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Herejías y herejes de nuestro tiempo


 


Psicopatología de la escolarización
cotidiana: qué está pasando realmente


Por John Taylor Gatto
traducción de Juan Leseduarte
http://historiasecretadelsistemaeducativo.weebly.com/

Extraído del Capítulo 15. "Psicopatología de la escolarización
cotidiana" de " Historia secreta del sistema educativo"
(Underground History of American Education)

4. Qué está pasando realmente

La escuela causa estragos en los fundamentos humanos de al menos ocho maneras sustanciales tan profundamente enterradas que pocos se fijan en ellas, y menos todavía pueden imaginar otro modo para que maduren los niños:

1. La primera lección que enseñan las escuelas es la tendencia a olvidar, obligando a los niños a olvidar cómo se enseñaron a sí mismos cosas tan importantes como caminar o hablar. Esto se hace tan agradablemente y sin dolor que la mayoría de nosotros estaría de acuerdo en que la única área de la escolarización que tiene pocos problemas es la escuela primaria, aun cuando allí es donde tiene lugar el daño masivo a la producción del lenguaje. Jerry Farber captó la verdad hace más de treinta años en su lapidaria metáfora Student as Nigger [El estudiante es un negro] y la desarrolló en el bello ensayo del mismo nombre. Si obligamos a los niños a aprender a caminar con los mismos métodos que usamos para obligarlos a leer, unos pocos aprenderán a caminar bien a pesar de nosotros, la mayoría caminará indiferentemente, sin gusto, y una parte del resto no sería móvil en absoluto. La presión para extender la «guardería» cada vez más en horas por ahora de no escolarización ayuda de forma importante a la secuencia formal de doce años, asegurando la suma tratabilidad entre los alumnos de primer curso.

2. La segunda lección que enseñan las escuelas es desconcierto y confusión. Prácticamente nada elegido por las escuelas como básico es básico, todo currículum está subordinado a unos criterios impuestos por la psicología conductista, y en menor extensión por los preceptos freudianos revueltos en un picadillo con psicología de «tercera fuerza» (centrada en los escritos de Carl Rogers y Abraham Maslow). Ninguno de esos sistemas describe de forma precisa la realidad humana, pero su alojamiento en mitologías de siete escalones de la universidad y la empresa las hacen peligrosamente invulnerables a la crítica del sentido común.
Ninguna de las supuestamente científicas secuencias escolares es defendible empíricamente. A todas les falta evidencia de ser mucho más que superstición hábilmente cruzada con un cuerpo de hechos prestados. La formulación básica de Pestalozzi «de lo simple a lo complejo», por ejemplo, es una receta para el desastre en el aula, ya que dos mentes no tienen el mismo punto de partida «simple», y en los programas más avanzados los niños son frecuentemente más eruditos que sus supervisores: vea el horrible historial de la enseñanza de informática en la escuela pública cuando se lo compara con programas de autodescubrimiento emprendidos informalmente. Similarmente, incesantes secuencias de las llamadas «asignaturas» impartidas por hombres y mujeres que, aunque bien intencionados, tienen sólo conocimiento superficial de las cosas de las que hablan, es la introducción que tiene la mayoría de los niños al mundo de mentirosos de la vida institucional. Los mentores ignorantes no pueden manejar los significados mayores, sólo hechos. De esta manera las escuelas enseñan la desconexión de todo.

3. La tercera lección que enseñan las escuelas es que los expertos asignan a los niños una clase social y que deben permanecer en la clase a la que han sido asignados. Esta es una perspectiva egipcia, pero su mensaje oriental apenas comienza a sugerir lo mal que encaja en Norteamérica. El carácter natural de los Estados Unidos tal como está explorado y puesto por escrito en pactos en los primeros dos tercios de nuestra historia ha sido ahora radicalmente degradado y derrocado. El sistema de clases ha vuelto a despertar mediante la escolarización.
Las clasificaciones norteamericanas se han hecho tan rígidas que nuestra sociedad ha tomado el aspecto de casta, que enseña la autoestima injustificada y su recíproca:
la envidia, odio a sí mismo y capitulación. En los sistemas de clases, el Estado asigna tu lugar en una clase, y si tú no sabes lo que es bueno para ti, también llegarás a saberlo.

4. La cuarta lección que enseñan las escuelas es la indiferencia. Mediante timbres y otra tecnología destructora de la concentración, las escuelas enseñan que nada vale la pena acabar, porque algún poder interviene tanto periódica como aperiódicamente. Si nada vale la pena acabar, nada vale la pena comenzar. ¿No ve que una cosa sigue a la otra? El amor por el aprendizaje no puede sobrevivir a este ejercicio constante. Se enseña a los alumnos a trabajar por pequeños favores y grados ceremoniales que están pobremente correlacionados con su habilidad real. Al hacer adictos a los niños a la aprobación externa y a recompensas sin sentido, las escuelas los hacen indiferentes al poder real y al potencial inherente en las revelaciones del descubrimiento por uno mismo. Las escuelas alienan a los ganadores tanto como a los perdedores.

5. La quinta lección que enseñan las escuelas es la dependencia emocional. Mediante estrellas, cheques, sonrisas, fruncimientos de ceño, premios, honores y deshonras, las escuelas condicionan a los niños a una dependencia emocional de por vida. Es como adiestrar a un perro. El ciclo recompensa-castigo, conocido por los adiestradores de animales desde la antigüedad, es el centro de la psicología humana destilada al fin del siglo XIX en Leipzig e incorporada minuciosamente en la revolución del management científico de principios del siglo XX en Norteamérica.
Medio siglo después, en 1968, había infectado a cada sistema escolar en los Estados Unidos, y es tan omnipresente a fin de siglo que poca gente puede imaginar un modo distinto de enfocar el management.Y de hecho, no existe uno mejor si el objetivo de unas vidas controladas en una economía controlada y en un orden social controlado es lo que se busca.
Cada día, las escuelas refuerzan lo absoluto y arbitrario que es realmente el poder al conceder y denegar acceso a necesidades fundamentales de lavabos, agua, privacidad y movimiento. De este modo, los derechos básicos humanos que normalmente sólo requieren voluntad individual se transforman en privilegios que no se pueden dar por sentados.

6. La sexta lección que enseñan las escuelas es la dependencia intelectual. La buena gente espera a que un maestro les diga qué hacer. La buena gente lo hace de la manera que el maestro quiere que se haga. Los buenos maestros, a su vez, esperan a que el supervisor del currículum o que el libro les diga qué hacer. Se evalúa a los directores de acuerdo a una capacidad de hacer que esos grupos cumplan con las expectativas; a los inspectores de acuerdo con su capacidad de hacer cumplir a los directores; a los departamentos de educación del estado según su capacidad de dirigir eficientemente y controlar el pensamiento de los inspectores, de acuerdo a las instrucciones que se originan en fundaciones, universidades y políticos sensibles a los deseos silenciosamente expresados por poderosas corporaciones y otros intereses.
A pesar de su torpe ejecución, la escuela es un ejemplo de libro de cómo se supone que tiene que trabajar la cadena burocrática de mando. Una vez la cosa está en marcha, prácticamente nadie puede cambiar su dirección si no entiende el complejo código para hacerla funcionar, un código que nunca deja de complicarse más a sí mismo para hacer el control humano imposible. La sexta lección de la escolarización enseña que los expertos hacen todas las elecciones importantes, pero que es inútil protestar con el experto que está más cerca de ti porque está tan desvalido como tú para cambiar el sistema.

7. La séptima lección que enseñan las escuelas es la autoestima provisional. El amor propio de los niños tiene que ser condicionado a la certificación de expertos mediante rituales de magia de números. No debe ser autogenerado como lo fue para Benjamin Franklin, los hermanos Wright, Thomas Edison o Henry Ford. El papel de notas, informes escolares, tests estandarizados, premios, becas y otros galardones en llevar a cabo este proceso es demasiado obvio para extenderse por él, pero es el encuentro diario con cientos de sugerencias verbales y no verbales enviadas por los maestros lo que modela la calidad de la duda de uno mismo de forma más efectiva.
8. La última lección que enseña la escuela es lo que llamo el efecto de casa de cristal: enseña lo desesperado que es resistir porque siempre estás vigilado. No hay sitio donde esconderse. Tampoco querrías hacerlo. Tu comportamiento elusivo es de hecho una señal de que deberías ser vigilado todavía más estrechamente que los demás. La privacidad es un crimen de pensamiento. La escuela se asegura de que no haya ningún tiempo privado, ningún espacio privado, ningún minuto sin control, ningún pupitre a salvo del registro, ningún moretón sin inspeccionar por el control médico o el brazo asesor de las patrullas del pensamiento.
Los niños más sensibles que tenía cada año sabían hasta cierto nivel lo que realmente estaba pasando. Pero estrangulábamos su aliento traicionero hasta que reconocían que dependían de nosotros para sus futuros. Los casos recalcitrantes eran remitidos a agencias de ajuste donde se convertían en cínicos manejables.


 

 
 
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