigrafía convincente que permitiese localizar el imperio acadio. Los monumentos atribuidos a esta cultura se suelen hallar directamente bajo la superficie, lo que que debería descartar la posibilidad de fecharlos en el III milenio. Las capas inmediatamente superiores se suelen asignar al reino de los Mitanni, lo que supone un lapso de mil años sin sedimento alguno.

Toda información sobre el imperio acadio nos viene de tablillas de arcilla producidas después de 700 a.C. Se postula que se trata de copias, hechas a partir de originales casi dos mil años más antiguos y perdidos en su totalidad. Es además improbable que los originales se puedan hallar jamás, ya que el suelo carece incluso de los estratos en los que habría que buscarlos.

No se ha encontrado la impresionante capital fundada por Sargón, ni tampoco rastro alguno de la red de carreteras - atestiguada por documentos del I milenio - que debería haber alcanzado una extensión de un total de 7.000 kilómetros, niveladas metro por metro con ayuda de instrumentos de metal, sorprendentemente afilados para esta época. Por lo demás es enigmático para qué podían servir estas carreteras si se había perdido el uso de carros de combate, tal y como explicamos arriba.

Sargón saqueó Babilonia y se declaró rey de esta ciudad. Esta información hoy no se da por válidad ya que en la época de los acadios no pudo existir aún una Babilonia digna de ser saqueada. Tampoco se suele dar crédito a los documentos que afirman que Sargón pretendió superar la suntuosidad de Babilonia fundando una nueva capital. En conjunto se descarta la idea de que en el siglo 23 a.C. Babilonia pudiera haber sido algo similar a una metrópoli.

Sargón inició una guerra contra un imperio difícilmente localizable, con el nombre de Subartu, que tal vez se ubicaba en Anatolia. Allí existe un poderoso reino del mismo nombre (Sparda = Lidia)... pero en el I milenio.

Sargón y su nieto Naram-Sin se proclaman vencedor y ocupante de Magan y Meluha, nombres que en el I milenio (época en el que fueron redactados los documentos que nos transmiten estas hazañas) siempre se refieren a Egipto y Etiopía. Se descarta la idea de que en el III milenio a.C. un rey mesopotámico pudiera haber sometido Egipto. Pero este país fue efectivamente vencido por Sargón de Asiria (721 - 705 a.C.) y conquistado por su nieto Asarhadón. A causa de la imposibilidad de suponer tales victorias en el III milenio, se han hecho intentos de relacionar los términos Magan y Meluha con otras regiones, sin que se haya encontrado ninguna solución satisfactoria.

Un caso parecido es el del comercio de Acad con Dilmun, antiguo nombre de la India. Como no se cree que pueda haber relaciones comerciales de envergadura en el III milenio, se intenta en vano ubicar a Dilmun en alguna otra parte. Exactamente igual es el caso de Captara, que no puede referirse a otro lugar que Creta.

La ciudad de Ebla en Siria, vencida por Sargón y Naram-Sin, contiene un archivo en escritura cuneiforme escrito en el dialecto fenicio-hebreo del I milenio a.C. Al fechar los textos entre 2400 y 2250 surgen muchos problemas; la aparición del nombre divino Yahvé es sólo uno de ellos.

Causan asombro un puñal de hierro, el parasol como insignia real, que se repite unos 1.500 años más tarde entre los asirios, y el inven to de espadas de bronce en forma de hoz que sólo unos 800 años más tarde vuelven a aparecer en Egipto, relacionadas allí con la invasión de los hiksos.

La comparación con la cultura acadia ha servido también para fechar la civilización del valle del Indo, cuando la estratigrafía de las antiguas ciudades de Harappa y Mohenyo-Daro contradice la supuesta antigüedad: los sedimentos del siglo VII a.C. cubren directamente las capas asignadas al III milenio.

5 - A partir de 2112 a.C. : Los Neosumerios

En las excavaciones de Uruk se confunden los estratos de la época neosumeria con los de la cultura neobabilónica, dado que faltan las capas correspondientes a los acadios, que deberían separar las dos civilizaciones.

Los estilos artísticos y las plantas de los templos neosumerios forman una unidad con aquéllos de la época neobabilónica que se inicia - teóricamente - unos 1.500 años más tarde.

Sorprenden los múltiples documentos que atestiguan toda forma de negocios monetarios, incluido créditos, intereses, cambio, bancos etc. mientras que en el imperio neobabilónico, que debe de haber desarrollado una cultura muy mercantil, no se encuentren dichas características, aunque por entonces la economía monetaria ya estaría ampliamente difundida. En las leyes del rey neosumerio Ur-Nammu, en cambio, se mencionan incluso monedas... unos 1.400 años antes de la fecha en la que se suele ubicar el invento de la moneda.

El rey Shulgi entreprende tres campañas contra los hurritas, pueblo de origen desconocido. Toda la información acerca de los hurritas la debemos a documentos acadios. Conocemos nombres propios, topónimos y fórmulas religiosas de los hurritas pero ignoramos su lengua. Sólo el idioma de los urarteos, que aparece unos 400 años más tarde, ofrece ciertas semejanzas. El nombre del dios principal, Tesheba, es el mismo. Se da el caso de que a los hurritas les faltan los vestigios arqueológicos mientras que los urarteos carecen de documentos históricos.

Existen paralelas sorprendentes entre la vida del último rey neosumerio Ibbi-Sin y la del último monarca neobabilonio Nabonid, que vive unos 1.500 años más tarde. En los dos casos, el rey tiene que enfrentarse a un antirregente durante la última década de su reinado, huye para buscar refugio en una fortaleza, pierde su capital sin que fuera destruida y no es ejecutado sino exiliado a una tierra en Persia.

Se mencionan los habirus, que evidentemente se deben identificar con los hebreos. Aunque resulta insólita la presencia de este pueblo en la Mesopotamia del III milenio, se busca en vano otra solución.

6.- A partir de 2000/1900 a.C.: Los Amorritas

Las ruinas de la ciudad de Mari están muy bien conservadas. Según los arqueólogos, la villa se dejó de habitar de manera definitiva alrededor de 1700 a.C., pero se sigue mencionando en algunos documentos después de esta fecha.

El gran rey Hamurabi pretente haber conquistado las regiones de Hana y Subartu, que hasta hoy no se han podido ubicar de manera convincente. Unos 1.300 años más tarde, los persas extienden su imperio hasta Yauna y Sparda (Jonia y Lidia). El rey persa Ciro el Grande habla en una ocasión de reyes amorritas que lo reconocen como monarca, aunque los amorritas dejaron de existir - teóricamente - un milenio antes.

El idioma acadio de la época amorrita es casi imposible de distinguir del acadio de la época neobabilónica, aunque los dos dialectos deberían estar separados por un lapso de 1.500 años. Hamurabi y el rey persa Darío I se sirven de frases y fórmulas idénticas.

Se mencionan minas de hierro unos 600 años antes de iniciarse la Edad de Hierro. Por otra parte es evidente que se utilizaba el hierro para elaborar las esculturas de diorita y otros minerales semejantes de gran dureza.

Sorprende que en la época amorrita se encuentran referencias a monedas, a un sistema de solfeo escrito, se conoce el teorema de Pitágoras, se mencionan grupos arios extendidos en todo el territorio de Oriente Próximo, se halla una estatuilla de un guerrero con un típico gorro persa...

La epopeya de Gilgamesh se conoce en varias variantes; la más antigua, que corresponde a la época amorrita, ofrece un estilo más fluido y mejor trabajado mientras que una versión tardía del siglo VII a.C. en lengua asiria tiene giros arcaicos y es mucho menos refinada y menos rica.

Otro enigma es la ciudad de Eridu que se concibe como la ciudad más antigua de Mesopotamia y su centro religioso más importante. Su estratigrafía es la mejor conservada de todas las que conocemos. Resulta que toda actividad constructora cesó en tiempo de los amorritas, a inicios del II milenio. Sorprende entonces que los reyes asirios Sargón y Senáquerib - ubicados en el siglo VIII - describen Eridu como una importante plaza fuerte, papel que sigue desempeñando - a tenor de los documentos - aún en épocas de Nabucodonosor y Darío. Eridu aparece como un gran emporio comercial todavía en tiempos helenísticos. Los comerciantes ¿vivían en medio de ruinas?

7.- A partir de 1750 a.C. : Los Casitas

No conocemos la lengua ni el origen de los casitas. Los documentos cuneiformes de su tiempo se sirven del acadio y de sumerio, cuando éste último idioma debería haber sido ya una lengua muerta en esta época.

El período casita se extiende sobre más de medio milenio. La estratigrafía existente no puede corroborar un lapso de tiempo de tal envergadura.

En el ocaso de los casitas juegan un papel importante los elamitas. Este pueblo vuelve a mencionarse cuando Sargón de Asur derrota al rey neobabilonio Marduk-apla-iddina (Merodeh-Baladán), cuyo nombre coincide exactamente con el del último gran rey casita.

8.- A partir de 1157: Época oscura

Las así llamadas dinastías IV-VIII no se han podido corroborar ni por monumentos arqueológicos ni por documentos de su propia época. Es sorprendente que las innovaciones del rey Nabonasar (746 - 734 a.C.) ya se han dado 1.500 años antes bajo el reinado de Urucágina, cuya vida ofrece varias paralelas a la de Nabonasar.

9.- A partir de 705 a.C. : Los Asirios

De las 88 ciudades fortificadas de los caldeos que menciona el rey asirio Senáquerib (705 - 681 a.C.) no se ha detectado un sólo ladrillo. Sin embargo, en la misma región se han excavado las ciudades de los neosumerios, cuya existencia era aparentemente ignorada por los historiadores clásicos. Es extraño que estas plazas lleven frecuentemente los mismos nombres que las poblaciones caldeas milenio y medio más tarde.

Tampoco se ha encontrado una sola tablilla que permitiera averiguar el idioma y la escritura de los caldeos.

Tiglatpileser III y Sargón de Asur derrotan al rey neobabilonio Merodeh-Baladán. Sin embargo, no han dejado testimonio escrito de su victoria mientras que sí nos ha llegado un relato de la derrota por parte del monarca vencido. Nos acordamos de que se dio el caso contrario cuando Sargón de Acad venció a rey sumerio Lugalzagesi. Coinciden además el nombre del lugar de la batalla (Dur) y el detalle de que el adversario de Sargón tarda en acudir a la lucha. También se solapan numerosos rasgos de la vida de Sargón de Acad y de Sargón de Asur. Lo mismo cabe afirmar de sus hijos.

La estratigrafía de muchos yacimientos asirios es preocupante: falta todo sedimento que atestigüe la existencia del gran imperio asirio, de la época de los medos y de la de los persas. Debajo de los estratos helenísticos se ubican los del reino Mitani (siglo XIII - XIV a.C) y debajo de éstos, capas del tiempo acadio (siglo XXV). Nos encontramos frente a dos intervalos, de mil años cada uno, que no han dejado estrato alguno.

10 .- A partir de 625 a.C.: Neobabilonios o Caldeos

Basta aquí con recordar las múltiples coincidencias entre neobabilonios y neosumerios, descritos en el apartado 5.

11.- A partir de 540 a.C.: Los Persas

Dado que Mesopotamia es la provincia más rica de todo el imperio persa y la residencia principal de sus soberanos, no deja de sorprender que no se hayan encontrado inscripciones cuneiformes de esta época, mientras que incluso en la propia Persia hallamos inscripciones en lengua acadia, redactadas por orden del rey Darío I.

Tanto Darío como las fuentes griegas y hebreas atestiguan que este rey fue el primero en colocar estelas que ofrecían un resumen del código de leyes. Esta información sería incorrecta, al tenor de uno de los hallazgos más famosos de Mesopotamia: la estela de Hamurabi, elaborada según los arqueólogos a inicios del II milenio. Además, no se han encontrado las estelas que mandó colocar Darío. Llama la atención que la estela de Hamurabi fue descubierta en Susa, es decir en Persia, y casi a ras del suelo.

Resulta particularmente extraño que no se conocen vestigios de construcciones persas en Mesopotamia. Parece como si este pueblo altamente civilizado no se hubiera dignado de vivir en ciudades fortificadas.

En la región de Irán tampoco faltan extraños espacios vácuos en las estratigrafías. Los hallazgos mejor conservados se fechan entre 3500 y 2200 a.C., una época que nunca fue descrita por los historiadores clásicos. Éstos concentran su atención en la mitad del I milenio... cuando no hay monumentos arqueológicos dignos de este nombre entre 2200 a.C. y el siglo VIII a.C.

12.- A partir de 330 a.C.: Los Seleúcidas

Sorprende que en época de los seleúcidas se escriba todavía en sumerio, teóricamente una lengua muerta por espacio de ya 1.700 años. En un texto del tiempo seleúcida se les define a los griegos como 'haneos', aunque el reino de Hana, sometido por Hamurabi, supuestamente dejó de existir milenio y medio antes.

13.- A partir de 250 a.C.: Los Partos

Aquí se terminan los problemas más graves, ya que se encuentran tanto monumentos arqueológicos como documentos históricos. Sólo extraña que aún se siga escribiendo en sumerio y que se encuentren objetos artísticos cuyo estilo recuerda el sumerio.


VI.- La secuencia correcta

Hemos visto que la arqueología de Oriente Próximo se ha construido alrededor del eje central de una figura bíblica: Abrahán. Sabemos también que los primeros arqueólogos que iniciaron las excavaciones en Mesopotamia - sobre todo en Ur - no tuvieron otra meta que la de encontrar la cultura en cuyo seno nació Abrahán. Al buscar un estrato correspondiente a su tiempo hubo que descartar las capas representantes de las ocupaciones griegas y persas porque eran muy recientes, y la de los asirios por ser de una índole diferente, que no encajaba con la descripción bíblica. Los estratos de los antiguos caldeos - hoy llamados sumerios - se eliminarion por el carácter primitivo de los hallazgos. Sólo quedaron, entonces, los sedimentos del tiempo neocaldeo que pertenecían en realidad a la época del rey Nabucodonosor (siglo VI y VII a.C). En lugar de utilizar los vestigios encontrados para arrojar luz sobre la cultura caldea, se fabricó una civilización nueva que se acomodó en el III milenio y se marcó con el nombre de 'neosumeria'. Este paso arrastró tras de si toda una serie de consecuencias - ineludibles, por otra parte - que terminaron complicando la arqueología de tal modo que hoy los enigmas de Mesopotamia superan con mucho sus aspectos lógicos.

La duplicación de los neocaldeos y su transferencia al III milenio exigió ubicar los hallazgos correspondientes a la cultura asiria en una época inmediatamente anterior, donde fueron asignados al reino de "Acad". Ahora bien, los asirios nos han transmitido información sobre las dinastías que les precedieron. Estos reciben el nombre de Casitas cuando se fechan correctamente - en realidad se trata simplemente de los antiguos caldeos - y se publican bajo el término de "antiguos sumerios" cuando son obviamente anteriores al reino fantasma de Acad. Los persas sufren el mismo proceso: la cultura de los neocaldeos termina con la invasión persa, pero como hemos trasladado a los neocaldeos al III milenio, no nos queda más remedio que proyectar la civilización persa al II milenio, donde les damos el nombre de cultura amorrita o antigua Babilonia.

La secuencia correcta, tal y como fue referida por los historiadores de la Antigüedad, es la siguiente:

1.- Fin del Neolítico alrededor de 1050 a.C.

2.- Una o varias catástrofes causadas por agentes cósmicos
A raíz de los cambios producidos, y para evitar nuevas desgracias, se instaura una cultura teócrata. Se erigieron templos con el fin de reconciliar a la humanidad con las supuestas deidades enfurecidas.

3.- y 7.- A partir de 1050 (aprox.) Los Antiguos Caldeos
En esta época se realiza el invento de la escritura cuneiforme. La lengua desconocida de los casitas es simplemente el sumerio, que de hecho fue utilizado por esta cultura (aunque hay algunos textos casitas tardíos en acadio, que ya pertenecen al tiempo persa). Alrededor del año 740 a.C. tiene lugar una revolución, la de Nabucodonosor-Urucagina, que acaba con la teocracia.

4.- y 9.- A partir de 705 a.C.: Los Asirios
El rey Sargón conquista el imperio de los antiguos caldeos. Todos los avances tecnológicos que atribuimos a los acadios pertenecen a los asirios. Se escribe una lengua semita. Las diferencias entre el 'acadio' y el 'asirio' se explican por el simple hecho de que el acadio es una lengua vernacular del imperio asirio mientras que la grafía del asirio se condiciona por su utilización en las inscripciones. Los soberanos asirios conquistan Egipto y mantienen relaciones comerciales con Creta y la India.

5.- y 10 .- A partir de 625 a.C.: Los Neocaldeos
Este imperio, hoy prácticamente desconocido por la supuesta falta de documentos escritos, está muy bien documentado por unas 300.000 tablillas de arcilla, que hoy se atribuyen a los 'neosumerios'. No ignoramos la lengua caldea: no es otra que el 'sumerio'. La civilización de los caldeos, en definitiva, no se ha perdido.

6.- y 11.- A partir de 540 a.C. Los Persas
Sería imposible pensar que los persas no hayan dejado ninguna constancia arqueológica de su dominio sobre Mesopotamia. Desde luego que la dejaron... pero los múltiples hallazgos fueron asignados a un misterioso reino amorrita. No faltan tampoco ciudades ni palacios persas. La estela con el código de Hamurabi es la misma que menciona Darío I, ya que los dos reyes son idénticos. Lo mismo vale para sus hazañas guerreras.

12.- A partir de 330 a.C. Los Seleúcidas
No puede extrañar que todavía se siga utilizando el idioma 'sumerio' ya que no se trata de una lengua muerta sino perfectamente viva, vehículo de comunicación de los caldeos que acaban de ser sometidos por los seleúcidas.

13.- A partir de 250 a.C. Los Partos
Tampoco aquí nos puede extrañar ya el uso continuado del idioma sumerio-caldeo.


VII.- Conclusiones

Como vemos, la secuencia de las culturas mesopotámicas no es un producto arbitrario de la fantasía de unos investigadores de mente confusa sino la consecuencia estrictamente lógica de un primer fallo, el de aceptar la fecha bíblica de Abrahán como base de la cronología.

Al corregir la historia de Mesopotamia debemos revisar igualmente la de los territorios vecinos. Las culturas israelita y canaanita, por ejemplo, no son más jóvenes ni más antiguas que la caldea. Esta conclusión se ve corroborada por la estratigrafía documentada en varias excavaciones de Palestina.

El reino de Mitani, desconocido en la Antigüedad, se identifica como el imperio de los medos, cuyos vestigios se siguen buscando hasta hoy.

El hecho de que Asur en su época antigua - fechada erróneamente a principios del II milenio - se extendía hasta Capadocia y el Mar Negro ya no puede sorprender, ya que se trata del siglo VIII y VII a.C. Consecuencias similares se dan para el reino de los hititas.

No puede extrañar que encontremos a grupos arios e indoeuropeos como adversarios de los acadios, ya que no estamos en el III milenio sino en el siglo VII.

En Egipto apenas hay estratigrafías profundas. Ha causado mucha confusión un hecho inicialmente inexplicable: el de encontrar objetos artísticos, esculturas y estatuillas del Imperio Antiguo - es decir, del III milenio - que prácticamente no se pueden distinguir de otros pertenecientes al siglo VII a.C. Ya hemos mencionado más arriba que también las pirámides se construyeron en la Edad de Hierro, tal y como relata Herodoto.

Este modelo histórico también nos permite identificar a los hiksos, considerados un enigma hasta hoy. Se trata de soberanos extranjeros que sometieron el valle del Nilo procedentes seguramente de Asia. Ahora bien, hay otro episodio de dependencia política en la historia egipcia: la época de los sargónidas que conquistaron el país en el siglo VIII a.C. Nunca se mencionan en las fuentes egipcias, lo que resulta bastante insólito. Ahora es fácil reconocer en los hiksos, que reinaron durante 108 años, a los reyes asirios y su dominio sobre Egipto que se calcula en 109 años.

Es evidente que también se deberá cambiar la cronología de la antigua Grecia, ya que depende íntegramente de la cretense y la anatólica. Éstas, a su vez, se fecharon por comparación con las culturas egipcia y mesopotámica. En enigma de los ajiwaya, pueblo mencionado en algunas inscripciones hititas, se soluciona así, ya que no es nada raro encontrar el nombre de los aqueos en el siglo VII a.C. Y es ésta época la que corresponde realmente a los hititas.

Como toda la cronología de Europa se ha elaborado de acuerdo a la griega, deberemos revisar también las fechas asignadas a las culturas históricas y prehistóricas de Italia, Malta, la Península Ibérica y el resto del continente. Muchos problemas se resolverán sin tardanza cuando desaparezcan los espacios vacíos introducidos en la Historia para mantener una cronología que sólo se basaba en algunas tradiciones israelitas.

Cádiz 1994

 

 

 
 
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