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El Buen Jinete

por Nieve Andrea
en viajeracosmica.blogspot.com

Se ha hablado mucho del Ego, pero… ¿qué es realmente esta entidad? Hay quienes ven un monstruo terrible al que hay que matar, y se gastan la vida persiguiéndolo a golpe de lanza… o de mantra. Otros se han dejado engatusar por él, un hábil prestidigitador que les promete la felicidad eterna a cambio de una total sumisión… y por supuesto jamás cumple su palabra. Otros aseguran haber acabado con su Ego hace siglos; lo que no saben es que sigue escondido tras sus propios ojos; los demás lo ven, pero ellos no, y así surge la discordancia.
La única verdad es que esa entidad “tan terrible”, es parte de sí mismos, y precisamente al separarse de ella “para ser libres”, dejan de vivir sus propias vidas, guiados por un falso YO, con el que se identifican, y que les hace creer que las decisiones que toman son realmente suyas… Pero este falso YO controlador, contra lo que se cree, sólo puede existir cuando el Ego ocupa un lugar que no es el suyo.
La vida es en el fondo un teatro -en el buen sentido-, y todo ser existente necesita un “personaje” para salir al escenario. Una nueva entidad que surge del UNO, una gota de Luz (la Esencia), necesita una forma concreta para manifestarse en este plano… así sucede la Creación a cada instante… Esa forma concreta, y no otra cosa, es el Ego natural, o mejor dicho el complejo EgoMenteCuerpo: una herramienta completa, todo lo sofisticada que uno quiera, pero una herramienta al fin y al cabo, y por lo tanto siempre al servicio de la Conciencia. No deberíamos darle a este Ego sano y natural, el puesto equivocado en el trabajo de la Existencia, sabiendo que ser VEHÍCULO para la gota de Luz es lo que le realiza, lo que hará felices a ambos.
Si un día intentásemos pensar con los pies y andar con el cerebro, ninguno de los dos se beneficiaría en absoluto, y además moriríamos en cuestión de segundos…

Para verlo más claro, imaginemos que un jinete enfurecido persigue a su caballo intentando matarlo porque está mal domado, “le pesa” y “le confunde”. ¿Tendría sentido? Ahora imaginemos otro jinete cuya cabalgadura se hizo su jefe y le ordena llevarlo a cuestas día y noche… ahora es él quien persigue la zanahoria… qué cansado… Pero aún hay más: allá lejos se ve otro jinete con unas gafas que sólo le permiten ver lo que hay a su misma altura, de forma que no ve al caballo que lleva debajo, y por tanto va por la vida engañándose y creyendo que es él quien anda, mientras el animal se ríe de él y lo vuelve loco…
(Por supuesto, estos animales no son en absoluto traidores como lo sería un ego malcriado, sino todo lo contrario, por eso aclaro que en este artículo voy a usar al caballo como el símbolo tradicional en la mente humana, y no como el animal en sí… los équidos me perdonen…)
El mundo está en realidad lleno de estos jinetes, y todos sufren infinitamente en la ignorancia: ven al enemigo donde sólo hay una herramienta maravillosa que el UNO les dio para su comodidad…
De pronto, aparece en la escena un jinete sonriente, sobre un caballo sin riendas ni silla, y ni siquiera intenta que el animal le obedezca, sólo le habla en susurros… ¡y su montura hace todo lo que él le dice!
Los demás jinetes le miran de reojo con envidia, y también lo hacen sus propios caballos, relinchando entre dientes. Espoleando unos, y dando coces y mordiscos los otros, se revuelven, ante la sonrisa del recién llegado y la mirada pacífica y confiada de su corcel, que no comprende qué hacen aquellos congéneres suyos atados hasta los dientes, torturados, y en guerra con sus guías...
En cambio, el jinete sonriente sí que lo entiende -su caballo no lo recuerda ya, pues el cariño todo lo lavó-: hace mucho tiempo, también él peleaba con su cabalgadura, hasta que Alguien puso un espejo en su camino, y al verse como un feo y creído dictador, se avergonzó y cambió su actitud. Comprendió entonces que el corcel era un regalo casi divino, y se sintió agradecido. Le pidió perdón, le quitó todas las ataduras y le curó las heridas. Después lo llevó a un prado, le dio agua, y cuando estuvo más tranquilo, se fue acercando a él, de frente, sin engaños, sin trucos. Al principio el caballo intentaba morderle, daba coces al aire y salía corriendo, mirándole de reojo y relinchando nervioso. El jinete suspiraba entonces, regresando día tras día a su puesto, en una esquina del prado.
Empezó a llevarle golosinas y las dejaba cerca; a veces el caballo se acercaba a comerlas, pero en cuanto estiraba la mano para tocarlo, huía al galope, resoplando. Todo parecía apuntar a que nunca volvería a montar en su corcel; ahora el animal confiaba en él aún menos que antes. Pero aquello no había sido confianza, sino que, como el caballo había temido al hambre y a los depredadores, había preferido soportar su tortura para sobrevivir. Pero ahora estaba en un prado, a sus anchas, comiendo todo lo que quería, y sin ningún peligro a la vista; sin ningún plan de abandonar su paraíso personal. En algunos momentos, el jinete se arrepentía de haberlo dejado libre, porque ya no podía recuperarlo. Estuvo a punto a abandonarlo allí, pero algo le retuvo, diciéndole: “¿Y cómo vas a vivir en un mundo donde todos tienen un caballo y tú no? Serás un completo extraño, no entenderás nada, y al final morirás de aislamiento… y lo mismo le ocurrirá a tu corcel, que está solo al fin y al cabo…”.
Así que el jinete cultivó paciencia y constancia, y esperó durante días, meses, casi años, hasta ganarse la confianza y el cariño de su caballo; hasta que un buen día, éste se agachó para que subiese, entregándose a él comprendiendo que eran UNO. Emocionado, el jinete montó en su lomo, sintiendo lo mismo. En ese momento hubo una conexión muy especial: como no había ninguna barrera entre ellos –ninguna silla, ninguna espuela-, se convirtieron en una sola cosa… algo que casi recordaba a un centauro, y sin embargo, podía distinguirse qué era qué. El caballo, que se había visto a sí mismo, dejó el mando al jinete, la gota de Luz, que veía mejor desde allí arriba; y el jinete, que también había encontrado su sitio, dejó la fuerza terrenal al caballo, que dominaba el suelo bajo sus cascos. Sólo cuando la gota de Luz accedía al UNO, el caballo le esperaba por allí cerca, mientras su jinete caminaba por terrenos sólo accesibles a otro tipo de pies…

En el mundo ecuestre ha surgido una corriente de pensamiento que considera al animal como un ser inteligente y sensible; y apuesta por una forma de domar a los potros que no les cause dolor ni miedo: la llamada “doma racional”.
(Ninguna doma es justa, ya que todos los animales deben vivir libres y no para servir al humano (ni para ser devorados por él), pero al menos consigue que, quien desea ser amigo de un caballo, sea un verdadero amigo, y no un dictador sobre sus lomos).
Esta doma se basa en comprender la psicología del animal, sus reacciones, su lenguaje; se trata de “hablarle en su idioma”, dejar que él se acerque en lugar de perseguirlo, y hacerle ver que no somos un depredador sino uno de los suyos (supongo que funcionará mucho mejor si el domador es de verdad un no-depredador, es decir, 100% vegetariano…). La técnica incorpora algunos puntos de masaje que relajan totalmente a los potros, de forma que acaban tumbados en el suelo, y el “domador” puede incluso tenderse sobre ellos. Al final del proceso, el caballo confía plenamente en los humanos, y está abierto a nuevas instrucciones; generalmente empiezan a montarlos enseguida, enseñándoles “paso, trote, galope”, con señales de voz y jamás espuelas o fustas.

Un caballo que confía plenamente es un poderoso aliado; nunca un enemigo. Este sistema inspira algo más que una simple técnica de domesticación “menos cruel”: es la perfecta metáfora para aprender a domar nuestro propio “caballo”: el complejo EgoMenteCuerpo… pero principalmente el Ego, que posteriormente manejará a la Mente; el Cuerpo, por su parte, hará todo lo que la Mente le diga… Si se pretende controlar la Mente, el Ego reclamará su lugar… lo mismo hará la Mente si le quitamos su puesto dirigiendo el Cuerpo, y nos jugará malas pasadas… así que el trabajo de la gota de Luz (nosotros, jinetes), ha de ser siempre sobre el Ego, digámoslo así, “el alma del caballo”. Una vez que hagamos sinceramente las paces con él, todos los miembros del complejo “Ser Humano” ocuparán su lugar y no habrá lugar a traiciones por ninguna de las partes.

Como se puede deducir de todo esto, matar al Ego no es posible ni recomendable; y todo el problema con él se origina al confundir los papeles. Quienes dicen no tener Ego, dominan a su caballo con dolorosas espuelas, silla segura, bocado de espinas. Lo tienen tan maltratado y sometido, anulado, falsamente “controlado”, que mientras se mantiene la tensión y el dolor, el caballo no se desvía un milímetro, y creen que siempre será así. Pero maltratar sólo genera ira, y ésta se va acumulando hasta que, “inesperadamente”, ese ser “celestial” típico en el papel de santo, se despista por cualquier cosa, pierde el control que nunca tuvo, y se le desboca el caballo. Y claro, no es un desbocamiento corriente, sino lleno de rencor y odio por parte del animal… completamente incontrolable, y muy difícil de reparar.

Es el momento de darnos cuenta de que cada uno de nosotros es una Unidad completa y que, para que funcione, todas las partes han de estar en su sitio: la fuerza, la Conciencia, la Esencia (esa gota de Luz)… De la misma manera, todo ser viviente es parte de otra Unidad mucho mayor, pero en el fondo idéntica, por lo que también nosotros, como individuos, tenemos que encontrar nuestro sitio... ¿No merece la pena reflejarlo en nuestra vida? No hay que olvidar que los seres vivos somos la conexión entre el UNO y Madre Gaia, y al sintonizar jinete y caballo dentro de nosotros, creamos la corriente de la Vida.

Por último, y volviendo a nuestros hermanos équidos, que son también gotas de Luz con vehículo, y con el mismo deseo de libertad y felicidad que todo el mundo, diré que nuestro propio EgoMenteCuerpo es el único caballo que deberíamos domar y montar…

Nieve Andrea
Escritora
www.viajeracosmica.blogspot.com

 


 
 
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