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ECOLOGÍA > EL MOVIMIENTO AMBIENTALISTA

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El movimiento ambientalista (y la destrucción del continente africano)

por Ibn Asad
Capítulo 5 extraido de La Danza Final de Kali

Avisamos de antemano que la lectura de este capítulo generará en muchas personas resistencias de pensamiento, rechazos mentales, incredulidades. Estas reacciones resultan inevitables cuando se aborda el aspecto del dogma mejor blindado del Nuevo Orden Mundial: el ambientalismo. No utilizamos la palabra “dogma” gratuitamente; la estructura de la doctrina ambientalista (o como se le llama actualmente, la conciencia ecológica”) tiene importantes puntos en común con la creencia religiosa. Algunos lugares comunes entre la una y la otra serían una moral basada en los preceptos revelados por una clase sacerdotal (en este caso, la casta sacerdotal estaría representada por parte de la comunidad científica), la culpabilización in illo tempore del hombre como ser vivo (el “pecado original” del hombre moderno sería vivir, comer y respirar, y por lo tanto, deteriorar el medioambiente), y la única “redención” posible será tras la obediencia ciega a los códigos de conducta impuestos por las autoridades que han anunciado el castigo del “infierno” medioambiental. Estos paralelismos entre el movimiento ambientalista y la religión política no resultan coincidencias: ambos resultan ser instrumentos de control de la población en manos de una misma élite gobernante. No nos tiembla la voz al afirmar esto, y esta seguridad se entenderá con la lectura de este capítulo. Ni tenemos autoridad ni vamos a polemizar sobre cuáles problemas medioambientales son reales (muchos) y cuáles son burdas mentiras (también otros cuántos). Lo que aquí nos ocupa es tomar conciencia de que todos ellos son piezas de la dialéctica hegeliana que permite ofrecer la solución al mismo sujeto que crea el problema. Un mismo sistema político y económico se manifiesta como insostenible, y en vez de cuestionar el sistema en sí mismo, se desarrolla toda una “ciencia” para prolongar esa “insostenibilidad” manteniendo el objetivo único de dicho sistema: el crecimiento económico constante. Este doublethink orwelliano es lo que se ha dado en llamar “crecimiento sostenible”. Y con esa esquizofrenia de pensamiento, toda una generación ha sido adoctrinada en la llamada “conciencia ecológica” sin poder cuestionarse ni el origen ni el trasfondo de dicha conciencia. Así, a finales de la primera década del S. XXI, el ambientalismo es una hiedra de tantas cabezas, que resulta arriesgado escribir un capítulo como este (y aún más arriesgado, leerlo). Por ello, nos centraremos en dar una rigurosa síntesis de sus orígenes, y después introducir a una de sus horrendas máscaras.
Para empezar, queremos subrayar que no vamos a atacar aquí a las personas comunes particulares involucradas en asuntos medioambientales. Nos consta que en ellas nada hay de “malvado”. De la misma manera, tampoco creemos que en ellas tenga que haber algo de “bondadoso”: simplemente son seres humanos que se están ganando la vida dentro de un sistema que exige sumisión de pensamiento y acatamiento ciego a la tiranía científica. El ambientalismo generó una serie de estudios, profesiones, trabajos, docencias, funcionariado y voluntariado que no está entre nuestros objetivos atacar siempre y cuando repriman su proselitismo, asuman su origen, y reconozcan el interés al que sirven. Nos parece legítimo que las personas se busquen la vida, y fuera de esta ansia de prosperidad individual de unos, y fuera de la candidez de criterio de otros, la “preocupación medioambiental” se reduce a un natural deseo que compartimos todos: vivir en un entorno habitable. Sin embargo, este deseo natural del ser humano, hace tiempo que está manipulado e institucionalizado por un “movimiento”. Si formamos parte de un movimiento y no sabemos quién nos mueve, hay dos posibilidades: o nos mueve la inercia, o nos mueve alguien que quiere que no sepamos quién es. El siguiente apartado dará algunos datos al respecto.

El origen del “Movimiento Ambientalista”
Ya señalamos en el Capítulo 3 la vergonzosa dispersión de la comunidad científica vinculada al nazismo tras la Segunda Guerra Mundial. Resulta importante insistir en este punto para comprender lo que vendrá después: en una “guerra mundial” (o a fin de cuentas, “europea”) fue necesario dividir las fuerzas destructivas en dos bloques que dieran pie a una contienda de semejantes proporciones. Al finalizar la guerra con la “victoria” de uno de los bloques, el bloque “perdedor” tuvo que ejercer de chivo expiatorio del vergonzoso y obvio resultado de la guerra: la devastación de Europa como nunca antes conocida. La lectura histórica oficial de una guerra siempre es la misma, y la Segunda Guerra Mundial no fue una excepción: los “ganadores” de la guerra (en este caso, los aliados) vencieron heroicamente y salvaron al mundo de la amenaza de una fuerza malvada (en este caso, el nazismo). Sin embargo, ambos (aliados y nazis) practicaron genocidio, los dos bandos (aliados y nazis) desarrollaron planes de eugenesia, sendos contendientes (aliados y nazis) masacraron y bombardearon civiles brutalmente, experimentaron con nuevas armas, desarrollaron planes de destrucción masiva. Ambos hicieron lo mismo porque ambos eran una misma fuerza polarizada: la locura elitista europea usando la nueva tecnología desarrollada por una comunidad científica que trabaja indiscriminadamente con un bando y con el otro. Así, resulta fácil de entender que antes y después de los teatrales juicios de Nuremberg en 1945, numerosos científicos del Tercer Reich, investigadores militares y altos oficiales nazis fueron “exiliados” a Estados Unidos, Brasil, Argentina, Chile y otros, con
cambio de nombre y pasaporte suizo o del Vaticano. Si esto ocurrió con los artífices científicos y materiales del nazismo, ¿qué ocurrió con las casas reales, la nobleza europea filonazi y los grupos financieros que apoyaron, sufragaron e hicieron posible el nazismo? No ocurrió nada: permanecen hasta hoy en sus casas, y actualmente asisten a fiestas de la jet-set y reciben el cariño de sus súbditos. Simplemente, algunos cambiaron su nombre, otros se vincularon con nobleza de países aliados, y otros se lanzaron a nuevas aventuras políticas. Este es el contexto previo que debemos conocer para acercarnos a la siguiente figura. El primero conde y después príncipe Bernhard de Lippe-Biesterfeld, nace como alemán en Jena en 1911, recibiendo la clásica formación elitista de nobleza europea. Nacido y educado para establecer lazos sanguíneos con la casa de Orange, a Bernhard se le permite mostrar públicamente su filiación juvenil nazi, entre otras a NSDAP. A fin de cuentas, toda la casa Lippe-Biesterfeld era filonazi (su hermano Aschwin era un alto cargo en las SS), así como todas las líneas secundarias de la familia. Bernhard llega a introducirse en Reiters SS, y trabaja activamente en IG Farben, gigante químico alemán involucrado en la industria bélica (Se hablará de ellos en el Capítulo 10). Cumpliendo con su noble deber, Bernhard se casa con la princesa Juliana de Holanda, y justo al comenzar la guerra, se exilia en Inglaterra bajo protección del brazo británico del mismo linaje, los Windsor. Allí, continúa su formación militar de élite, se introduce en los servicios de inteligencia británicos, y establece relación con quien va a ser su compañero de proyectos futuros, Philip Mountbatten, el futuro duque de Edimburgo y consorte de Elizabeth II. Tras la guerra, regresa a Holanda con la fachada de “héroe de guerra”, y es nombrado comandante de las fuerzas armadas holandesas. En 1954, El príncipe Bernhard funda el grupo secreto Bilderberg (secreto, por entonces); y en 1961 con la colaboración de algunos invitados Bilderberg (entre ellos, el príncipe Philip), funda el Fondo Mundial Vida Salvaje, renombrado después con las siglas WWF. Así, el príncipe Bernhard de Lippe-Biesterfeld, brazo holandés de la nobleza negra europea, experimentado asesino de guerra, y miembro de fuerzas militares de élite (nazis primero, inglesas y holandesas después) funda la primera institución ambientalista con la ayuda de presencia de instituciones de la corona británica, servicios de inteligencia europeos, y grandes corporaciones ligadas a la industria bélica.
Resulta constatado que el movimiento ambientalista comienza ahí, pero ¿con qué objetivo? Basta echar un vistazo a la posterior lista de miembros selectos del WWF, el llamado Club 1001, para señalar los tres lugares comunes de su membresía: nobleza europea, servicios de inteligencia y grandes grupos corporativos (principalmente, bancarios, armamentísticos y químicos). Algunos de estos distinguidos “amantes de la naturaleza” son: El propio Principe Philip (Duque de Edimburgo, supremo representante masculino de la casa Windsor, capitán general de la marina británica. Aficionado no sólo a despedazar zorros con sus perros en su reino, sino aficionado también a la caza furtiva de elefantes y otros animales en India y Nepal, tal y como registró John Philipson), Conrad Black (Miembro asiduo de Bilderberg y cabeza del imperio de massmedia, Hollinger, creado por su padre, el agente del MI5, George Black), Príncipe Johannes Von Thurn und Taxis (aristócrata europeo bajo influencia de la esfera Rothschild, hijo de Max Von Thurn und Taxis, fundador de la Allgemeine SS de Hitler), Tibor Rosenbaum (agente del Mossad y dueño del BCI, banque du credit internacionelle, basado en Ginebra, denunciado por Life como lavadora de dinero negro de diferentes mafias involucradas en tráfico de armas y narcotráfico), Mayor Louis Mortimer Bloomfield (militar miembro del MI6 que encabezó la operación Permindex), Sir Francis de Guingand (Ex militar británico, ex cabeza de los servicios de inteligencia británicos, con título de sir y “licencia para matar” expedida por su majestad la reina), Don Juan Carlos de Borbón (descendiente de Felipe de Anjou, rama francesa vinculada sanguíneamente a la casa Saxe-Coburg. Recibió formación militar de élite y actualmente es capitán general del ejército español y rey de España junto a su consorte, la Reina Sofía, miembro registrado de reuniones Bilderberg), Dr. Luc Hoffman (director de la corporación farmaceútica Hoffman-Le Roche; involucrado personalmente en el desarrollo de drogas psicotrópicas y en la investigación farmaceútica psiquiátrica), John H. Loundon (Presidente de Shell Oil hasta 1976, y después ejecutivo vitalicio de Royal Dutch Shell)… Esta infame lista continúa, pero no es necesario seguir para darse cuenta de que en estos personajes el amor por la vida animal (o cualquier tipo de vida) no está entre sus prioridades. ¿Qué es lo que comparten todos estos sujetos además de un siniestro concepto de la “vida animal”? Todos ellos poseen, representan y defienden corporaciones involucradas en la explotación de los recursos de
antiguas colonias europeas, a través de la instauración de un nuevo régimen imperial que permite el absoluto control económico de estados supuestamente soberanos. (Este régimen será explicado en el segundo apartado de este capítulo) Resumiendo: ¿Por qué los fundadores y miembros selectos del WWF son nobleza, militares y financieros relacionados con los intereses políticos y económicos de grupos de poder europeos extendidos en todo el mundo?

Respuesta sencilla:
porque el WWF tiene como único interés defender la política y la economía de los grupos de poder europeos extendidos en todo el mundo. Es así de simple, e incluso el nombre World Wild Life Found no nos llevaría a engaño si con el entendemos que se trata de un fondo económico que ayuda a imponer el salvajismo en todo el mundo. Ya desde su fundación, el WWF tuvo el apoyo de instituciones de la corona británica relacionados con la política colonial. Una de esas instituciones ligada al WWF es la Sociedad Geográfica Real, la cual patrocinó las expediciones coloniales de David Livingstone, y estaba formada por miembros de la calaña del científico Sir Francis Galton (sí, sí, el padre de la eugenesia y la biometría racial que aparece en el Capítulo 3). Otra institución real vinculada al WWF es la Sociedad Zoológica de Londres, fundada por el ridículo virrey de la India, Sir Stamford Raffles, y de la cual, el propio príncipe Philip fue presidente. Así, mientras estas instituciones aseguraban la presencia de fuerzas imperiales en áreas estratégicas, la población europea y estadounidense comenzó a ser adoctrinada en el ambientalismo como una doctrina salvacionista dentro del materialismo, vinculada siempre a teorías neomalthusianas y profecías catastrofistas más o menos científicas. Y así, muchos miembros del WWF y de instituciones vinculadas al ambientalismo fundaron en 1968 el elitista Club de Roma, un siniestro club privado que tiene como uno de sus objetivos “trabajar para la investigación y solución de los problemas medioambientales”. A través de la membresía de WWF y de dos de los fundadores del Club de Roma, Maurice Strong y Alexander King, se puede seguir el rastro de la posterior fundación de innumerables instituciones como Sierra Club, Tierra Primero, Greenpeace, Amigos de la Tierra… y muchas otras. De hecho, fue Strong el director de la primera Oficina del Medioambiente para la ONU, y la cabeza visible de la Cumbre de la Tierra en Rio de Janeiro en 1992. Mientras tanto, durante las dos últimas décadas del S. XX, las generaciones más jóvenes literalmente “mamaron” el credo ecológico sin poder cuestionarse ni el origen ni el objeto de dicho credo, como una nueva pseudo-religión de salvación. Tan profundamente se enraizaron los “valores medioambientales” en la población, que escandalosas noticias que delataban la actividades criminales de instituciones ambientales como el Proyecto Lock, el Proyecto Stronghold y la participación del WWF en el tráfico de marfil (denunciado por el periodista Kevin Dowling), pasaron desapercibidas.
Tampoco se dio ninguna voz de alarma al comprobar que cuanto más se desarrollaba el “movimiento ambientalista”, más y más problemas medioambientales aparecían, y que mientras políticos y hombres de estado comenzaban a hablar de “ecología y medioambiente”, el deterioro ambiental seguía acelerándose sin que nada ni nadie consiguiera tan siquiera frenarlo mínimamente. Esta farsa se mantiene hasta el día de hoy a través de una enmarañada red de mentiras.
Pero vamos a centrarnos aquí en uno de los aspectos del problema; quizá uno de los más importantes: la colaboración del movimiento ambientalista en la destrucción de la manifestación humana, y muy especialmente, en el continente africano. Por ello, vamos a quedarnos con el ya presentado WWF, el cual además de ser la institución fundacional del movimiento ambientalista, es la organización ecologista más presente en África, y muy especialmente, en sus reservas y parques naturales. Ofreceremos una serie de datos al respecto en el siguiente apartado.

La destrucción del continente africano
Los imperios modernos europeos son la fuerza política más poderosa, salvaje y devastadora que jamás el ser humano haya conocido. La razón por la que decimos esto en presente es lo que les ha dado semejante poder: el paso de la explotación colonial mundial a un sistema de dependencia económica absoluto a través de corporaciones transnacionales que explotan los recursos y las poblaciones de las antiguas colonias. Estos imperios europeos han sabido prolongar su dominio y aumentar su poder sobre todo el mundo, con transformaciones políticas, sociales y económicas que se amoldan a la ordenación que ellos mismos van trazando a través de una agenda. El máximo exponente de estos imperios es el imperio británico; sin embargo, cuando se estudian los linajes, familias y casas que conforman estas fuerzas, se comprende que nada de esto tiene relación con pueblos, naciones o estados. Es por ello por lo que -con toda propiedad- se puede hablar de un único imperio europeo (no estrictamente localizado en Europa) con un único interés, una única fuerza, un único espíritu: la infrahumanidad. Adquirido este dominio por esta única fuerza imperial, el poder absoluto está al alcance de su mano, siempre y cuando reciban el consentimiento explícito de sus súbditos. En ese crucial momento es en el que nos encontramos hoy: abrir los ojos o vivir engañados, desmantelar la red de mentiras o agonizar en la sumisión, responder “no” o decir “adelante, matadnos”.
En el caso particular de África, el proceso de parasitar y devastar el continente siguió tres etapas fácilmente distinguibles que aquí señalamos. En primer lugar, se invadió el continente y se establecieron “colonias” gobernadas por hombres de confianza de las diferentes coronas y repúblicas europeas. En 1885, todo el
continente africano ya estaba repartido como si fuera un pastel entre los diferentes estados europeos (Reino Unido, Francia, Bélgica, Holanda, Alemania, España, Portugal, Italia…) A finales del S. XIX, el imperio inglés se mostraba como el máximo poder controlador del continente. La segunda etapa del plan imperial sobre África fue realizar la transición de un gobierno colonial a un gobierno financiero vía presidentes títeres y corruptos que inauguraban soberanías nacionales ajenas a diferencias culturales y étnicas, territorialmente delimitadas al capricho con tiralíneas. Así, por poner un ejemplo, Rhodesia (nombre puesto en honor de Cecil Rhodes), pasó a llamarse Zimbawe, se cambió el color de la piel del presidente, del blanco Ian Smith se pasó al títere negro Mugabe, y a eso le llamaron “independencia”. Las grandes corporaciones mineras, petroleras, químicas, farmaceúticas, textiles… (inversiones y posesiones de las mismas élites europeas ya referidas) se establecieron en estos nuevos estados gobernados por auténticos peleles sin escrúpulos que ofrecen una política fiscal a medida de los intereses europeos. Todas las corporaciones más presentes en las explotaciones del continente africano están relacionadas directamente con las casas reales europeas y grandes grupos bancarios angloamericanos: Riotinto, N.M. Rothschild, Angloamerican, Monsanto, Minorco, De Beers, ICI, Unilever, Barclays, Shell, Lonrho… Sólo esta última, Lonrho (nombre acróstico de Londres y Rhodes) posee (en el momento que escribimos el libro) 636 filiares dispersadas en todos (subrayamos: todos) los países africanos, siendo el mayor productor de comida industrializada en África, el mayor productor de tejidos, y el mayor distribuidor de vehículos. Después del control financiero, la destrucción del continente africano requiere una tercera fase. Como tercera etapa del proceso, la fuerza imperial europea trabaja para hacer de África un continuo baño de sangre que garantice que jamás pueda emerger un pueblo mínimamente íntegro y sano. Los diversos pueblos africanos son continuamente machacados a través de todas las formas posibles de violencia, para mantenerlos en el trauma, la locura social y la indigencia. (Algo veremos sobre este sistema en el Capítulo 11) Todo este infierno hace que los estados africanos dependientes financieramente y rotos socialmente, se endeuden de tal forma, que la deuda sólo sea “perdonada” a cambio del derecho a explotación de los recursos del país. ¿Quién explota esos recursos? De nuevo las mismas corporaciones europeas ya citadas. ¿Y qué papel juega en todo esto el movimiento ambientalista? La última etapa que culmina el proceso de destrucción requiere algo para llevarse a cabo. La fuerza imperial aún poseyendo un control financiero absoluto, requiere una presencia logística, un control territorial, una fuerza militar en el mismo continente africano. Si oficialmente una nación extranjera no puede operar libremente dentro de un estado soberano, se crea un organismo supranacional (La ONU) que podrá hacer y deshacer a su antojo. Si oficialmente un ejército europeo no puede tener presencia en un estado africano independiente, se creará un ejército de “cascos azules” nutrido de esos mismos ejércitos europeos. Si oficialmente un organismo gubernamental europeo no puede controlar territorialmente el continente, el Establishment se sacará de la manga una serie de incontables Organizaciones No-Gubernamentales y plataformas de la ONU (UNICEF, OMS, UNESCO…) que se encargarán de ello. Ahí es donde entra en acción el movimiento ambientalista, tal y como explicamos a continuación. Un 8% de todo el continente africano son parques, reservas y espacios protegidos en nombre de la conservación medioambiental. Un 8% del territorio africano supone un área de la extensión equivalente a tres penínsulas ibéricas. Este territorio nada despreciable es administrado y controlado por plataformas medioambientales de la ONU y organismos como WWF. Muchos de esos parques están ubicados en fronteras estatales y lugares geoestratégicos que interesan como plataformas de las actividades de ejércitos, guerrillas, tráfico de armas, drogas y caza furtiva. Así, a través del control estratégico de estos parques y reservas, la llamada “comunidad internacional” (es decir, la única fuerza imperial de la que ya hemos hablado) no sólo controlan los flujos migratorios y movimientos de refugiados, sino que controlan los movimientos de las milicias que generan los periódicos conflictos bélicos tan útiles y rentables para sus intereses. Es decir, en otras palabras: los parques y reservas controlados por organismos Ambientales no sólo ejercen de “valla” para la población, que hace que las “ovejas” no se salgan de su rebaño, sino que también sirve para que los “lobos” se entrenen, se armen y se muevan a su antojo antes de atacar a sus presas. ¿Cuál es la misión ambientalista en África? El control territorial de las áreas interfronterizas más estratégicas. Para ilustrar este hecho, tendríamos varios ejemplos, siendo el de Ruanda, uno de los más tristes y vergonzosos.
Más del 20% de Ruanda son parques y reservas medioambientales, y gran parte de esos cotos se encuentran en la frontera con Uganda y República Democrática del Congo (el antiguo Zaire). No vamos a introducir aquí el contexto histórico del conflicto étnico de la zona, siempre bajo gestión repugnante de las fuerzas coloniales europeas. En ese contexto de continuo conflicto, el RPF (Frente Patriótico Ruandés) se armó en Uganda e invadió Ruanda en 1990. El RPF estaba formado por miembros del Ejército de Resistencia Nacional de Museveni en Uganda. Ambos ejércitos fueron financiados y armados por el programa IMET del ejército británico y norteamericano, y todo su armamento de asalto era de fabricación israelí. Uganda era (y es aún hoy) un estado fantoche bajo control de la corona británica y los servicios de inteligencia angloamericanos. Esta invasión en 1990 llevada a cabo por el RPF se llevó a cabo por el Parque Gorilla, el Parque Akagera y el Parque Volcanes, todos ellos pasos fronterizos donde se realizaban (y realizan) programas de protección del gorila administrados por el WWF. Esa invasión sólo fue la antesala de los lamentables episodios de 1994. Mientras Ruanda estaba gobernada por el hutu Habyarimana, el ejército ruandés era armado y financiado por la inteligencia francesa (tal y como exponen Joan Casoliva y Joan Carrero en su valiente obra "El África de los grandes lagos"); mientras tanto el RPF volvía a ser armado y entrenado en Uganda por fuerzas ugandesa-británico-norteamericanas. Mientras se armaban los dos bandos con fondos de ayuda internacional (tal y como expuso con coraje la británica Linda Melveru), el diplomático norteamericano Henry Kissinger visitó la zona a finales de 1993 en “misión diplomática”. Nadie sabe qué diablos hizo este infrahumano personaje, pero meses después de su visita, Ruanda sería escenario de los genocidios más salvajes y rápidos de los que se tienen registro. El RPF volvió a avanzar sobre Ruanda a través del parque natural Akagera, administrado por WWF. Las milicias hutu comenzaron a arengar a la matanza a través de la Radio Televisión Libre de las Mil Colonias. Tras el asesinato de Habyarimana, comenzaron las absurdas salvajadas indiscriminadas en las que la mayoría de tutsis (pero también incontables hutus) fueron torturados y asesinados. A tal absurdo se llegó, que –tal y como testimonió Marcel Gerin- las tropas hutus Interhamwes y las tropas FRP tutsis estaban mezcladas entre si, llenas de mercenarios ugandeses a sueldo. Por supuesto, nada de lo que allí sucedió tuvo sentido; pero sí que están constatados unos datos significativos: tanto Interhamwes como FRP usaban las mismas armas de fuego, principalmente el rifle de asalto Ak-47; tanto Interhamwes como FRP fueron vistos consumiendo el mismo tipo de droga, crack, sustancia imposible de conseguir en la zona a no ser que existiera un dealer al por mayor con contactos transnacionales; tanto Interhamwes como FRP se sirvieron (unos en la huida y otros en la invasión) de los parques naturales administrados por plataformas medioambientales de la ONU y el WWF. El resultado de todo esto fue el genocidio de más de 800.000 personas en poco más de tres meses, la violación sistemática de todas las mujeres tutsis (y muchísimas hutus), y el trauma y mutilación psíquica de toda una generación incapacitada para toda su vida y la de varias generaciones siguientes. Las sociedades europeas quedaron temporalmente conmocionadas, cuestionando la utilidad de las tropas de la ONU, y preguntándose retóricamente “cómo todo eso era posible”. Fue posible porque alguna fuerza lo hizo posible, y de la misma forma, la ONU no resulta inútil si se discierne para qué y para quién resulta útil.
La hipocresía europea se preguntaba “por qué los cascos azules no estaban cuando comenzaron las matanzas”, en vez de cuestionarse por qué estaban allí los cascos azules durante todos los años anteriores a las matanzas. Las tropas del UNAMIR huyeron como ratas ante un naufragio. En un conflicto en el que murieron 800.000 personas, un contingente de 2539 soldados tuvo 10 bajas: un verdadero éxito. Actualmente, Ruanda (como todos los países de la zona) tiene presencia de tropas de la ONU. Además, Ruanda tiene hoy (ya lo tenía en 1994) un gran potencial mineral (especialmente, oro) que ya está siendo explotado por corporaciones mineras europeas (también en Tanzania, en Uganda, en Burundi…). Por supuesto, la WWF continúa con sus planes de protección del gorila en los parques naturales que ya hemos nombrado; actualmente, numerosos turistas europeos visitan estos parques para fotografiar animales y tener una experiencia de naturaleza y aventura.
En este capítulo hemos expuesto una breve síntesis sobre el origen del movimiento ambientalista, además de dar algunas generalidades sobre uno de los aspectos del problema que –a nuestro parecer- consideramos importante, a saber, la destrucción del continente africano. Esperemos sea suficiente para inspirar en el lector una investigación crítica del “movimiento ambientalista”. El “ambientalismo” resulta ser –ya se dijo al principio del capítulo- el “dogma” central de la “doctrina luciferina” tal y como está siendo presentada en estos momentos. Sabemos que dedicarle un capítulo al “ambientalismo” en un libro que expone el triunfo del proyecto de la infrahumanidad resulta escaso. Sin embargo, la síntesis que este libro busca, requiere que así sea, y nosotros no podemos sino alentar al lector a una investigación personal en esta dirección.
Nos adelantamos a las críticas que –nos consta- recibiremos de lectores ambientalistas que dirán que “atacamos al todo a través de una parte”. En este artículo no hemos abordado una “parte” del ambientalismo, sino su origen, fundación y núcleo actual. El movimiento ambientalista “total” del que hablarán nuestros críticos no es el “todo”, sino el “resto” del problema que aquí exponemos. Este resto o no sabe esta información, o no quiere saber, o prefiere mantener la ingenuidad necesaria para mantener su empleo y cierta cordura. El ambientalismo es la coartada de numerosas vilezas que se han cometido, se están cometiendo y se cometerán presumiblemente en el futuro inmediato. Todo lo que el Nuevo Orden Mundial no perpetúa a cara descubierta en nombre del dios masculino, bélico y patriarcal del poder militar, lo lleva a cabo encubriéndolo pérfidamente bajo protección de una supuesta “Madre Naturaleza”. Esta “Madre Naturaleza” invocada por ambientalistas cada vez que tienen ocasión, no es sino la inversión moderna, bastarda e inframaterial de una parodia del principio femenino primordial. Alertamos de que esta desautorizada “Madre Naturaleza” se va a pronunciar y escuchar cada día con más frecuencia y bajo pretexto de los más absurdos conceptos. Esta idea moderna de “naturaleza” es la inversión simbólica clave para comprender y desvelar la farsa ambientalista, así como la estrecha relación de esta inversión con los eufemismos político-periodísticos de “madre”, “tierra” y “mujer”. De hecho, este capítulo será completado con el siguiente, que profundizará en el lenguaje simbólico inverso del que se sirve el “movimiento ambientalista”. A fin de cuentas, el ambientalismo -como cualquier otro movimiento moderno inventado por y para perpetuación del Establishment- se sirve de la inversión del lenguaje para expresar su cobardía, su mentira, su error.

 

 

 
 
 
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