| Nuestros antepasados
por Peter Kingsley
de Introducción/Prólogo de En los oscuros lugares del saber (1999)
Si tienes suerte, lector, en algún momento de tu existencia te encontrarás en un callejón sin ninguna salida.
O, para decirlo de otra manera: si tienes suerte, llegarás a una encrucijada y verás que el camino de la izquierda lleva al infierno, que el camino de la derecha lleva al infierno, que la carretera que tienes delante lleva al infierno y que, si intentas dar la vuelta, terminarás en un completo infierno.
Todos los caminos te llevan al infierno y no hay escapatoria, no tienes alternativa. Nada puede ya satisfacerte. En ese momento, si estás preparado, empezarás a descubrir dentro de ti lo que siempre has deseado pero nunca has podido encontrar.
¿Y qué pasa si no tienes suerte?
Si no tienes suerte, sólo alcanzarás este punto cuando mueras. Y no será un buen panorama, porque seguirás deseando lo que ya no podrás tener jamás. Somos seres humanos, dotados de una increíble dignidad; pero no hay nada menos digno que olvidar nuestra grandeza y aferrarnos a un clavo ardiendo.
Esta vida de los sentidos no puede satisfacernos, aunque el mundo entero nos diga lo contrario. Su propósito nunca fue satisfacernos. La verdad es sencilla, de una hermosa sencillez: si queremos crecer, convertirnos en verdaderos hombres y mujeres, tenemos que enfrentarnos a la muerte antes de morir. Tenemos que descubrir lo que es para poder escabullirnos entre bastidores y desaparecer.
Nuestra cultura occidental nos lo impide cuidadosamente. Medra y prospera, convenciéndonos de que valoremos todo aquello que carece de importancia. Por este motivo, en los últimos cien años, tanta gente se ha alejado de ella, ha pasado a interesarse por Oriente, por cualquier otro lugar: en busca de algún tipo de alimento espiritual, para probar otra cosa. Primero fueron las grandes religiones del Este; ahora se trata de las pequeñas tribus y de las culturas ocultas.
Pero pertenecemos a Occidente. Cuantas más cosas encontramos en Oriente o en otro lugar, más nos fragmentamos en nuestro interior, más vagabundos somos en nuestra propia tierra. Nos convertimos en nómadas, en individuos errantes. Las soluciones que hallamos no son respuestas fundamentales y sólo crean más problemas.
Y, sin embargo, nunca se nos ha dicho una cosa.
Incluso en estos tiempos modernos, aquello que con desgana se describe como percepción mística siempre se relega a la periferia. Cuando no se niega, se mantiene a cierta distancia, en los márgenes de la sociedad. Pero lo que no se nos ha dicho es que en las mismas raíces de la civilización occidental reside una tradición espiritual.
Puede decirse que nos referimos a unos místicos, pero no lo eran tal como entendemos ahora la mística: la idea del misticismo apareció mucho más tarde. Eran intensamente prácticos, tan prácticos que hace miles de años sembraron las semillas de la cultura occidental y dieron forma a la estructura del mundo en que vivimos. En la medida en que formamos parte de la cultura de este mundo occidental, son nuestros antepasados. Ahora, ajenos a nuestro pasado, nos debatimos en lo que ellos crearon.
Casi solos, pusieron los cimientos de las disciplinas que convertirían a Occidente en lo que ahora es: química, física, astronomía, biología, retórica, lógica. Pero lo hicieron con una comprensión que ya no poseemos, porque sus conocimientos procedían de una sabiduría que para nosotros no es más que un mito.
Y no se debe a que se los interprete mal; eso sólo es una pequeña parte: también sabían que los malinterpretarían. Se daban cuenta de que trataban con niños que se quedarían con los fragmentos que les llamaran más la atención y no serían capaces de ver el conjunto.
Y eso fue lo que sucedió: ya no se valora nada de lo que fue aquella gente ni de sus enseñanzas. Incluso los rastros de su existencia casi se han borrado. Ya casi nadie sabe cómo se llamaban. Algunos fragmentos de lo que dijeron están en manos de unos pocos eruditos, los cuales hacen exactamente lo que Jesús describió: retienen la llave del conocimiento pero la esconden, y no entran ni abren las puertas a los demás.
Pero detrás de estas puertas hay algo de lo que ya no podemos prescindir. Los dones que se nos concedieron ya no sirven y hace tiempo que tiramos el manual de instrucciones.
Ahora es importante establecer contacto de nuevo con esa tradición, no sólo en nuestro beneficio, sino también en provecho de algo mayor. Es importante porque no hay otro modo de seguir avanzando. Y no tenemos que mirar hacia fuera, no es necesario que nos volvamos hacia una cultura distinta del mundo en que vivimos. Todo lo que necesitamos está dentro de nosotros, en lo más hondo de nuestras raíces, esperando que alguien llegue hasta allí.
Y, sin embargo, hay que pagar un precio para entrar en contacto con esta tradición. Siempre hay que pagar un precio y, precisamente porque nadie ha querido pagarlo, las cosas están como están.
El precio no ha cambiado: somos nosotros, nuestra voluntad de ser transformados. Sólo sirve eso, no puede ser menos.
No podemos apartarnos y mirar. No podemos distanciarnos porque precisamente nosotros somos el ingrediente que falta. Sin nosotros, las palabras sólo son palabras. Y esta tradición no existió para edificar o entretener, ni siquiera para inspirar: existió para devolver los hombres a sus raíces.
De manera que es bueno saber de qué estamos hablando. Éste no es un libro para satisfacer la curiosidad del lector o crear nuevas curiosidades.
Trata de unos hombres que despojaron a sus discípulos de todas sus pertenencias y, a cambio, les dieron lo inimaginable.
A la mayoría de nosotros esto nos parece un disparate, un sinsentido. Y es exactamente eso, porque se trata de algo que está más allá de los sentidos. Pero resulta que se trata del mismo sinsentido que dio origen al mundo occidental: un sinsentido tan poderoso pero tan esquivo que, durante miles de años, se ha intentado en vano darle algún sentido.
A muchos nos preocupa la extinción de todas las especies que el mundo occidental está exterminando. Pero casi nadie se da cuenta de lo más extraordinario de todo: de la extinción de nuestro conocimiento de lo que somos.
Este conocimiento desaparecido está relacionado con el pasado. Y, sin embargo, no tiene nada que ver con éste tal como lo conocemos. Somos el pasado. Incluso nuestras mañanas son una expresión del pasado. Nos gusta pensar que podremos avanzar hacia el futuro y dejar atrás la historia, pero no es posible. Sólo entraremos en el futuro cuando nos enfrentemos al pasado y nos convirtamos en lo que somos.
Así que vamos a empezar por el principio: con los antepasados de nuestros antepasados. |