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Metafísica del nacimiento

por Ibn Asad

A propósito de una enriquecedora conversación con el Dr. Godoy, faltaba dejar por escrito algunas generalidades sobre la experiencia del nacimiento. Y aun siendo generalidades, no dejarán de sorprender a más de un médico (Dr. Godoy incluido) que, teniendo una formación académica vasta y siempre respetable por nosotros, quizás jamás las hayan tomado en cuenta. Por lo tanto, nada más lejos de nuestras intenciones que dar lecciones a maestros en una materia sobre la que no tenemos competencia (a saber, la medicina). Al contrario: sólo se pretende aportar apercepciones completamente desdeñadas desde un punto de vista científico-moderno, que pueden enriquecer una experiencia clave en todo ser humano: el nacimiento. Pues aunque la ciencia obstétrica es responsable de mejoras encomiables y soluciones admirables, también existe una dimensión de la experiencia natal que permanece velada a ojos de cualquier enfoque profano: la metafísica. Reconocemos lo que es ampliamente conocido por aquellos que nos conocen: esa es la dimensión que nos interesa (no otra). Y es que en el caso del nacimiento, esta metafísica cobra un carácter único e irresistible. El nacimiento es una experiencia común a todo hombre y a toda mujer. Por lo tanto, estamos ante una realidad eminentemente universal. De ahí nuestro interés. Sólo unos pocos profesionales han asistido a nacimientos ajenos; sin embargo, todo ser humano (no importa su raza, nacionalidad, religión…) ha protagonizado su propio nacimiento. ¿Acaso existe otra experiencia tan universal como nacer?
Sí, existe otra, hermanada con el nacimiento: la muerte. Por todos es conocido el adagio platónico de que “Filosofar es interesarse por la muerte”. Nada que objetar a esta sensibilidad filosófica, pero es inevitable preguntarse por qué esa preferencia filosófica europea por la muerte. Pues pocos (o quizás nadie con la profundidad que merece) han abordado la dimensión metafísica del nacimiento. En todo el mundo, existe un inacabable rosario de prejuicios culturales alrededor del parto: es una cuestión “de mujeres”, “sucia”, “problemática”, reservada tradicionalmente a las comadronas… y adoptada en los últimos siglos por la medicina moderna como una especialización médica más. De hecho, aún vemos como algo normal y no aberrante que en las ciudades modernas, las maternidades sean departamentos hospitalarios. Sólo alguien peligrosamente ignorante puede ver en una madre, una paciente-cliente de un servicio médico. Los recién nacidos no son enfermos, como los recién muertos tampoco lo son. Que las maternidades y los tanatorios sean anexos hospitalarios con salas y departamentos compartidos con enfermos y enfermeros de todo tipo, ya demuestra el desprecio que la modernidad siente por la dimensión sagrada del nacimiento y de la muerte. Y esa dimensión sagrada es la que aquí señalamos: nacer y morir son las dos experiencias centrales y capitales de la vida. Sin embargo, para la estructura administrada por el establishment sanitario, parece que “nacer” y “morir” se presentan tan sólo como dos “problemas médicos”.
Y mientras el nacimiento sea un “problema médico”, el obstetra no tendrá otro objetivo que solucionar dicho problema. ¿Cuál es ese problema? El suyo profesional: garantizar que la madre no muera, que el tontaina del padre asegure descendencia y que, en definitiva, el parto sea “normal” y nadie se querelle contra él. Con ese expediente cubierto, el médico puede darse por contento: el nacimiento es un problema resuelto. Sin embargo –repetimos- no es eso lo que nos interesa ni nuestra intención polemizar con la medicina y sus profesionales. Pues en el nacimiento, la cuestión que no está de ninguna manera respondida es el problema metafísico. Todo nacimiento es una experiencia vital de primer orden, una ruptura de nivel existencial, una participación del ser humano en el misterio cosmológico… Y aun siendo todo esto (o precisamente por ello), pocos recuerdan esa experiencia, muy pocos se cuestionan la naturaleza de esa ruptura y nadie -eso es: nadie- ha resuelto las profundas implicaciones de ese momento crítico en la configuración de la vida personal. Porque nuestro nacimiento forma parte de lo inconsciente, y no nos referimos a “inconsciente” como lo haría una escuela moderna de psicología de influencia jungiana. No: el nacimiento se ve como algo inconsciente simplemente porque no se tiene idea de qué fue, nadie conoce su hondura existencial, nadie sabe por qué, cómo, cuándo se nace. Así es: el nacimiento forma parte de lo inconsciente porque pocos han tenido valor para tomar consciencia de él. Invitamos a ello.
Primer gran error generalizado con respecto al nacimiento: como somos inconscientes de nuestro nacimiento, se piensa que el nacimiento en sí mismo es un acto inconsciente. Craso error: se piensa que un bebé recién nacido es un ser en formación, sordo, ciego, tonto, inconsciente, que no siente y que sólo sabe dormir y llorar. No es así. ¿Pues acaso existe ser más consciente que un recién nacido? Tanto en la China taoísta de Lao-Tsé como en la India tanto brahmánica como la búdica, y de alguna manera también en el “niño Jesús” natalino del cristianismo, el recién nacido es el símbolo por antonomasia del ser supraconsciente. Un niño de pocos minutos de vida no sólo es consciente sino que es extraordinariamente consciente: su consciencia es una tabula rasa que acaba de entrar en contacto con el mundo exterior, sus sentidos están vírgenes y amplificados, su capacidad sensorial es de una intensidad que roza lo intolerable. ¿Que si un recién nacido siente? No sólo siente sino que lo hace de un modo ampliado, potenciado, inaccesible para un hombre adulto. Pues a diferencia de lo que parece, un niño no llora como un niño porque es sólo un niño. No; un niño llora (y ríe) con esa incomprensible intensidad porque dispone de una consciencia y una capacidad sensorial aplastantemente superiores en comparación a cualquier adulto común, siempre mutilado por el paso de los años, los traumas y la educación. El niño recién nacido siente por mil, llora por mil, es consciente por mil, por eso grita, berrea, patalea con un vigor del que el adulto carece. Sólo acercándonos a esa supra-consciencia prenatal y postnatal inmediata, podemos barruntar la importancia de la experiencia del nacimiento en nuestra vida personal: un breve y en apariencia insignificante lapso de tiempo en nuestro reloj profano que configuran predisposiciones espirituales, intelectuales, emocionales y físicas para la larga y sagrada vida de un ser humano. Parece lógico: si se nace de manera inadecuada e infeliz, los hombres vivirán de forma inadecuada e infeliz; si se nace de una manera consciente y feliz, los hombres vivirán de una forma consciente y feliz. Ahora bien: si se nace de un modo uniformado y estandarizado (tal y como se ha conseguido hacer hoy en día), los hombres vivirán de un modo uniformado y estandarizado (tal y como se vive en la sociedad global secularizada de la actualidad), sin que nadie sea consciente de qué hicieron con nosotros en los primeros minutos de vida. Un poeta de la tierra que hace unos cuatro años me acogió dijo:
“Amor de mi vida, de aquí a la eternidad, nuestros destinos fueron trazados en la maternidad.”
Eso lo dijo un poeta. ¿Y qué dicen los recién nacidos del nacimiento y la maternidad? Pues algo aún más expresivo y poético: gritos, llantos, quebrantos, gestos de espanto y horror. Parece que eso de nacer no es muy agradable. Y por si fuera poco nacer, nuestra ignorancia al respecto parece que no facilita ni endulza las cosas: voces altas, luces cegadoras, metales, plásticos, tortazos en las nalgas, sala masificada de cunas… Veamos qué es el nacimiento y qué hemos hecho de él.


Nacimiento: experiencia límite de dolor y gozo
A lo largo de la vida disponemos de un mecanismo de defensa psicológico que permite olvidar lo doloroso, y no tenemos motivos para pensar que el nacimiento sea una excepción. “Bhur-dukham”; ya el adagio budista iguala el nacimiento al sufrimiento. Y es que una ruptura de nivel existencial no se lleva a cabo sin despeinarse. El paso de la vida intrauterina no se hace en el espacio ordinario, en el tiempo profano. Nuestros ojos ignorantes sólo ven un pequeño ser que sale del cuerpo de una mujer y llora. Sin embargo ahí hay mucho más que eso que vemos.
Ruptura espacio-temporal del recién nacido: En nuestra vida percibimos el paso del tiempo estrictamente a través de ciertos ciclos espaciales, por ejemplo, la respiración o el movimiento del sol (el día y la noche). Si el ser humano respira agitadamente, su percepción del tiempo se acelera en la misma proporción. A la inversa pero del mismo modo ocurre con una respiración tranquila, por ejemplo, cuando dormimos plácidamente. No es difícil de comprobar: el tiempo se dilata o se contrae dependiendo de factores mentales y orgánicos, principalmente la respiración. ¿Y si el ser humano pudiera vivir sin respirar? Pues no habría percepción del tiempo. Ocurre que una persona intrauterina no tiene respiración pulmonar, y por lo tanto no tiene relación con el tiempo, no al menos con el tiempo como lo entendemos en nuestro día a día. El bebé intrauterino vive, siente y es consciente dentro de una eternidad inconcebible que es rota y olvidada con el nacimiento. ¿Cómo no llorar como si fuera el Fin de los Tiempos? ¡Es el Fin de los Tiempos! Y esos tiempos se colapsan para dar a luz a otro tiempo, el de la manifestación del ser individual.
Esa barrera temporal que separa la respiración intrauterina de la respiración pulmonar sería con rigor nacer. Pero de la misma forma que es imposible determinar el punto exacto donde acaba el día y comienza la noche, el nacimiento es un proceso misterioso que el moderno no suele respetar. Existe una costumbre obstétrica generalizada en casi todas las culturas y practicada por la medicina moderna, de cortar el cordón umbilical justo después de dar a luz. El médico empuja así al recién nacido al encuentro con una respiración que debería adoptar según los ritmos naturales. Por supuesto, en todo el reino animal mamífero y en numerosas comunidades indígenas como los Nukuinis amazónicos, el ser recién nacido se queda con el cordón umbilical intacto fuera de su madre durante unos minutos. En el caso del ser humano, ese tiempo de conjunción de modos de tiempo, puede oscilar de tres a quince minutos de nuestro reloj. En este tiempo, el recién nacido se queda de forma natural de bruces descansando sobre el vientre materno, acomodándose a su nueva facultad fisiológica (la respiración pulmonar) y las implicaciones metafísicas que ese tránsito conlleva. Sin embargo, ese tránsito y esas implicaciones suelen ser desdeñadas en prácticamente todos los partos modernos con asistencia médica que literalmente “cortan por lo sano”: tijeretazo rápido y precoz al cordón umbilical. De esta forma, el recién nacido es puesto a prueba en la primera de una serie de torturas innecesarias y añadidas al ya de por sí difícil acto de nacer. Además de colocar al niño en el umbral de la cianosis, se le fuerza a una cruel disyuntiva: respirar o morir. Tras elegir respirar, el oxígeno entra en una tráquea y unos pulmones vírgenes, quemando las inmaculadas mucosas que protegen las paredes del tubo respiratorio y produciendo un agudo dolor. La violencia de esa primera bocanada de aire forzada por el corte prematuro del cordón umbilical, puede dejar marcas que acompañarán a la persona durante toda su vida. Pensamos que algunas de las disfunciones respiratorias que sufren ciertas personas, tales como amnea nocturna y asma, tienen como causa velada este episodio traumático. Y no sólo en lo físico, ciertos episodios de ansiedad y algunos caracteres flemáticos fueron causados por el golpe mal resuelto de la interrupción del tránsito respiratorio natural. Así pensamos que es, sin ningún tipo de fundamento médico y sin intención polémica, como no nos cuesta admitir.
En lo que se refiere al espacio, la ruptura existencial del recién nacido se lleva a cabo de manera inversa. En el tiempo, fue un salto de la eternidad intrauterina a la respiración pulmonar, de lo inmóvil al movimiento. En el caso del espacio, el recién nacido pasa de la libertad de movimientos en el líquido amniótico (ciertamente limitada en los últimos meses de gestación), a la tiranía del peso, la masa y la inmovilidad. Durante la Edad de Oro (¿qué es la Edad de Oro sino eso?), el embrión y después feto jugó durante meses en la absoluta libertad de movimientos en una fuerza gravitacional cercana a cero. Tras unos meses (los últimos de gestación) de estrechamiento y limitación, el útero en donde el feto jugaba en libertad absoluta, exige la expulsión inmediata del ya niño aprisionado. El recién nacido aparece al exterior y adquiere sus categorías de volumen, perímetro y –sobre todo- peso. Resulta inconcebible cómo puede darse ese salto existencial y más inconcebible resulta que lo dé un ser de apariencia tan indefensa. ¿Cómo lo da? Pues con agudo dolor y desagrado, pero con una fortaleza de la que sólo un recién nacido puede gozar. Pues un recién nacido no es un ser indefenso; tiene defensas naturales para encarar la profunda crisis que supone nacer. Ahora bien, el niño carece sólo de defensas para una amenaza que la naturaleza no advirtió: nuestra estupidez.
Por ejemplo: hay una costumbre adoptada por muchos médicos modernos de todas las culturas que consiste en coger al recién nacido por los pies, con todo el cuerpo colgando, como hace un pescador que muestra la pieza de su pesca. Esta costumbre se debe a que, ciertamente, sólo así resulta cómodo y seguro verticalizar al niño cuando aún está recubierto de la blanquecina y resbaladiza grasa que lo recubría en su vida intrauterina. La cuestión es: ¿Qué necesidad hay de verticalizarlo? Al menos el recién nacido no tiene ninguna; y los gritos de dolor y su gesto desencajado por el espanto y el horror, así lo indican. Imagínense esto: durante los meses de gestación la columna vertebral permaneció arqueada (la famosa posición fetal) alcanzando el mayor grado de arqueamiento y contracción en la semana anterior al parto. Durante el trabajo final, la columna se retuerce y se comprime para pasar por el sinuoso paso del canal de parto. Pues bien, tras nacer, este niño con la columna encogida y aprisionada durante nueve meses, es violentamente estirada de un solo golpe gravitacional. El médico lo cuelga como si fuera un jamón en un bar español. Cabeza abajo. Con los pies presos. Con el peso del cuerpo oscilando suspendido en el vacío. ¿No parece una salvajada? Pensamos que al recién nacido también se lo parece. También pensamos que muchas de las fobias relacionadas con el espacio (claustrofobia, agorafobia, miedo a las alturas…) están generalizadas en la civilización global por esta costumbre obstétrica habitual. También este trauma guarda relación con problemas de equilibrio físico y emocional, vértigos y la recurrente pesadilla de “caer al vacío”. Pues si una pesadilla se repite en los cinco continentes, no importa de qué cultura, raza o religión estemos hablando, es muy probable que la causa de ese trastorno esté en aquello que es común a todos. ¿Qué comparten en la actualidad un argentino, un portugués, un egipcio y un australiano? Todos nacen igual, con un parto estandarizado.
El nacimiento es una experiencia universal. “Universal” porque iguala a todos los seres humanos aboliendo raza, nación, clase social u otras categorías artificiales; y es una “experiencia” porque, aunque se olvide, se experimenta a través de los cinco sentidos. Tal es la gama sensorial de la que goza el bebé, que esta experiencia puede calificarse sin duda de “extraordinaria”, tanto en intensidad, influencia, dimensión e importancia vital. Y ahí está la causa de nuestro olvido: la experiencia natal maneja vivencias sensoriales tan altas y fuertes, que la memoria ordinaria del adulto es incapaz de hacer registro de algo así vivido. Y sin embargo, sucedió, se vivió eso, se experimentó, se nació.
Como no existen otras herramientas experimentales que los sentidos, hablaremos del nacimiento a través de cada uno de los sentidos (en sánscrito, jnanendriyas) relacionados con los diferentes órganos de acción (karmendriyas) y a su vez con las cinco esencias elementales (tanmatras) según el ayurveda y su relación con el proceso cosmológico (samkhya). Así:

Oído: El sentido del oído es el primer sentido del despliegue cósmico en todas las expresiones tradicionales (logos, pranava, quram, vak…) todo cosmos es, en su expresión más alta y primigenia, un sonido, una voz, un nombre. Todo el mundo ya admite que el feto escucha sonidos mucho antes de lo que vulgarmente se pensaba y la embriogénesis científica convencional habla de un oído en formación a las cuatro semanas de gestación. La persona pre-natal escucha de una manera mucho más nítida y amplificada de lo que puede parecer. Pero no sólo la capacidad auditiva del prenatal es superior a la nuestra; también lo es la modalidad auditiva. En el adulto la audición está volcada hacia el exterior. La mayoría de nuestro espectro auditivo se ocupa de fenómenos exteriores, reduciendo la audición interna a la respiración y –algunas pocas veces- a los latidos del corazón (eso en los extraños casos de relajación completa que deja la vida moderna). Por el contrario, la persona prenatal escucha lo interno más que lo externo, y ese ámbito interno está prolongado al cuerpo materno. El funcionamiento visceral de la madre, el ritmo del corazón, la respiración… es la música celestial que el ser humano escucha durante los nueve meses más importantes de su vida. Y de todos los sonidos orgánicos de la madre hay uno que deja la primera impronta identificativa en la persona: la voz materna. Es difícil encontrar lenguas que tenga palabras de género masculino para estos tres conceptos: “tierra”, “agua”… y “voz”. La voz suele ser una palabra de género femenino porque la primera voz es y siempre será (desde todos los puntos de vista, no sólo el físico y evidente), una voz de mujer.
El nacimiento rompe la armonía vital del recién nacido y esa “armonía” no expresa algo en sentido figurado, sino que efectivamente existe una armonía sonora, vibratoria, musical. Esa experiencia límite suele profanarse también por parte de médicos, enfermeras, padres, familiares… que acostumbran a estar de cháchara alrededor de la madre en el momento de parto. ¿Es difícil de creer que las primeras palabras exteriores que un gran porcentaje de recién nacidos escuchan sean nerviosos comandos gritados del estilo de “¡Empuja!”, “¡Vamos!” o “¡Respira!”? El respeto y el silencio son palabras sinónimas. Ante lo sagrado uno guarda silencio. Poco importa que sea ante una catedral europea, una mezquita persa o un santuario budista del sureste asiático, no es necesario pedir silencio… ¿Por qué ante una madre pariendo a veces en necesario?
Ese silencio que une dos modos de una misma vida, sólo debería ser roto por el propio recién nacido. El grito. El llanto. Después de la primera bocanada de aire, nuestra primera comunicación es una queja, una reclamación, un poema sobre el dolor. Parece inevitable que así sea: nacer ensordece, respirar quema, existir duele. Ante lo desagradable de nacer, es comprensible reaccionar con el llanto más estremecedor que unos pulmones vírgenes son capaces de producir. El recién nacido nace; el recién nacido llora. Y no dejará de llorar hasta que armonice su voz con la voz materna que lo protegía en el interior intrauterino. Por eso, el contacto madre-recién nacido no debería romperse en las primeras horas de vida. No es sólo que la madre necesite estar con su hijo; es que el hijo necesita escuchar a su madre. Necesita su voz. En rupturas de esta comunicación inmediatamente posteriores al parto, está la causa de múltiples trastornos de la audición, mudeces, tartamudeces y otros problemas en el habla.

Tacto: La piel es el órgano sensitivo que se extiende por toda la superficie del cuerpo, por lo tanto, tras el oído (sentido primordial por antonomasia y así registrado por todas las tradiciones), es el siguiente en aparición en la manifestación de la vida. Así es también en el mundo intrauterino, donde el feto está en contacto táctil constante con el líquido amniótico, con la vérnix caseosa, con la placenta, con el cordón umbilical y con todo su entorno prenatal. Este amable contacto táctil se modifica en las últimas semanas con las contracciones uterinas que preparan al niño para lo que va a ser su prueba de fuego: el nacimiento. Tras pasar por las paredes vaginales, la piel del recién nacido entra en contacto con el aire, pierde la referencia táctil del interior materno y siente –por primera vez en su vida- la extraña y nueva condición de la intemperie.
Ahora imaginemos esto: a la ya de por sí denterosa y desagradable nueva condición táctil del recién nacido, la obstetricia moderna acostumbra a poner la piel del niño en contacto con tejidos sintéticos (toallas…), plásticos (guantes de polisopreno y látex), y metales. El contacto de la piel del recién nacido con todo tipo de metales es algo que no tenemos inconveniente en desaconsejar con convencida determinación. En muchos hospitales europeos y americanos, una de las primeras cosas que los médicos obstetras hacían con el recién nacido era ponerlo en el plato metálico de una báscula. Esta aberración ni se advierte por parte de un personal interesado en medir, pesar y registrar las medidas de un ser humano que no tiene ningún interés en ser medido, ni pesado, ni registrado en términos cuantitativos. Lo único que necesita la piel de un recién nacido es el contacto con otra piel, a ser posible, la de su madre.

Vista: Otro prejuicio generalizado sobre la vida in utero no sólo popular sino también establecido en profesionales de la obstetricia, es que la persona intrauterina está ciega y no ve nada al nacer porque tiene los ojos semicerrados o cerrados. Es falso. De nuevo, el niño no sólo ve sino que ve más y mejor que cualquiera de nosotros. Tal es su “clarividencia”, que puede ver (¡y de qué manera!) sin enfocar, sin fijar y con los párpados cerrados. En embriología el sentido de la visión se forma a partir de la cuarta semana de gestación. Como con el oído, su estructura sutil está en funcionamiento aún antes.
Si nos fijamos en el tránsito respiratorio, el auditivo… que supone el nacimiento, comprobamos que no es tan abrupto: el nacimiento natural sigue unos tiempos que cuidan y preparan al niño para los diferentes cambios orgánicos. Somos nosotros, humanos, y nuestra ignorancia los que nos hemos esforzado en hacer del nacimiento algo violento, tortuoso, y traumático para un recién nacido en el que nadie piensa verdaderamente. ¿Qué piensa el niño de todo esto?
Por ejemplo: la luz. En las salas de parto modernas nos encontramos con luces alógenas, fluorescentes, lámparas cialíticas y proyectores de luz que facilitan el trabajo del médico. Este equipamiento ayuda mucho al obstetra… ¿Pero alguien se ha preguntado qué opinión tiene el recién nacido sobre pasar en un segundo de la tiniebla del vientre materno a ser abrasado por un cañón de luz artificial de gran potencia voltaica? Algunos dirán: “Él no opina; él no ve.” Pero el gesto de horror y las manitas llevadas instintivamente a la cabeza, indican otra cosa.
Si observamos el reino animal, nos damos cuenta enseguida que la gran mayoría de hembras mamíferas se ponen de parto bien al atardecer o bien en plena noche. La naturaleza busca la noche para parir. De la misma forma, los lugares que la hembra elige para dar a luz (fíjense: dar a luz) son oscuros y resguardados. Este sabio instinto se va perdiendo en los animales domésticos de granja, y desaparece completamente en la mujer, que pare en hospitales iluminados artificialmente de tal forma que no importa qué hora sea. De hecho una de las preguntas más habituales que hace la madre moderna después de un largo parto es: “¿Qué hora es? ¿Es de día o de noche?”, pues en los hospitales modernos es muy fácil perder la orientación temporal y no saber la hora. No obstante, nuestro organismo sufre las consecuencias de nacer sobre potentes focos de luz artificial. Si nos preguntaran qué iluminación sería la apropiada para un nacimiento no traumático, responderíamos que una no superior en intensidad al plenilunio. Por supuesto, esto resulta intolerable para la medicina moderna y comprendemos que así sea. Y aun irritando a cualquier médico, sin embargo así es: la naturaleza dicta nacer en penumbra.

Gusto: A propósito del tacto, ya se señaló la inevitable violencia que sufre el recién nacido cuando siente el aire, el peso y la intemperie de manera abrupta. Es por ello que en las últimas décadas la medicina obstétrica moderna ha desarrollado técnicas de parto en el agua que, a priori y sin haberlas estudiado en profundidad, parecen interesantes. El agua es el elemento preponderante en la vida intrauterina. Cuando el niño nace, la madre expulsa también todos los fluidos que hicieron la gestación posible. Al observar el mundo animal, comprobamos que toda madre lava a sus hijos tras estos nacer. Más aún: la gran mayoría de los mamíferos hembra comen las expulsiones del parto, especialmente la placenta. Si alguien ha presenciado el parto de una gata o de una perra, comprobará que a los pocos minutos de dar a luz, en la zona no queda ni rastro del parto. Después de limpiar el área, la madre lame a sus cachorros durante varios minutos (¡en ocasiones horas!) hasta que estos quedan sin rastro de grasa, sangre o humores. ¿Deberíamos exigir este pulcro comportamiento a las madres humanas? ¡Claro que no! Este instinto está sublimado en el ser humano a través del baño que el recién nacido recibe tras nacer y que, a ser posible, sería conveniente que lo diera la madre, con sus propias manos, y con agua (no clorada) a una temperatura próxima a la corporal.
Pero incluso la inteligencia natural deja sus huellas en los instintos sublimados del ser humano. Si bien no existe ni una sola madre humana que limpie a lametazos a su hijo recién nacido, tampoco se encontrará a una sola madre que no bese a su niño después de nacer. Toda madre besa a su hijo tras el parto, y el “beso materno” tiene una dimensión que trasciende lo higiénico, lo instintivo, o incluso lo afectivo. El “beso materno” es, sobre todo esto, parte del verdadero nacimiento: el espiritual.
El animal hembra lame, la mujer madre besa… y en esencia, están haciendo lo mismo: limpiar a su hijo y prepararlo para un nuevo modo de vida. La bioquímica moderna reconoce que en la saliva se encuentran sustancias desinfectantes y cicatrizantes como la histatina y la lisozima. Y aun siendo todo esto cierto, el beso de la madre no se queda en el dominio bioquímico; son trasmisiones sutiles las que proporciona el beso materno, vitales para el desarrollo humano. Esta relación bucal se completa recíprocamente con la primera mamada del pecho. Al igual que con la boca, por la mama la madre transmite a su hijo nutrientes no sólo físicos (leche, y con ella enzimas, hormonas, etc) sino también nutrientes anímicos que aunque la ciencia moderna es incapaz de identificarlos, son al menos tan importantes como aquellos. Gran número de desórdenes psicológicos y afectivos en adultos, vienen de la contaminación de este comportamiento natural: la madre toca, besa, da de mamar… a su hijo. Estoy convencido de que si se permitiera a todas las madres actuar en el parto según su inteligencia natural (tocar, besar, lamer, bañar… a su hijo), sería más difícil de encontrar en nuestras sociedades a psicópatas, mentirosos, racistas, violentos, sádicos y demás gente que, visto de esta forma, sólo merecerían compasión y lástima. Un niño besado por su madre en las primeras horas de vida, tendrá más posibilidades de vivir feliz que otro que no fue naturalmente tratado.

Olfato: En el ayurveda indio así como en el hermetismo mediterráneo, en el samkhya drávida, en la medicina tradicional china… el olfato es el sentido relacionado con la tierra y, por lo tanto, con la misma corporeidad, con el aspecto más tosco y material de la manifestación. En el terreno endocrinológico, el nacimiento es una auténtica orgía de secreción hormonal por parte de la madre y del niño. Y tras esta loca fiesta alquímica de la vida, el niño nace con un aroma inconfundible. Pueden encontrarse incluso niños recién nacidos que no son bonitos; de hecho, hay recién nacidos ciertamente horripilantes… sin embargo, todo recién nacido huele bien. Olor a bebé. ¿Quién ha olido alguna vez a un niño de pocas semanas y no ha dicho: “¡Qué bien huele!”? Ese aroma de bebé es el reflejo en el ámbito olfativo de esa armonía innata en la que el ser humano se encuentra. El ser humano estrena su corporeidad tras nacer, y con ella también una nueva gama sensorial y, ante todo, una identidad. Ya no es más un anexo dependiente del vientre materno. El nacido respira, transpira, encara la luz, grita, mama… y tiene su olor personal, intransferible e íntimo que lo diferencia del resto. Los niños de pocos días de vida pueden parecerse entre ellos hasta el punto de alguna madre despistada confundirlos. Sin embargo, jamás una madre ciega confundiría a su hijo con otro, pues basta oler a su hijo para diferenciarlo de entre un millón. El olor es nuestro verdadero y único carnet de identidad… ¡el resto es inútil burocracia!
Y precisamente ahí, en nuestra identidad individual, se culmina el proceso del nacimiento desde la perspectiva que nos interesa: la metafísica. Desde este punto de vista, nacer es pasar de lo inmanifestado a lo manifestado (nuestro cuerpo), de lo amorfo a la forma individual (la nuestra), de lo universal a lo particular (cada uno de nosotros). De hecho, si comenzamos el artículo con la universalidad del nacimiento, lo concluimos con la obviedad de la diversidad del ser humano. Todos los seres humanos nacen, y aun así, compartiendo todos la misma experiencia, no se encontrarán dos seres humanos idénticos. Para la naturaleza, la igualdad es un anatema: ningún par de individuos (de lo que sea) son iguales, ni tan siquiera los gemelos o los clones artificiales con los que la infame ingeniería genética está jugueteando desde ya unas décadas.
Desde un punto de vista teológico, se llama “creación” al misterioso proceso que va desde la unidad primordial a la multiplicidad, del “uno” inmanifiesto al “muchos” manifestado. El hombre, como ser creado, participa de este misterio al elegir nacer libremente como ser individual, con una responsabilidad, con una libertad, y con una identidad propia, única e irrepetible. El lazo que une ese ser creado individual con el principio creador universal es estricta, rigurosa y etimológicamente, lo que se designa como “religión”. “Religión” es la relación vertical de lo primordial y universal con lo contingente y lo particular (es decir, cada uno de nosotros). Por lo tanto, contemplando esta polaridad, se comprende que mientras desde la perspectiva universal hay una sola y única religión, desde la perspectiva contingente y formal, hay muchas religiones, tantas como seres individuales. De la comprensión de esta misteriosa ambivalencia, depende que el ser humano haga de la llamada “religión” lo que en verdad es (una unión en el eje vertical), y no otro pretexto de división con sus semejantes, de odio hacia el que es diferente, y de querellas miserables entre bestias ignorantes.
Con el nacimiento, el ser humano se manifiesta en el misterio de la ilusoria multiplicidad, mientras al mismo tiempo es parte integral de una unicidad que le trasciende, que nos transciende. Es por ello por lo que el mismo acto de nacer es un símbolo idóneo del proceso cosmológico, incluso en sus más insignificantes detalles.
El ser humano pasa de la potencia pura del vientre materno, a una vida en acto, formal e individual. Pasa de la esfera uterina en líquido amniótico de gravedad cero, al eje horizontal de la individualización, de la masa, y del peso. Pasa del estado celeste de la vida prenatal al estado terrestre. De hecho, debido a la estructura orgánica humana, el trabajo de parto es ante todo un descenso, una bajada, una caída de arriba hacia abajo. La gravedad es la fuerza física que más interviene en el nacimiento, y es por ello que el modo más ergonómico para parir es la verticalización del tronco y de la pelvis, o bien a través de la postura de cuclillas, o bien sentada, de rodillas, o directamente en pie. Sólo recientemente la sabiduría natural de la mujer se ha atrofiado por la imposición médica de la postura de decúbito supino, la cual sólo es idónea para una auscultación obstétrica y para una intervención quirúrgica (que el parto normal no cesariano no es), pero en ningún caso para el trabajo de la madre y del niño. Así, en situaciones naturales y normales, el recién nacido “cae” en la tierra en su estado primordial, inmaculado y puro, literalmente a los pies de su madre.
Dentro de una expresión tradicional a la que tan injustamente se ha generalizado acusar de misoginia como es la musulmana, hay un hadiz aceptado por todas las sensibilidades escolásticas que afirma que “el paraíso está a los pies de las madres”. Y profundizando en esa experiencia universal de nacer, se comprueba hasta qué punto estas proféticas palabras expresan la verdad: sólo volviendo a nuestro nacimiento conoceremos nuestro estado primordial. Es necesario volver a nacer para conocer la vida plena.

Ibn Asad
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