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MÍSTICA > EL nº 7 "PRÍNCIPE DE LOS NÚMEROS

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Texto original:
Ramonet Riu

Enlace relacionado:
Reflexiones sobre los números

 

 

El nº7 "Príncipe de los números"

por Ramonet Riu

El firmamento fue el primero en ofrecer el misterioso número siete formando muchas constelaciones, tal como se presenta la de Orión. Otras menos famosas con siete puntos destacados de luz son : La Cruz del Sur, la Osa Menor, Casiopea, Andrómeda y Pegaso.

En la historia de la Humanidad se ha perseverado mucho en conceder el máximo simbolismo al número siete desde la más profunda antigüedad, por lo que no es extraño que los caballeros rosacruces europeos enterrasen a su fundador en una cripta con siete puertas, imitando el ritual iniciático egipcio. Según consta en el "Papiro de Leiden" del siglo I, se hacía en el santuario del dios Osiris, en Busiris (su otra cripta en Dendera fue segundona). Gracias a los masones de Estados Unidos, el fervor septario llegó hasta decorar la famosa "Estatua de la Libertad" de Nueva York, explicando que se simbolizaría otros tantos océanos y continentes del planeta Tierra.

Para el hinduismo, los siete chakras del cuerpo humano se corresponden con el ciclo cósmico, y las personas igual si nuestro calendario siguiese el ritmo natural de las "trece lunas". Nos beneficiaría interiormente, como demuestran la menstruación femenina, el ritmo de las mareas, etc.. Son los cuatro períodos de siete días del ciclo lunar, (siendo el mismo resultado de sumar del 1 al 7). Asimismo, otros tantos son los humores que segrega el cuerpo humano de su natural para desintoxicarse.

Al ser siete un número tan básico en las leyes fundamentales del universo, pronto se le consideró "Príncipe de los números", con repercusión posible sobre el mundo incorpóreo. Primero fue por los siete movimientos del cuerpo humano, de entre los cuales el más útil es poder girar sobre si mismo. Su poder espiritual justifica la ancestral creencia tibetana de que transcurren siete periodos de siete días entre la muerte y resurrección.

La explicación de tanta veneración se debe a que, a simple, vista la constelación de las Pleyades dictó el momento oportuno para la siembra y para la recolección, pues nuestros ancestros vivían de ello. De ahí vino la inspiración para asociar el siete a la Gran Madre-Tierra, pasando a simbolizar luego a las diosas mesopotámicas y seguir con la negra Isis egipcia y hasta la griega Diana. Los egipcios fueron maestros en crear dioses y su presentación de Isis fue fundamental porque logró que el dios Ra le revelase su verdadero nobre. Con tal secreto Isis le superó y el siete simbolizó a la Tierra a la cual salvó del caos. Isis fue la "Señora de los siete escorpiones", siendo siete las pruebas que los neófitos aspirantes a ser iniciados sacerdotes de Egipto, debían superar subiendo los siete peldaños de su trono a fin de conseguir la llave que les abrirían las siete puertas de la naturaleza. Consta así en el "Codo Real de Menfis", estructura septenaria que se dibujó con siete palmas, de cuatro dedos cada una, evocando los cuatro elementos que conocían (en Mesopotamia sólo le pintaban seis).

En Egipto, al estar convencidos -como los antiguos sumerios- de que cada período de siete años el cuerpo humano renueva todas sus células corporales, escribieron un libro con siete capítulos acerca de sus saberes esenciales, o principios básicos, llamado "Kibalión" el cual aún se sigue vendiendo bien en las librerías. La jerarquía de dioses egipcios se dividió en siete miembros (Apkallu) antidiluvianos. En Mesopotamia fueron otros tantos los jueces (Annunakis) emisarios del dios Anu, quienes habitaron siete ciudades de siete puertas y cada una con siete cerrojos. Los Anunakis/Neters traspasaron su poder a diez reyes humanos, y les dieron a conocer otras tantas maldiciones. En Mesopotamia, sin telescopios, ya se conocieron, los cuatro satélites de Júpiter y los siete de Saturno. Sus conocimientos se adaptaron en la mitología griega como si un despiadado dios se comiese a sus hijos, Los vomitó porque las lunas reaparecen tras el planeta Saturno pasado un tiempo. Los griegos inventaron incluso siete musas para favorecer las artes.

El sacerdote hebreo Esdras, desterrado en Babilonia, escribió allí los cinco primeros libros de la Biblia, prescribiendo rezar siete veces al día. Él ensalzó por escrito el valor del número siete hasta la saciedad, por lo cual en el libro Viejo Testamento se evoca muchas veces el número siete, desde las siete ciudades cananeas que los israelites debieron vencer para tener su Tierra Prometida, hasta los siete brazos del candelabro sagrado (Menorah), un símbolo que los romanos se llevaron del Templo de Salomón el año 70 de nuestra Era.

Sintetizaré la faceta matemática del"Príncipe de los números", remitiéndome a cuando, en el siglo XII, el científico Thribaut de Langres escribió que el 7 es un número virgen ("primo", pues no tiene ningún múltiplo inferior a 10), porque "no engendra ni es engendrado". Más atractivo fue el cariz humanista que le dio Filón de Alejandría (13 a.C.- 50 d.C.). En su libro titulado Hebdomana, estudió el Septen describiendo la evolución de la vida humana en periodos de siete años. Recogió el saber de los Gimnosofistas, cuya reflexión sobre la estructura inmortal del alma les impulsó a relacionarla con los números,...¡completamente desnudos de ropas!. Filón creyó en la repercusión del semos, o sebasmos, en el alma. Hoy somos herederos de aquel pasado, y por imposición de nuevos patrones de conducta social somos forjadores del futuro.

En Roma la inspiración griega sobre el siete se aceptó bien, porque la ciudad entonces era ubicada justo en el centro de siete colinas. Asimismo, creían haber tenido siete antiguos soberanos, quienes debieron de inspirar al apóstol Juan para escribir que Roma era: Un dragón de siete cabezas. Así y todo, allí tuvo luego su sede la Iglesia de Cristo. El número siete debía ser positivo, ya que en todo el "Nuevo Testamento" su espiritualidad quedó reafirmada. Así se lee que: pasaron siete generaciones entre el rey David y Jesús de Nazaret. Todo el libro resulta ser una alabanza al número siete, incluyendo las últimas palabras que Jesucristo pronunció en la cruz.

El libro "Apocalipsis" todo él es una oda al número siete (llamado "sephirot" en la cábala hebrea), el cual número estaría destinado a restablecedor del orden después del caos apocalíptico. En consecuencia, el catolicismo adaptó el siete tanto para enumerar los pecados como a las virtudes, a los ángeles como a los demonios, sacramentos y penitencias, dones del Espíritu Santo. Su mayor repercusión son los siete días de la semana con uno de descanso.

Con la evolución y conocimiento de que había en el mundo otras teologías paganas, se supo que bastantes veneraban los siete rayos sagrados del sol. Entre los"Vedas" de la religión hindú, por ejemplo, además de guardar una fiel memoria de siete sabios antiguos (llamados "Rishis"), se veneraban sus siete ciudades sagradas. Después de todo, recuérdese que el propio Buda habría tenido siete virtudes.

El número siete en su parte negativa debe lamentar que, en el Kurdistán, los dualistas Jezidis, veneren al demonio en siete torres cónicas, cual símbolos de la totalidad del universo creado (Por cierto, la ciencia ya reconoce siete dimensiones del universo energético que nos es visible y elaboraron un mapa). Para la secta de aquellos maniqueos, un cuadrado con un triángulo encima, supera mucho la casita que pinta un niño ingénuamente, porque el 3 y el 4 (que sumados dan 7) son esenciales para el ángulo recto, por dar la hipotenusa de valor 5, que es el símbolo de la vida orgánica.

La cosmogía sagrada de los drusos de Siria se recogió en siete libros. Es un dato que recuerda a la baraja del tarot, en la cual la carta número siete simboliza el "carro" cargado con nuevos conocimientos positivos. Evitaré ejemplos de la gran consideración que se le concede al siete en el "Corán", o entre las civilizaciones precolombinas de Centroamérica, o bien entre los indios pieles rojas en cuyos rituales empleaban siete flechas. Sería demasiado extenso desarrollar que sus músicas eran en realidad vibraciones energéticas (Dios) que resonaban dentro de cada uno.

Su valor espiritual en el catolicismo hizo escribir a Odón de Moriont (secretario del famoso monje san Bernardo de Claraval) un tratado sobre las propiedades de los números. Opinó que daban significativas claves ajenas al campo matemático. Es más, de forma muy compleja defendía que el número siete: Simbolizá de forma idónea al Espíritu Santo; es un dato éste que aconsejo retener, porque una vez más relaciona el siete con un espacio central vacío. Lo llamaré blanco puro, por más fácil retentiva, pues se trata de la realidad última. Lo más cierto es que tal estado (convertido en un lugar por necesidad semántica) es lo que más nos llena a las personas. La suspicacia del dicho santo del siglo XII es impresionante, porque en su época ni tan sólo se sabía que los siete colores del arco iris se resuelven en el blanco;... y viceversa; si se descompone usando un prisma de cristal.

Es evidente que en todas partes y tiempos han visto el número siete como idóneo símbolo de la total armonía universal, sin necesidad de saber nada de los altos estudios de Pitágoras, que inventó las siete notas ("Ley de las Octavas", pues el la nota "Do" se repite al inicio y al final), y al parecer también dotó a la lira de siete cuerdas. Es una idea que desarrolló del culto a los dioses del antiguo Egipto, la cual está de acuerdo con lo escrito en el siglo XVI por Galileo. El sabio inventor del telescopio afirmaba que las matemáticas eran: "El alfabeto con que Dios escribió el libro de la Naturaleza". Quienes las utilicen sólo para contar dinero, no les habrán de servir, porque nada supera la capacidad de sentir atracción desinteresada y limpia de montajes.


 
 
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