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Herejías y herejes de nuestro tiempo


 


Cómo llegó la escolarización hindú a Occidente

Por John Taylor Gatto
traducción de Juan Leseduarte
http://historiasecretadelsistemaeducativo.weebly.com/

Extraído del Capítulo 1. "Cómo era antes" de
" Historia secreta del sistema educativo"
(Underground History of American Education)

Hacia el final del primer cuarto del siglo XIX, una forma de tecnología escolar estaba en funcionamiento en las mayores ciudades de los Estados Unidos, una tecnología en que los hijos de los clientes de clase baja eran condicionados psicológicamente para obedecer bajo el pretexto de que estaban aprendiendo a leer y contar (lo que también podía suceder). Estas eran las escuelas Lancaster, patrocinadas por el gobernador DeWitt Clinton de Nueva York y destacados cuáqueros como Thomas Eddy, constructor del canal del Erie. Pronto se extendieron a todos los rincones de la nación donde existía el problema de un proletariado incipiente. Las escuelas Lancaster eran primas de las escuelas-taller de hoy. Lo que pocos sabían entonces o de lo que se dan cuenta ahora es que eran también un invento hindú, diseñado con el propósito expreso de retrasar el desarrollo intelectual.
Cómo llegó la escolarización hindú a Norteamérica, Inglaterra, Alemania y Francia aproximadamente al mismo tiempo es una historia que nunca se ha contado. Un tratamiento completo está fuera del alcance de este libro, pero le contaré lo suficiente para dejarle asombrado sobre cómo un mecanismo asiático con la intención específica de preservar un sistema de castas llegó a reproducirse en los primeros tiempos de la república, protegido por personajes influyentes de la talla de Clinton y Eddy. Ya sólo un poco de investigación del origen de la escolarización hindú debería prevenirle de que lo que conoce sobre la escolarización en Norteamérica no es mucho. En primer lugar, una rápida explicación sobre la posición de la India en la época de la Revolución Norteamericana, porque las escuelas Lancaster estaban en Nueva York dos décadas después de su final.
La India cayó víctima del dominio occidental gracias a la tecnología náutica de la forma siguiente: cuando la Europa medieval se hizo pedazos tras su larga lucha para reconciliar la ciencia emergente con la religión, cinco grandes fuerzas del océano aparecieron para competir por la riqueza del planeta: Portugal, España, Francia, los Países Bajos e Inglaterra.
Portugal fue el primero en navegar en busca de tesoros, dejando colonias en la India, China y Sudamérica, pero sus días de gloria fueron cortos. España surgió como la siguiente superpotencia global, pero después de 1600, su carácter decayó rápidamente por los efectos corruptores del oro de las Américas, que desencadenaron un largo declive nacional. Siguió el turno de los Países Bajos, porque esa nación tenía la ventaja de una decidida clase comercial que controlaba las cosas con un propósito en la mente: riqueza. Los holandeses monopolizaron el comercio de mercancías de Europa con barcos mercantes que recorrían el mundo y valerosa marinería militar, sin embargo, como anteriormente Portugal, la población era demasiado pequeña, sus recursos internos demasiado anémicos para que su dominio se extendiera mucho tiempo.
Comenzando en el siglo XVII, Inglaterra y Francia establecieron gradualmente negocios en el Este, en ambos casos con la resistencia durante algún tiempo de los holandeses, que controlaban el comercio de especias con las Indias. Tres guerras navales con los holandeses hicieron a la Royal Navy dueña de los mares, desarrollando durante el proceso tácticas de guerra naval que la hicieron dominante durante los dos siglos siguientes. Hacia 1700, sólo quedaron Francia e Inglaterra como potencias marítimas globales con impresionante capacidad de combate, y durante la última mitad de aquel siglo estos gigantes se enfrentaron directamente en Canadá, la India y en el territorio que es hoy los Estados Unidos, con el resultado de que Francia quedó permanentemente eclipsada.
En la India, los dos contendieron por medio de sus tentáculos comerciales, las compañías de las Indias Orientales británica y francesa: cada una mantenía un ejército privado en guerra con la otra por té, índigo, cúrcuma, jengibre, quinina, semillas oleaginosas, seda y ese producto que tanto sedujo a los comerciantes británicos por su facilidad de transporte y enorme potencial de beneficio: el opio. En Plassey, Chandernagor, Madrás y Wandiwash finalizó esta larga rivalidad corporativa. Los franceses abandonaron la India a los ingleses.
El monopolio de la droga fue finalmente de Inglaterra.
De esta experiencia y de las observaciones de un joven adinerado capellán anglicano en la India se descubrió la fórmula para la escolarización moderna. Quizás no fue más que una coincidencia que este hombre obtuviera su primer empleo remunerado como maestro de escuela en los Estados Unidos. Por otro lado, quizás su experiencia en una nación que se libró con éxito de los grilletes británicos lo sensibilizó al peligro en que una población educada pone a las plutocracias.
Andrew Bell, el caballero en cuestión, era descrito en viejas ediciones de la Britannica como «frío, sutil, interesado en sí mismo». No habrá sido quizás el clérigo más pío. Quizás como su contemporáneo, el pastor Malthus, no creía en Dios en absoluto, sino que como joven que seguía a la bandera estaba pendiente de la gran oportunidad. Bell encontró su oportunidad cuando estudió la estructura que organizaron los hindúes para adiestrar a las castas inferiores, aproximadamente el 95 por ciento de la población india.
Podría servir bien a una Gran Bretaña que había conducido a su campesinado a la ruina a fin de crear un proletariado industrial para la industria dirigida por el carbón.
Bell estaba fascinado por la naturaleza intencionada de la escolarización hindú. Parecía eminentemente compatible con los fines de la Iglesia estatal inglesa. Así como muchos otros jóvenes ambiciosos han hecho a lo largo de la historia cuando tropiezan con una novedad poco conocida, la robó. Antes de que volvamos a los detalles del método hindú y de cómo el mismo Bell fue eclipsado por un joven cuáquero ambicioso que lo derrotó en el mercado de la escuela con una versión operativa de la idea de Bell, debería entender algo sobre el hinduismo.
Tras la conquista militar británica de la India (en realidad una conquista comercial) nada excitaba más, tanto a la mente popular como a la cultivada, que la religión hindú con sus extraños (para los ojos occidentales) ídolos y rituales. El examen cuidadoso de la literatura en sánscrito parecía probar que había existido algún tipo de conexión biológica y social entre los arios conquistadores, de quienes descendían los hindúes, y los anglosajones, que podría explicar similitudes teológicas entre el hinduismo y el anglicanismo. Las posibilidades sugeridas por esta conexión proporcionaron finalmente un poderoso estímulo psicológico para la creación en los Estados Unidos de la escolarización basada en clases. Por supuesto tal desarrollo quedaba todavía lejos.
El sistema de castas del hinduismo o brahmanismo es el sistema anglicano de clases llevado al límite de la imaginación. Una clasificación de cinco categorías (con cada categoría subdividida a su vez) reparte a la gente en un sistema similar al que se encuentra en las escuelas modernas. El prestigio y la autoridad se reservan para las tres primeras castas, aunque estas sólo comprenden el 5 por ciento del total. Se reserva servilismo inevitable a la casta inferior, un grupo de parias fuera de la consideración seria. En el sistema hindú se puede caer en una casta inferior, pero no se puede subir.
Cuando los británicos comenzaron a administrar la India, los hindúes representaban el 70 por ciento de una población bien por encima de los cien millones. Compare esto con una Norteamérica de quizás tres millones. En la región del norte, el héroe británico Robert Clive era presidente de Bengala, donde la gente era visiblemente de piel más clara que el otro grupo indio de importancia, con características no diferentes de las de los británicos.
Así eran las castas hindúes:
El 5 por ciento superior se dividía en tres grupos de «nacidos dos veces»:
1. Brahmanes: sacerdotes y los instruidos para dedicarse a la ley, medicina, enseñanza
y otras ocupaciones profesionales.
2. La casta guerrera y administrativa.
3. La casta industrial, que incluiría los agricultores y grupos mercantiles.
El 95 por ciento inferior se dividía en:
1. La casta de sirvientes.
2. Los parias, llamados intocables.
Todo el propósito de la escolarización hindú era preservar el sistema de castas. Sólo el afortunado 5 por ciento recibía una educación que daba perspectiva del todo, una clave para la comprensión. En la práctica, a los guerreros, administradores y la mayoría de los otros jefes se les daba ideas muy diluidas de los mecanismos directores de la cultura, de manera que la política pudiera ser mantenida en manos de los brahmanes. Pero, ¿y qué de los otros, de las «masas», como la tradición socialista occidental llegaría a llamar en un tributo que se hacía eco de la idea de clase hindú? La respuesta a esta pregunta vital lanzó la escolarización en factoría en Occidente.
Lo cual nos lleva de nuevo a Andrew Bell. Bell se dio cuenta de que en algunos sitios el hinduismo había creado una institución de escolarización en masa para los hijos de la gente corriente, que inculcaba un currículum de autoabnegación y de voluntario servilismo. En esos lugares cientos de niños eran reunidos en una única habitación gigantesca, divididos en falanges de diez bajo la dirección de alumnos jefes con todo el conjunto dirigido por un brahmán. Al modo romano, pedagogos pagados entrenaban a los subordinados en la memorización e imitación de actitudes deseadas y estos subordinados entrenaban al resto.
Aquí había una tecnología social venida del cielo para las fábricas y minas de Gran Bretaña, todavía incómodamente saturada de leyendas de viejos pequeños propietarios sobre libertad y dignidad, que no poseían las perfectas actitudes proletarias que la producción en masa debe tener para una máxima eficiencia. Nadie en los primeros años de dominio británico había hecho ninguna conexión entre esta práctica hindú y las urgentes necesidades de un futuro industrial. Nadie, esto es, hasta que un escocés de treinta y cuatro años llegó a la India como capellán militar.
El joven Bell era ambicioso. Dos años después de llegar a la India era superintendente de un asilo masculino para huérfanos de Madrás. Para ahorrar dinero Bell decidió probar el sistema hindú que había visto y vio que llevaba rápidamente a los alumnos a la cooperación dócil, como partes de una máquina. Además, parecían aliviados por no tener que pensar, agradecidos por haber reducido su tiempo a rituales y rutinas, igual como Frederick Taylor iba a reformar el puesto de trabajo norteamericano cien años después.
En 1797, Bell, ahora con cuarenta y dos años, publicó un relato de lo que había visto y hecho. Sin andarse con rodeos, alabó la instrucción hindú como un efectivoimpedimento para aprender a escribir y calcular, un control eficiente del desarrollo de la lectura. Un cuáquero de veinte años, Joseph Lancaster, leyó el panfleto de Bell, pensó profundamente sobre el método y concluyó, irónicamente, que sería un modo barato de despertar el intelecto en las clases inferiores, ignorando la observación anglicana (y la experiencia hindú) de que hacía justamente lo contrario.
Lancaster comenzó a reunir niños pobres bajo el techo de su padre en Borough Road, Londres, para darles instrucción rudimentaria gratis. El rumor se extendió y los niños salieron de cada callejón, antro y buhardilla ansiando aprender. Pronto mil niños se reunían en la calle. El duque de Bedford oyó de Lancaster y le facilitó una enorme y única aula y algunos materiales. El sistema de monitorización, como fue llamado, prometía promover un homólogo mental a la productividad de las fábricas.
Transformar sucios niños de gueto en un ejército disciplinado atrajo a muchos observadores. El hecho de que la escuela Lancaster funcionara con coste diminuto con un solo empleado también despertó interés. Llegaron invitaciones para dar conferencias en poblaciones circundantes, donde el cuáquero exponía en qué se había transformado su sistema. Las escuelas Lancaster se multiplicaron bajo la dirección de jóvenes que él instruía personalmente. Tanto se habló del fenómeno, que finalmente atrajo la atención del mismo rey Jorge III, que ordenó una entrevista con Joseph. El patrocinio real llegó con la estipulación de que cada niño pobre sería enseñado a leer la Biblia.
Pero con la fama y la responsabilidad pública, se mostró otro lado de Lancaster: se hizo vano, temerario, imprevisor. Nobles interesados le pagaron la fianza después de que incurriera en serias deudas y le ayudaron a fundar la Sociedad Escolar Británica y Extranjera, pero Lancaster odiaba ser vigilado y pronto demostró ser imposible de controlar. Dejó la organización que erigieron sus patrones y comenzó una escuela privada que acabó en la bancarrota. Hacia 1818, la Iglesia anglicana, simpatizando con la visión de Bell de que la ignorancia escolarizada era más útil que la estupidez desescolarizada, organizó una cadena rival de escuelas factoría que demostraron ser el anuncio de la sentencia para Lancaster. Frente a esta competencia huyó a Norteamérica, donde su fama y su método ya lo habían precedido.
Mientras tanto, en Inglaterra, todo el cuerpo de sectas disidentes dieron a Lancaster enérgico apoyo público, alarmando completamente a la jerarquía de la Iglesia estatal.
Destacados laicos y clérigos de la Iglesia no eran desconocedores de que las escuelas Lancaster no jugaban con las reglas hindúes: la perspectiva de una subclase instruida con ambiciones impropias era una ventana a un futuro imposible de tolerar. Bell había sido retirado de su rectoría en Dorset en 1807 para oponerse al uso por Lancaster de la escolarización hindú. En 1811 fue nombrado superintendente de una organización para oponerse a la Sociedad Escolar Británica y Extranjera de Lancaster, la «Sociedad Nacional para la promoción de la educación de los pobres en los principios de la Iglesia Establecida». Como estos principios sostenían que los pobres lo eran porque el Señor los quería así, el contenido de la instrucción de la sociedad deja poco sobre lo que nos haga falta especular. Bell fue enviado a introducir su sistema en la Escocia presbiteriana, mientras la ventaja de patrocinio de las escuelas del sistema de Bell contenía y disminuía el alcance de Lancaster. Por sus servicios al Estado, Bell fue finalmente enterrado en la abadía de Westminster.
Al principio, Lancaster fue recibido cálidamente en los Estados Unidos, pero su afecto por los niños y su habilidad para desarrollar el orgullo y la ambición en sus responsabilidades lo hicieron finalmente inaceptable para importantes patrones que estaban mucho más interesados en extender el método entontecedor de Bell, sin su equipaje asociado a la Iglesia de Inglaterra. Afortunadamente para sus planes, Lancaster fue aún más perezoso, sin método e incapaz de esfuerzo sostenido (o de iniciar la acción). En los últimos veinte años de su vida, Lancaster vagó desde Montreal hasta Caracas, repudiado por los cuáqueros por razones que no he sido capaz de descubrir. Declaró en una ocasión que sería posible enseñar a analfabetos a leer fluidamente en veinte o noventa días, lo que ciertamente es verdad. A la edad de sesenta años fue atropellado por un carruaje en Nueva York y murió pocas horas después.
Pero aunque murió marginado, su sistema le sobrevivió, o al menos lo hizo un sistema que llevaba su nombre, aunque era más de Bell que de Lancaster. Acostumbró a un público influyente a esperar que las calles estuvieran limpias de la prole de los pobres y al gasto de dinero de los impuestos para cumplir con esta finalidad. La primera escuela Lancaster se abrió en Nueva York en 1806; hacia 1829 la idea se había extendido al estado mexicano de Texas con paradas tan al oeste como Cincinnati, Louisville y Detroit. Los gobernadores de Nueva York y Pensilvania recomendaron su adopción general a sus asambleas legislativas.
¿Qué era exactamente una escuela «Lancaster»? Sus características esenciales implicaban una gran habitación atiborrada con entre trescientos y mil niños bajo la dirección de un único profesor. Los niños se sentaban en filas. El profesor no estaba allí para enseñar sino para ser un «espectador e inspector». Los alumnos, clasificados en una jerarquía paramilitar, realizaban la auténtica enseñanza:
Lo que dice el maestro se debería hacer. Cuando los alumnos, así como el maestro, entienden cómo actuar y aprender en este sistema, el sistema, y no el vago, discrecional e incierto juicio del maestro, es lo que se pondrá en práctica. En la escuela corriente la autoridad del maestro es personal y la vara su cetro. Su ausencia es una señal inmediata de confusión, pero en una escuela conducida según mi plan cuando el maestro deja la escuela, la situacióncontinuará tanto en su ausencia como en su presencia. (cursiva añadida)
Aquí, sin forzar el asunto, está nuestro moderno pedagogus technologicus, heraldo de la futura instrucción informatizada. En ese sistema, a profesores y administradores se les prohíbe desviarse de las instrucciones escritas en otro lugar. Pero mientras atontar niños fue el todo de la educación escolar gubernativa en Inglaterra, sólo fue parte de la historia en Norteamérica, y una parte menor hasta el siglo XX.

 

 
 
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