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Aforismos sobre la Naturaleza de Goethe

¡Naturaleza! Estamos rodeados por ella, encerrados en su abrazo: no podemos abandonarla y no podemos acercarnos. Sin preguntarnos, sin advertirnos, nos arroja en el torbellino de su baile y apresura su marcha hasta que, exhaustos, nos caemos de sus brazos.

Ella crea nuevas formas sin fin: lo que ahora existe, nunca existió antes; lo que fue, nunca volverá; todo es nuevo y viejo al mismo tiempo.

Vivimos en su seno y somos extraños. Nos habla sin cesar y nunca traiciona su secreto. Constantemente le influimos, y aun así nos es imposible herirla.

La individualidad parece ser su único objetivo, y sin embargo, no se interesa para nada en los individuos. Siempre está construyendo y destruyendo, y su taller es inabordable.

La Naturaleza vive sólo en sus hijos, y el padre, ¿dónde está? Ella es la única artista, de entre los materiales más sencillos crea la mayor diversidad; alcanza, sin ningún rastro de lo posible, la mayor perfección, la precisión más fina. Cada una de sus obras tiene una esencia propia; cada figura que toma es una idea aislada por completo; y aun así, todas forman la unidad.

Su actuación es un drama; si puede contemplarse a sí misma, no lo sabemos; y sin embargo, siempre actúa para nosotros, que observamos un poco a la distancia.

Hay vida constante en ella, movimiento y desarrollo; pero siempre permanece en su lugar. Cambia eternamente y nunca se detiene. Del resto no sabe nada, y a todo lo que se estanca, ella le aplica su maldición. Es constante; mide sus pasos, con raras excepciones, y sus leyes son inmutables.

Ella piensa y pondera incesantemente; no como un hombre, pero como Naturaleza. Se guarda para sí el significado del conjunto y nadie puede quitárselo.

Los hombres son todos en ella, y ella en todos los hombres. Con todos juega un juego amistoso, y su regocijo es grande cuando alguno le gana. Con muchos su juego es tan secreto que lo lleva a su fin antes de que puedan darse cuenta.

Incluso lo más antinatural es la Naturaleza; incluso el filisteísmo más grosero tiene algo de su genio. Quien no la ve en todas partes, aun así la ve en ninguna.

Ella se ama y se aferra a sí misma eternamente, con ojos y corazones innumerables. Se ha dividido para poder gozarse. Siempre está creando nuevas criaturas que surgen para el deleite, y se entrega a sí misma insaciablemente.

Se regocija en la ilusión, y si un hombre la destruye en sí mismo y en los demás, ella lo castiga como al tirano más cruel. Si, por el contrario, la sigue en confidencia, lo aprieta contra su corazón como si fuera su niño.

Sus hijos son innumerables. A ningunos margina, pero tiene sus favoritos, aquellos de quienes más se prodiga y por quienes hace muchos sacrificios. A los mejores le ha extendido el escudo de su protección.

Saca a sus criaturas, entre borbotones de luz, de la nada, y no les dice de dónde vienen ni hacia dónde van. Sólo tienen que seguir adelante: ella conoce el camino.

Sus fuentes de acción son pocas, pero nunca se agotan: trabajando siempre, y siempre desplegándose.

El drama que actúa es siempre nuevo, pues siempre trae nuevos espectadores. La Vida es su más bella invención, y la Muerte es su dispositivo para tener Vida en abundancia.

Envuelve al hombre en la oscuridad, y lo insta constantemente hacia la luz. Lo hace dependiente de la tierra, pesado y lento, y siempre lo despierta de nuevo con frescura.

Crea deseos porque ama el movimiento. ¡Qué maravillosa la facilidad con que obtiene todo! Cada deseo es un beneficio, pronto satisfecho y pronto renacido. Si da más, se trata de una nueva fuente de deseo; pero el equilibrio pronto se endereza.

A cada momento emprende los viajes más largos, y a cada momento alcanza su objetivo.

Se entretiene con un espectáculo vano, que a nuestros ojos es lo más importante.

Deja que los niños jueguen con ella, los tontos la juzgan, y miles pasan sin ver nada; y tiene su alegría en todos ellos, y en todos encuentra su recompensa.

El hombre obedece sus leyes incluso cuando se opone: trabaja con ella incluso cuando quiere trabajar en su contra.

Todo lo que da es bueno, pues antes que nada lo ha hecho indispensable. Persiste para que ansiemos su presencia, y también se apresura para que no nos cansemos de ella.

No tiene habla ni lenguaje; pero crea lenguas y corazones a través de los cuales siente y se expresa.

Su corona es el Amor. Sólo a través del Amor podemos acercarnos. Ella pone un abismo entre todas las cosas, y todas las cosas luchan por interponerse entre sí. Todo lo aísla, de modo que pueda sostener el conjunto. Con unos cuantos tragos de la copa del Amor nos paga una vida llena de problemas.

Ella es todas las cosas. Se recompensa y se castiga a sí misma; y en ella misma se goza y se angustia. Áspera y suave, cariñosa y terrible, sin poder y omnipotente. En ella todo está siempre presente. No sabe del pasado ni del futuro. El presente es su Eternidad. Es amable. Yo le alabo con todas sus obras. Sabia por sobretodo. Nadie puede obligarla a explicarse, o seducirla con un regalo que no haya dado ya en abundancia. Es astuta, pero con una buena causa; y mejor es no notar su astucia.

Lo es todo y sin embargo no tiene fin. Como ahora trabaja, así puede hacerlo por siempre.

Para cada uno aparece en una forma diferente. Se esconde entre mil nombres y términos, y es siempre la misma.

Ella me ha puesto en este mundo, y también me conducirá fuera de él. A Ella me confío. Puede hacer conmigo lo que le plazca. Sé que no odiará su creación. Pero estas palabras no son mías. ¡No! lo verdadero y lo falso, todo lo ha dicho Ella. Todo es su culpa, y todo, absolutamente todo, es su mérito.

 

De: The Maxims and Reflections of Goethe.

Traducido por Nahuel Falcon.

 


 
 
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