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Herejías y herejes de nuestro tiempo


 


No creemos lo que vemos, sino que vemos lo que creemos

por Dr. Josep Mª Fericgla

Conferencia impartida dentro del ciclo
EL INSTANTE ENTERNO
Espai d’Art Contemporani de Castelló
Estudis de Cultura Contemporània
Impartida el 3 de marzo del 2001
Castellón (País Valencià)
   
EXTRAIDA DE : http://www.imaginaria.org/eterno.htm

Cuando tan amablemente me invitaron a participar en este ciclo de temas de interés contemporáneo, dedicado al instante eterno, de inmediato me vinieron a la mente un puñado de conceptos, ideas y de recuerdos de mis propias experiencias con ello. Es inevitable.
    Lo primero que me vino a la cabeza fue preparar una conferencia sobre "lo indecible", lo no expresable, dado que en todas las culturas del mundo es la dimensión más importante. Luego, mi pensamiento se dirigió hacia el silencio. La eternidad, si existe, ha sido buscada por cada pueblo en el silencio. Parece como si el propio sonido creara el tiempo. Y, de hecho, así es, y se trata de una gran paradoja que queda muy clara en la música. No habría música sin silencios. La música es un acto no un objeto. De ahí que, como propone con tanta lucidez el etnomusicólogo Christopher Small, debiéramos referirnos a ella en forma de verbo: el verbo musicar. La música tal y como aparece en forma de sustantivo estático no existe, como tampoco existe el silencio absoluto. Lo que existe es la acción de musicar y la de silenciar. Para que haya música debe haber un tiempo, unos emisores -los intérpretes y sus instrumentos-, un auditorio y un espacio físico donde ejecutar el acto. El hecho de musicar implica construir algo que antes no estaba y que tiene el fin en sí mismo, luego no queda nada. Musicar es edificar una arquitectura invisible de sonidos sobre los silencios que se desvanece en el mismo instante en que sucede, como una voluta de humo. Un concierto es un algo vivo, es como enamorarse que "sucede", no está ahí como objeto muerto, y la grabación de un evento musical es fijar el recuerdo de un algo vivo que sucedió, como ver la foto de una enamorada del pasado, pero carece de la vida del acto mismo. Con la eternidad, el éxtasis místico y el ahora y aquí perennes ocurre lo mismo. No es nada y es todo a la vez. Es un "construirlos en el mismo instante" con el mismo acto de referirse a ello, pero, paradójicamente, al hablar de la eternidad ya deja de ser, puesto que el propio sonido de la palabra la encapsula en un tiempo y un espacio concretos.
    El éxtasis también es un algo inexpresable fuera de sí mismo, es una experiencia auto remunerativa que no necesita una finalidad ulterior que la justifique. En sí mismo y por sí mismo tiene sentido. En el estado de Nirvana no sucede nada, no se hace nada. Cualquiera que lo conozca por experiencia -y esta es la única forma de conocerlo- sabe que el éxtasis es solo observar; mejor dicho, observarse a uno mismo en el universo, estando. La vida laboralmente activa, con su ruido y exigencias, sería imposible en estado de permanente iluminación. De la experiencia contemplativa más profunda y silenciosa que nos conecta con lo eterno no debe esperarse nada, ni tan solo poderlo compartir por medio de las palabras ¿Cómo expresar, pues, aquello que sucede durante una experiencia extática que es, en sí mismo inexpresable, solo experimentable? ¿Cómo dar una conferencia honesta sobre ello?
    Como les comentaba, cuando recibí la invitación a dar esta conferencia, lo primero que me vino a la mente fue el silencio. Descolgué el teléfono y me sumergí en el muy relativo silencio de mi vida cotidiana para pensar en lo que buenamente trataría de explicarles aquí hoy. Inmediatamente deseché la idea de preparar una conferencia académica, por ejemplo explicando lo que se entiende en diversas culturas por "eternidad", o un enfoque similar. Estuve reflexionando en qué cosas podría aportarles a Uds. desde mi condición de científico experto en estudios sobre la consciencia y la cognición. Al fin decidí que, dado que el tema de lo espiritual, el silencio y la eternidad es algo tan inefable, iba a tomarme la libertad de hablarles desde mi propia experiencia subjetiva, de los estados de catarsis y de éxtasis que he experimentado. Pero algo dentro mío me sugirió que lo dejara para el final, que primero sería más interesante realizar un repaso a lo que tal ámbito de la vida nos aporta desde nuestra ventana cultural, desde nuestra forma específica de ser humanos. Así que postergué pensar sobre mis experiencias y me pregunté: "en tanto que miembro de mi sociedad ¿Qué me sugiere la idea de silencio, de éxtasis, de instante eterno?" A partir de las respuestas a esta cuestión he hilado mi conferencia, que espero les sirva del algo.

 

    Voy a empezar exponiendo a qué espacios conceptuales me encaminó mi propio ensueño sobre la eternidad:
   

1) A lo primero que me remitió tal reflexión fue a lo contrario de eternidad, tal y como la concebimos los occidentales hoy. Mi pensamiento se dirigió al instante fugaz. En latín "instante" significaba "tiempo presente", el ahora más estricto. Y esta categoría, irremediablemente nos conduce también al "aquí". El tiempo y el espacio son las dos coordenadas básicas sobre las que se construye el mundo de los humanos. No hay por donde huir. Nada humano puede hacerse fuera de un tiempo y un lugar concretos, y como somos humanos... podemos jugar a imaginar otras dimensiones pero nuestro ser transcurre a lo largo de unos 80 años de promedio y envuelto en los paisajes que nos cobijan. Podemos acariciar la experiencia de eternidad o de intemporalidad, pero estamos encarcelados en el aquí y ahora que fluye constantemente. De hecho, todo lo demás es mitología o, dicho de una forma más seria, son metáforas autopoyéticas. Para crecer, debemos acostumbrarnos al hecho de que nada es estable y que la apariencia de solidez es solo una mala fotografía en la que queremos creer para calmar nuestra ansiedad de seres conscientes de sí mismos. El aquí y ahora fluyendo es todo cuando existe, y precisamente por ello... justo aquí y ahora está el instante eterno. El resto son solo recuerdos de un pasado que nos ha atrapado, o palabras vacías referidas a algo que no existe, el futuro. Pero como dice el famoso pensamiento zen: la vida es una paradoja tremenda. La única realidad que existe es el aquí y ahora. El pasado no debe preocuparnos porque ya no existe, pero el instante presente es fruto del pasado. El futuro tampoco debe preocuparnos porque no existe, pero de lo que se haga en este mismo instante depende el futuro, aunque tampoco sabemos cual será. Lo único seguro respecto del futuro es que la muerte nos está ahí esperando.
    Cada vez que yo acabo una frase -esta misma frase por ejemplo- acaban de morir miles de personas, literalmente. Eran personas que no esperaban que esta fuera su última respiración. Un ataque al corazón, una bala, un accidente de tráfico, la última expiración de un anciano que sabía que le quedaba poco tiempo pero desconocía el instante concreto de su óbito... algunos centenares de personas acaban de morir de hambre en este mismo instante. Muchas de ellas tampoco esperaban que éste fuera su último respiro, como no lo pensamos Uds. ni yo ahora.
    Tampoco los inmigrantes ecuatorianos o magrebíes que ahora mismo están sufriendo marginación, humillación y engaños imaginaron, hace tan solo un año, que hoy dormirían en las calles de un país extraño esperando su turno para un papel con unas palabras escritas por algún burócrata desconocido que decidiera sobre su futuro.
    El futuro es algo extraño para todos, a pesar de que en nuestras sociedades creamos poder manejar el tiempo y dominarlo por el camino de prever, organizar y planificar cada evento de la vida individual y colectiva. Esta fue mi primera reflexión al hilo del instante eterno.

    2) La segunda fue pensar en el instante eterno desde mi condición de hombre occidental. Esta segunda excursión por el mundo invisible de las ideas me remitió a mi trabajo como antropólogo. La antropología ha confirmado que la forma específica de percibir -mejor dicho, de construir- el tiempo, revela los factores fundamentales de cada sociedad y de su estilo cultural. Cada pueblo percibe y crea el mundo por medio de sistemas propios. No hay un mundo, sino que cada uno crea su mundo o, dicho de otra manera, el mundo no es como es, sino como cada uno lo ve. Y cada ser humano inevitablemente crea su propio mundo desde el marco cultural en que se ha socializado. Esta ventana -la cultura desde la que cada uno se ha convertido en ser humano- nos ha de permitir caminar por la vida de una única manera, con lo que a la vez nos empuja a ser humanos pero no nos deja ser otra manera.
    Así por ejemplo, en diversos pueblos de la alta Amazonía y de los Andes se hablan algunos idiomas que carecen de formas verbales de pasado. Se trata de pueblos de tradición oral, sin escritura. Para estos millones de seres humanos está vivo lo que tienen enfrente o, máximo, latente en su memoria. Lo otro está ya muerto. Lo olvidado no existe, desapareció. En este sentido, se trata de pueblos que viven en un presente casi permanente y no pueden referirse a su pasado con detalle porque carecen de términos para hacerlo. Este simple hecho revela la existencia de un universo humano completamente distinto al nuestro. El tiempo es otro, la vida es otra, la eternidad, para ellos, está aquí mismo pero no hay categorías abstractas para referirse a ella, se experimenta. Carecen de esta imagen nuestra de un camino que empieza aquí y no tiene final, como sucede con la infinitud de los números: yo puedo comenzar a contar desde el 1 en este mismo instante y seguir contando para el resto de mis días y dejar esta operación de herencia a mis sucesores para que sigan contando hasta la eternidad o hasta el final de la especia humana. Para estos pueblos amerindios esta operación es impensable, inimaginable, está fuera de su territorio cognitivo. Nuestro tiempo y nuestra vida, en cambio, los construimos así, sumando segundos, minutos, horas, días, meses y años, linealmente. Nunca hay un espacio para detenerse en el aquí y ahora más profundos. Para muchos pueblos de tradición oral lo extraño sería salir del ahora y aquí radicales.
    Otro ejemplo que viene al caso es la cultura china. Nosotros expresamos la idea de temporalidad por medio de los tiempos verbales. En el idioma chino mandarín, el más generalizado de los muchos idiomas que hay en la China actual, hay formas verbales intemporales, algo impensable para nosotros. Estos verbos expresados sin tiempo permiten dar a los actos a los que se refieren una forma inmensa, grandiosa, monumental; pueden pensar actos colgados de la infinitud, con sentido eterno. Por ejemplo, son muchas de las formas verbales usadas en el I Ching, el libro sagrado de la cultura tradicional china y de ahí la extrema dificultad para traducirlo, ni tan solo en forma de simples aproximaciones al sentido original. Nuestras culturas apegadas a la tecnología material no nos permiten ni pensar en estos términos tan grandiosos.
    En este sentido, pues, no podemos entender ninguna cultura, ni tan solo la personalidad de un individuo, sin entender la estructura temporal invisible que subyace a su forma de ser; pero tampoco podemos entender la concepción del tiempo que tiene un pueblo sin entender su cultura. Es otra paradoja cerrada.
    La cultura es la segunda naturaleza humana y nos condiciona a la vez que nosotros la creamos y modificamos. Somos objetos y sujetos a la vez de la cultura, de la misma forma que lo somos del tiempo. Solo a través de una cultura concreta, localizada en el tiempo y el espacio, podemos descubrir el pasadizo hacia la eternidad, ella nos dice como escaparnos de su propio molde que es finito.
    Piensen Uds. por ejemplo, en la gran diferencia de medir el tiempo con un reloj de arena o de hacerlo con los relojes actuales. Un reloj de arena no habla de un tiempo vectorial que nos transporta hacia algún lugar futuro que nunca alcanzamos. Sino que las sociedades que medían el tiempo con sencillos relojes de arena sabían para qué necesitaban el tiempo cada vez que se ocupaban de él, era un tiempo concreto, cerrado, tranquilo, con principio y fin. Un reloj de arena mide una porción de tiempo que no esclaviza, como sí sucede con nuestra forma de medirlo. El reloj de arena indica amablemente cuánto duró algún acto. "Tienes tres minutos para hablar". Nada más. El resto de tiempo ya es mítico o, dicho de otra manera, es el tiempo que transcurre de acuerdo a tu forma personal de sentir. Controlar el tiempo con relojes de arena implicaba que la medida válida era la humana, mi forma de sentir el tiempo. Que pasara lento, rápido o se detuviera dependía de cada persona y de cada momento en la vida de cada persona. No es lo mismo cinco minutos con tu novia que cinco minutos sentado sobre la estufa encendida, como ilustró Einstein a unos niños.
    Y ello concordaba con el hecho de que el centro y el sentido de la vida estaban dentro de cada ser humano, no fuera como sucede hoy. Cada uno achataba o alargaba su tiempo, no dependía de una máquina externa. Con la forma de medir el tiempo de hoy mi sentir interno pierde valor y con ello mi vida. El centro, el sentido de mi vida, ya no está dentro mío sino que me viene indicado por elementos externos.
    La concepción y la forma actual de vivir el tiempo tiene muy poca relación con otras épocas. La consciencia de las sociedades tradicionales, que también puede ser denominada consciencia mitológica, no concebía el tiempo como una abstracción a la manera en que hoy lo hacemos. Para nuestros ancestros y para las personas de otras sociedades, la consciencia capta el mundo a la vez en su forma sincrónica y diacrónica, por tanto eran y son más intemporales que nosotros, más eternos.
    El ser humano post-industrializado -nosotros- conoce el pasado mas remoto y pretende prever el futuro con mucha antelación. Hemos conseguido manejar con comodidad la categoría "tiempo" a costa de enajenarnos a nosotros mismos, a costa de poner el tiempo fuera de la vida humana y dar las riendas a los aparatos de control que "crean" nuestro tiempo. Y digo "crean" porque el tiempo, como el silencio, no es nada en sí mismo. La mejor forma de explicarlo es pensando en la imagen de una cortina o telón transparente que cubre un escenario vacío. La cortina no se ve y solo va adquiriendo imagen, sentido y consistencia a medida que se le van pegando cosas encima. Entonces, depende de lo que se pegue sobre le telón transparente que la obra de teatro adquiere una escenografía y un argumento u otro.
    A lo largo de la historia de la humanidad se observa un intento constante por unir la percepción lineal del tiempo -la que hoy se enseñorea como única- con una percepción cíclica, mítica y poética. Con una concepción que incluya la eternidad en cada momento de la vida. Thoman Mann se refiere a ella como "una condensación del tiempo mediante el ensueño". Este tiempo de ensueño, al que yo prefiero llamar "tiempo sin tiempo de la experiencia extática", es la base misma de los sistemas de valores en que se fundamentan la diferentes culturas orientales; en ellas se alimenta la idea de inmovilidad, de eterno presente.
    De ahí que, para aquellos pueblos, los cambios afecten solo la superficie de la vida más que a su esencia, al contrario de lo que concebimos nosotros. Para ellos, el tiempo de la vida diaria se esfuma como para nosotros pero no hay problema, porque dicho tiempo es solo una apariencia del mundo.

    3) Sigo dejando que mi pensamiento vague a través de las ideas estimuladas por el título de este ciclo: el Instante Eterno, y la siguiente parada la hace en la idea del centro. El centro es otra metáfora del aquí y ahora eternos. En este sentido es importante resaltar que el centro me remite a mi mismo, me emplaza a arrojarme a un proceso implosivo si quiero algo más que vivir de apariencias. También esto lo estamos perdiendo y necesitamos recuperarlo con urgencia antes de convertirnos en meros mecanismos dirigidos desde el exterior. El centro de cada uno debe estar en sí mismo si quiere percibir la eternidad. Por centro me refiero a la suma de todo esto que hace que yo sea yo: mis recuerdos, sentimientos y emociones, anhelos, dolores y tristezas, la rabia de la frustración, mis valores culturales y mi identidad. Todo ello debe partir de mi interior y cada persona debe ser consciente de lo que siente en cada momento y de cómo se siente ante lo que siente. En el mundo actual el centro está fuera, dramáticamente lejano. Los políticos se llenan la boca con frases falsas del tipo "los españoles piensan que esto debe ser así" o "los catalanes no dejarán que..." sin haberlo consultado antes con "los españoles" o "los catalanes", o con el pueblo que fuera. Y los españoles o los catalanes o el pueblo que sea, cree lo que dicen sus gobernantes sin auscultarse a sí mismos sobre lo que realmente opinan, o sobre si simplemente tienen opinión sobre este tema específico del que los políticos dicen lo que pensamos. Esta misma afirmación que acabo de hacer ahora está en la misma línea de hablar en nombre de otros sin saber lo que otros dirían, incluso a veces a costa de la voz de los otros que no tienen acceso a los medios de comunicación de masas. Por tanto, no deben ni creerme antes de escucharse cada uno y cada una a sí mismo. La televisión es lo único que llena nuestros silencios más íntimos -y por ello más sagrados- con mensajes vacíos diciéndonos como debemos vestir para sentirnos jóvenes, qué debemos consumir para sentirnos llenos de chispas de vida y un largo y patético etcétera más que no vale la pena enumerar porque es de todos conocido.
    Cuando se tiene el centro dentro de uno mismo, nada de fuera puede afectar a este centro. Cuando una persona conoce sus anhelos, emociones y el sentido que tiene la vida para ella podrá materializarlo o no, esto depende del entorno, pero sabrá hacia dónde debe encaminar sus pasos. El pensar, el sentir y el actuar irán paralelos. Entonces llega lo importante para nuestro propósito de hoy, y es que cuando el centro está dentro de uno mismo, esta persona puede implotar y conocer la eternidad. Implosión significa explotar hacia dentro, como los famosos agujeros negros del cosmos cuya fuerza de gravedad es tan intensa que los arrastra hacia dentro de sí mismos.
    En los seres humanos, cuando se quiere viajar hacia el abismo interior, la primera barrera que se encuentra es el miedo a la muerte. Se debe atravesar esta fobia para acariciar el instante eterno. La mayoría de sociedades no occidentales han instaurado los ritos de paso o de transformación como marcos culturales que permiten este encuentro con el miedo a la muerte y atravesarlo. Casi todos los ritos iniciáticos que han de pasar los jóvenes para ser aceptados en el mundo de los adultos consisten, justamente, en un encuentro con la muerte, sea por medios visionarios administrando potentes substancias psicoactivas o sea forzando al neófito a realizar alguna proeza física y mental que le enfrente a su desaparición.
    Una vez atravesada esta capa del miedo a la muerte, el centro de cada persona se va hundiendo en sí mismo hasta la implosión, la explosión hacia dentro. Hasta donde yo sé, nadie es capaz de vivir la implosión voluntariamente y sin ayuda externa, de ahí la necesidad de guías o de terapeutas experimentados en ello que ayuden dando el último empuje fraterno para animar a las personas que están buscando catar la eternidad en el ahora y aquí más dinámicos. Paradójicamente también, la implosión se resuelve es una explosión hacia fuera, explosión que permite a cada persona descargarse de las emociones que lo tenían atrapado bajo su presión consciente o inconsciente. Este proceso es el que sucede en las catarsis. Más adelante hablaré de ello con mayor detalle, pero ahora les apunto que las catarsis permiten entender qué significa detener el tiempo, y vislumbrarlo de esta forma tan sólida que solo tienen los conocimientos adquiridos por propia experiencia.
    Tras la implosión viene la explosión emocional que permite a las personas vivir las emociones de forma pura, atemporales. Algo que no es posible hacer en la vida cotidiana donde solo percibimos sentimientos, que son las emociones una vez han pasado por el filtro de la cultura y la consciencia, y de han desactivado en buena parte. Hace cinco años que creé y sigo dirigiendo junto a mis colaboradores los Talleres de Integración Vivencial de la Propia Muerte (TIVPM) por los que han pasado ya mas de 1.000 personas. Estos talleres tienen la misma estructura y finalidad que los ritos de transformación que han guiado a la humanidad cada vez que perdía el sentido de la existencia. En ellos, los participantes pueden vivir una experiencia catártica y salir, no tan solo renovados en un sentido profundo, sino también habiéndose descubierto a sí mismo como colgando de la intemporalidad. No hay palabras para describir esta vivencia, solo aproximaciones, y una de ellas se refiere al tiempo que desparece. El cosmos y toda su historia deja de estar fuera para revelarse dentro de uno mismo. Una imagen que me viene a la cabeza es la afirmación de C.G. Jung, uno de los padres de la moderna psicología profunda, cuando afirmaba que todos llevamos un saurio dentro. Es literal. Nuestro camino evolutivo, desde el inefable momento inicial de los tiempos, permanece en cada uno de nosotros de la misma forma que un edificio se sostiene gracias a cada uno de los ladrillos que una vez fue puesto sobre el anterior. Los seres humanos somos lo que somos gracias a las aportaciones de cada paso previo del camino evolutivo. Así, al igual que los varones mantenemos unos pezones que no nos sirven de nada y que son la reminiscencia de un momento de nuestra ontogénesis en que no había separación sexual, de esta misma forma los humanos mantenemos trazos psíquicos y biológicos de cuando fuimos saurios, moscas, depredadores y chimpancés. Todo ello está en cada uno de nosotros de una forma u otra y podemos conocerlo por medio de la implosión, pero para ello antes se debe situar el centro en uno mismo. Me parece natural que haya tantas manifestaciones artísticas aludiendo a lo eterno cuya estructura formal consiste en un centro, en un punto, en una sola línea que no hacen sino redirigir la atención del espectador hacia sí mismo.
    En el mundo clásico oriental había un deseo cargado de mala intención que rezaba así: el destino quiera que tu próxima vida transcurra en un momento de la historia lleno de cosas interesantes. Naturalmente, se deseaba esta perversidad para que el interlocutor perdiera su centro y quedara así condenado a la angustia de una vida sin sentido.

    4) Sigo recorriendo lo que me sugiere la idea de eternidad y mi pensamiento se detiene en los estudios que están haciendo nuestros físicos contemporáneos. Tales investigaciones han puesto de relieve que el tiempo es algo elástico, que se contrae y expansiona, que existe una relatividad en el tiempo y que no hay nada fuera de nosotros. Ni tan solo esto que percibimos como substancia: las mesas, sillas, paredes o el arroz a la paella no tienen consistencia permanente. La física ha descubierto para la ciencia que esto que denominamos materia es "solo" un tipo de vibración, y que es una vibración de no sabemos qué por lo que enunciarlo tampoco es una explicación de nada. De hecho, se trata de verdades que ciertos sabios orientales vienen repitiendo desde hace tres miles años. Nuestros grandes físicos están discutiendo desde los años veinte sobre la inmaterialidad de la materia y son memorables las controversias habidas entre Bohr, Heisenberg y Einstein alrededor de este tema. Quien no lo ha entendido todavía es el hombre de la calle que siguen creyendo que la materia es sólida y los átomos unas bolitas, como imaginaba Lucrecio en la época clásica. A partir de esta falsa creencia, el hombre de la calle organiza su vida cotidiana, las guerras y el consumo compulsivo.
    El tamaño de las moléculas que concibe la física subatómica es impensable de tan pequeño; tales partículas son tan inimaginables como la misma eternidad. Para entendernos -tomo el ejemplo de otro humanista, Luís Racionero, El progreso decadente, Espasa, 2001- , el propio rayo de luz que permite observar un electrón lo golpea cambiándolo de velocidad y de dirección, de modo que lo que se observa ya no es la realidad externa, sino la realidad creada por el propio acto de observarla. Dicho aun de otro modo, al fijar nuestra atención en una determinada realidad, y al hacerlo de determinada manera la estamos creando en aquel mismo instante.
    Volviendo a usar la música de símil explicativo, el Réquiem de Mozart no existe fuera del acto de interpretarlo, del hecho de musicar. Las partituras no son el Réquiem. Esta fantástica composición sinfónica se crea cada vez que un coro y un orquesta la interpretan y va desapareciendo a medida que se deja atrás un compás y otro, y otro... Además, tal compleja realidad se construye en la manera en que cada director de orquesta y cada intérprete en cada momento de la interpretación musican. No existe fuera de ello. La misma partitura del Réquiem interpretada bajo la mirada de von Karajan es una realidad, pero si es "observada" por el sensible director Sir Georg Solti es otra realidad muy distinta.
    La paradoja de la moderna física es que se describen experimentos con palabras y conceptos que se sabe que no corresponden para nada a la realidad que se intenta describir. Y el misterio se ve acrecentado ¿Cómo podemos entender algún contenido expresado por medio de campos comunicativos completamente inadecuados para ello? ¿Cómo puedo referirme a la eternidad y a las experiencias extáticas por medio de palabras, sabiendo que hablo de algo que está más allá de los límites de las palabras? Y lo más misterioso aun ¿Cómo pueden entenderme Uds.? No voy a entrar ahora en los espesos trabajos filosóficos de L.J.J. Wittgenstein y sus sucesores sobre los niveles de metalenguaje que tienen los lenguajes pero es otro campo muy interesante de explorar desde la idea rectora de la eternidad.

    5) Al pensar en todo esto de lo que les estoy hablando, también me viene a la cabeza la idea de que nuestra propia mente crea berenjenales, se mete en ellos y después no sabe como salir. Por ejemplo, el punto de vista que Dios debe tener de la eternidad. Forzosamente ha de ser distinto del que tiene un ser humano. Para nosotros, mortales, la idea más extendida de "lo eterno" se refiere a algo que durará siempre. Pero desde el punto de vista de la divinidad lo eterno debe referirse, supongo, a una noción de algo que YA ha estado desde siempre ahí. Para Dios el mundo salió terminado de sus manos, existiendo tal cual en el pasado, el presente y el futuro. ¿Cómo puedo yo pensarlo de una forma razonable? ...no hay cómo. Entonces ¿por qué y para qué somos capaces de pensar en ello? Para mi es otro misterio, casi chistoso. Pero a mi juicio, como les decía, lo misterioso no es que lo pensemos sino que seamos capaces de entendernos por encima de la mala y equívoca herramienta que son las palabras.
    Una parte importante de esta misma paradoja proviene del hecho de que a nuestro cerebro solo llegan impulsos bioeléctricos y bioquímicos, no ondas de luz, de sonido o de temperatura. Nada de esto llega a nuestro interior. El cerebro y la mente viven encerrados y aislados en su propia realidad, construyendo mundos de universales a partir de hechos particulares. Andando por el monte veo un hongo, un solo hongo, de la variedad Lactarius sanguifluus, popularmente llamado robellón o níscalo, y es solo un caso particular, una forma concreta en un lugar y momento concretos; probablemente jamás volveré a ver otro níscalo igual ya que cada seta adquiere formas y tonos distintos, pero algo de mi mente será capaz de distinguir para siempre un robellón de cualquier otra variedad fúngica. Lo paradójico de ello es que nuestra mente vive aislada del mundo sensible siendo "una espectadora de sus propios carceleros" como dice el conocido neurólogo A. Damasio.
    A pesar de estar en este alejamiento del mundo sensible, la mente solo puede construirse y desarrollarse a través de la interacción con los estímulos externos. Sabemos que la mayor o menor riqueza de las conexiones neuronales que darán cuerpo al pensamiento abstracto y a las experiencias catárticas de cada uno, en buena parte dependen de la riqueza de los estímulos recibidos durante el proceso primario de enculturación, durante los tres primeros años de vida. En este sentido, el reciente descubrimiento de los relativamente pocos genes que nos configuran ha sido una nueva lección de humildad y de pragmatismo que la naturaza ha dado al pensamiento positivista: los seres vivos son lo que hacen, no hay más secreto que patentar.

 

    Reflexionando sobre la eternidad me percaté una vez más de que las cosas básicas y esenciales de la vida son invisibles: el tiempo, el inconsciente, las leyes que regulan la existencia, el amor y todo lo demás importante. Lo invisible es lo no-visible que no es lo mismo que inexistente. Son nuestras percepciones y nuestro entrenamiento cultural lo que nos permite ver o no ver algo, pero más allá hay una realidad esencial a la que no podemos acceder más que por medio de las metáforas en unos casos -la realidad inmaterial- y por medio de la técnica en otros casos -lo que está más allá de nuestras capacidades perceptuales como infrasonidos o lo contrario, cromatismos infrarrojos, etc.
    El universo está recorrido por un laberinto de senderos invisibles que discurren por todas partes. Algunos europeos lo llaman huellas de ensueño, otros como Bruce Chatwin lo denominan trazos de la canción, los indígenas australianos lo llaman pisadas de los antepasados o camino de la ley. Da igual, son distintas expresiones para referirse a algo que, o bien se conoce por medio de la experiencia o nunca se puede llegar a conocer. Expresado en términos más cercanos a la ciencia y no tanto a la poética, tales senderos invisibles que cruzan el universo son los lazos emocionales que unen a las personas y animales generando lo que el biólogo inglés Rupert Sheldrake ha denominado campos de resonancia mórfica. Este eminente e innovador investigador inglés, autor de la famosa obra Siete experimentos que pueden cambiar el mundo (publicado en castellano por ed. Paidós, Barcelona, 1995), ha puesto de relieve la existencia de campos relacionales invisibles cuya existencia se verifica por diversos caminos empíricos, el más doméstico de los cuales lo constituyen los perros, loros y gatos que saben que sus dueños están ya camino del hogar cuando éstos justo acaban de iniciar, o de pensar en iniciar, el regreso a casa, estando aun a kilómetros de distancia. Las emociones constituyen el campo básico sobre el que se construye la red social y solo se conocen cuando se han experimentado en la propia existencia. Estar profundamente enamorado, exultante de alegría o pletórico del gozo de vivir que da la solidaridad entre iguales solo se puede conocer por propia experiencia.
    Una creencia solo es una expectativa, o una teoría o una interpretación. En cambio, la experiencia no tiene juicios de valor ni comparaciones, ni categorizaciones. Cuando estamos en un estado de trance, de repente podemos sentir que no hay límites. Podemos sentir que no hay tiempo ni espacio, que el amor y el reconocer la Naturaleza de los demás y reconocerse cada uno a sí mismo es lo único realmente importante. El conflicto aparece cuando decretamos que algo es así porque así lo creemos nosotros. Las creencias empiezan a crecer y se vuelven más valiosas que la vida misma. En el nombre de la verdad el ser humano creó la esclavitud, el genocidio, las guerras, la santa inquisición y el pensamiento único en que estamos todos peligrosamente sumergidos con la imposición de la globalización del capital, que no de las culturas ni de las personas.
    Los pueblos que no viven de su experiencia del mundo sino que sobreviven navegando entre las secas creencias y con el centro fuera de sí mismos, son los que creen también que deben matar a todos los que no piensan como ellos porque son un peligro. La actual mundialización del neocapitalismo es una sangrienta muestra de esto.
    Para ir acabando y a partir de las anteriores reflexiones, viene a mi mente el único factor imprescindible para acercarnos a lo inefable, a lo invisible, al éxtasis: como he dicho es la propia experiencia. En realidad y a pesar de la gigantesca cantidad de literatura existente, el único camino intelectual, abstracto o espiritual que merece seguirse es el que construimos sobre nuestra propia experiencia vital. Cada uno es lo que hace, no lo que piensa.
    Y ahora es cuando voy a comentar algo de mis propias vivencias en este campo del existir. Las experiencias extáticas deben ir mas allá de lo concreto, deben trascender la realidad perceptual por medio de los Estados Modificados de Consciencia (EMC). Vivir de verdad tales estados ampliados de consciencia, no como juego de fin de semana -que también lo he hecho- , me permite percibir más, experimentar por mí mismo el descenso a los infiernos, que no son sino mis propios abismos interiores; me permite sentir unido al Todo y viajar a través del tiempo y el espacio. En estas condiciones no necesitamos tener fe. Hasta el más escéptico recobra la dimensión profunda o espiritual de la existencia humana.
    Palabras como maravilloso, inefable, estupefacto, indescriptible, espléndido...., infinito, catarsis, lo inmenso, Ser sin acción, experiencia visionaria inexpresable , la unidad entre el ser, el estar y el hacer, sentir una bondad infinita, llorar limpiamente y sin sufrimiento... todas ellas son palabras que, de pronto, se cargan de contenido cuando se ha vivido una catarsis.
    Tales experiencias de plenitud son la puerta para descubrir la finalidad última del ser humano, de cada uno y cada una. La pulsión que nos induce a buscar la grieta entre el mundo perceptual y la eternidad que albergamos dentro es algo tan intenso en muchos seres humanos que los lleva a buscarla en el consumo de substancias embriagantes, en diversas prácticas de tipo místico, en el desierto o en las montañas, en el abandono y en la desmesura. Da igual, es como cuando se tiene una necesidad imperiosa de compañía o de sexo: se busca donde sea y por el camino que sea, o se sufre. Y si un contexto cultural, como es el nuestro, olvidó o se dejó robar el camino para acceder a estas experiencias, las personas lo crean de nuevo, incluso a veces de forma anómala.
    En nuestro desarrollo como seres vivos ha habido un paso que está aun por resolver. Cabría esperar que el proceso evolutivo desde nuestro cerebro más antiguo al actual más sofisticado, hubiera sido un proceso suave, como sucedió con los demás órganos: de la aleta de cetáceo se pasó lentamente a la compleja mano del mamífero superior. Pero con el cerebro no ha sucedido así. Creo que nadie sabe la razón, probablemente no la haya.
    En nuestro caso, en lugar de transformarse suavemente el viejo cerebro en un nuevo órgano, sucedió que se superpuso una estructura nueva, el neocórtex, a la vieja, el hipotálamo. McLean (citado por L. Racionero) llama esquizofisiología a esta coordinación defectuosa entre el viejo cerebro donde están ubicadas las emociones y ciertas reacciones, y la nueva estructura que rige el comportamiento intelectivo. La vieja estructura del cerebro que rige las emociones es casi la misma en los humanos y en el resto de mamíferos superiores. Así pues, si por un lado tenemos los dos lóbulos bastante bien conectados en sentido horizontal a través del cuerpo calloso, por otro lado no tenemos tan bien resuelta la conexión vertical, desde el recientemente adquirido pensamiento conceptual y analítico, ubicado en el neocórtex, hacia las abismales profundidades del instinto.
    Es probable que los animales carezcan de miedo a la muerte porque habitan en un permanente aquí y ahora pero el ser humano es un animal al que se le ha dotado de razón y hay cosas que parece que están aun por resolver, tales como, por ejemplo, el miedo a la muerte. La consciencia intelectiva nos permite saber que un día vamos a morir inevitablemente, que venimos de un vacío prenatal y nos dirigimos hacia la oscuridad del óbito, y este "conocer" despierta el instinto y nos sumerge en un estado de profunda angustia. Entonces, para frenar la ansiedad de la consciencia usamos el arma mas poderosa que tenemos los humanos: la capacidad para crear mundos alternativos, para engendrar paraísos, dioses y espíritus. Y una vez creados, organizamos guerras para defenderlos u ofertarles sacrificios a cambio de nuestra propia salvación, pero... en realidad no hay nada. Solo aquello que creamos con nuestra propia mente.
    En cambio, sí hay una salida a la angustia que crece en el hipotálamo antes las ideas del neocórtex: los estados de catarsis y de éxtasis.
    Durante la catarsis, la razón y la naturaleza emocional se armonizan. La implosión permite deshacerse de las abismales presiones emocionales y llevarlas a la consciencia intelectiva. "Nunca sospeché que hubiera tanta rabia -o pena, o miedo, o...- dentro mío; ahora sé que la tenía y el hecho de descubrirlo y de descargarme me ha transformado, me siento lleno de amor", son palabras habituales tras las experiencias de catarsis que suceden en nuestros Talleres de Integración de la Propia Muerte.
    Todas las culturas del mundo han usado potentes substancias embriagantes o diversas técnicas extáticas para ayudar a las personas a tener tales experiencias. A pesar de la mala prensa que hoy predomina sobre ello, estas substancias -llamadas enteógenas- abrían las puertas a la libertad, ayudaban a resituar el centro de cada dentro de sí mismo, donde le corresponde estar. Sin duda, por ello nos las han prohibido. La mayor parte de los psicotropos visionarios -excluyendo a los simples estimulantes o narcóticos- no hacen sino conectar de una forma especialmente eficaz las terminales neuronales de nuestros sistema central. Al tomar LSD, ayahuasca, psilocibina o peyote aumenta la capacidad de conexión cerebral en sentido horizontal y también vertical, de ahí que se "escuchen los sentimientos", se "vea el color de la música" y las percepciones en general aumenten de forma insospechada su intensidad y su cualidad. Quien lo ha probado lo sabe. Lo mismo sucede cuando se usa abundante oxígeno para aumentar el rendimiento de nuestra vitalidad por medio de ciertas técnicas de respiración rápida: se amplifica la consciencia y aumenta la conectividad entre nuestros distintos cerebros.
    Todas las personas que a lo largo de la Historia lo han probado de una forma buena, saben que con estas superconexiones del sistema nervioso activadas no se hace nada en el sentido habitual: se contempla amorosamente el propio ser, esto es el "éxtasis". En su origen, éxtasis significaba "verse desde fuera". A este beatífico estado mental yo lo denomino "consciencia dialógica", consciencia que dialoga consigo misma en lugar de estar en plena guerra civil interior como suele pasar la mayor parte del tiempo: las emociones contra el intelecto, los recuerdos contra el aquí y ahora, la espontaneidad contra los comportamientos establecidos...
    También, y ya para acabar, sucede que tras la experiencia extática la persona percibe que descubrir los senderos invisibles que recorren el mundo no responde a la imagen de alguien que va con una linterna iluminando la oscuridad de una realidad preexistente, sino que descubrir lo que hay fuera y dentro de uno es mas bien como la música, que engendra el cosmos sonoro a medida que avanza. Construimos el mundo al movernos por él.
    De ahí pues que uno no cree en lo que ve -aunque muchos lo piensen-, sino que se ve lo que se cree (o le han hecho creer al sujeto y éste no lo ha verificado por sí mismo). El mundo es lo que yo, y otros como yo, urdimos en cada instante.
 



 
 
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